Existe una muy vieja –y por su origen– campirana expresión: “la lumbre ya llegó a los aparejos”, y se refiere a situaciones de extrema gravedad, como cuando las llamas crecieron tanto que se debe actuar de inmediato para controlar el fuego, o bien de plano salir huyendo de la zona. Bueno, pues las llamas del Covid ya llegaron a nuestros aparejos.
El estado, la región, la ciudad, sufren, y desde hace semanas, una muy violenta segunda oleada de contagios, con alta tasa de letalidad, pero es solo la punta del iceberg.
Si alguien sabe de qué se trata esto es una doctora que lucha desde hace meses y en la trinchera, contra este virus, Carolina Bárcenas Martínez, quien con toda solvencia advierte, y cito: “apenas estamos empezando lo más severo de la pandemia: en noviembre, diciembre y enero esto va a ser un caos”.
Bueno, pues el Gobernador dice que se tomarán acciones contundentes que permitan controlar a tiempo esta ola de contagios.
El punto es que se prepara un decreto para impedir reuniones sociales o fiestas en casas particulares, ya que es en estas reuniones en donde se está propagando el virus.
Sería una medida drástica, es cierto, pero también lo es necesaria. Simplemente como ciudadanos nunca estuvimos a la altura del reto que implica sobrevivir a una pandemia.
Centenares, miles, nunca entendieron la importancia del cubrebocas y mucho menos el respetar la sana distancia. A lo largo de estos penosos ocho meses, las aglomeraciones, las reuniones en hogares, en bares y antros, dieron cuenta, una y otra vez, de que los ciudadanos, no todos, pero desgraciadamente sí muchos, nunca entendieron lo que significa la autoprotección y el más elemental respeto por la salud de quienes los rodean.
Si usted cree que prohibir fiestas en hogares es excesivo, ya que nadie puede meterse con lo que sucede al interior de su casa, y que es muy libre de invitar a todos los familiares y amigos para convivir, así, juntitos, sin cubrebocas y hasta abrazados, entre brindis y brindis, pues le tengo una mala noticia: no, no es excesivo, es necesario, porque como sociedad ya tenemos las llamas hasta los aparejos y, en este caso, ni modo de salir huyendo… ¿a dónde?
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