El atentado contra el secretario de Seguridad Ciudadana de la Capital de la República, Omar García Harfuch, no es uno más de los hechos de violencia registrados en el país, que en algunos lugares se han convertido en pesadilla cotidiana. No. Lo ocurrido el viernes por la mañana en el Paseo de la Reforma es un desafío directo, sin ambigüedades, al Gobierno.
El número de delincuentes participantes y el armamento utilizado fueron una demostración del poder alcanzado por las bandas criminales, en lo que, desgraciadamente y sin exageraciones, puede considerarse una declaración de guerra en toda forma. Ni más ni menos.
Además, por supuesto, de evidenciar el rotundo fracaso de la estrategia para enfrentar el problema. Luego de lo ocurrido, la propuesta presidencial de “abrazos, no balazos”, así como la amenaza de acusar a los delincuentes con sus mamás y sus abuelitas, abandonaron la esfera de las ocurrencias ridículas para convertirse en flagrantes demostraciones de impotencia y en burlas sangrientas.
El ataque en el que murieron tres personas y resultó herido el secretario de Seguridad Ciudadana, obliga al presidente Andrés Manuel López Obrador y a su Gabinete a replantearse el gravísimo problema y la manera de hacerle frente. Porque si el vehículo blindado en el que viajaba el funcionario sufrió serios daños, los disparos y las granadas fueron, en otro sentido, un torpedo que explotó bajo la línea de flotación de la nave del Estado.
Ya no hay excusas ni pretextos. Tampoco cabe salir a buscar culpables en el pasado. Nada valen las palabras y las evasivas. Si el Presidente sentenció la existencia de dos posiciones, o se está a favor o en contra de la 4T, la mañana del viernes, en el emblemático Paseo de la Reforma, un cártel de la droga –el de Jalisco Nueva Generación, según García Harfuch– le gritó, no que está en contra de la transformación, sino que está en contra de su Gobierno y dispuesto a medir fuerzas.
Así de claro.
Desde meses atrás, con la escalada de la violencia y los números de espanto que arrojan las estadísticas, algunos analistas señalaron la necesidad de dar una sacudida al Gabinete de seguridad con el que el Presidente se reúne todas las mañanas. Ya no hay duda: el Gabinete es inoperante. Su probada ineficacia demanda una reestructuración a fondo. Si varios de quienes lo componen tuvieran una pizca de vergüenza, ya hubieran presentado su renuncia.
Señor Presidente, olvídese, por favor, de las elecciones del año próximo y de la revocación de su mandato. La cascada de problemas que se abate sobre al país: pandemia, crisis económica e inseguridad, para citar solamente tres, ya está aquí. Poco le importe si su partido pierde la mayoría en la Cámara de Diputados o si su popularidad va en caída libre. El país sufre cuarteaduras que ponen en peligro su estabilidad y usted corre el peligro de que se le desmorone en las manos.
Es verdad, nadie podía prever la acumulación de circunstancias adversas que se nos vino encima, pero usted buscó ser Presidente, no de Suiza, ni de Jauja, ni de Disneylandia, sino de una República llamada Estados Unidos Mexicanos, secularmente plagada de pobres, aquejada de carencias, llena de defectos. Nadie le obligó estar a donde llegó. Es su responsabilidad. Y si fracasa, la historia no va a culpar a los a los conservadores, a los malos periodistas o a los ricos. No señor, la historia lo culpará a usted. Solamente a usted.
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