La revelación de la existencia de un Bloque Opositor Amplio (BOA) dado a conocer por el presidente Andrés Manuel López Obrador sin medir que se asomaba peligrosamente al precipicio del ridículo, ha sido interpretada de distintas maneras.
No pocos la consideran repetición del numerito, ya muy ensayado por el tabasqueño, de distraer a la opinión pública de los verdaderos problemas de México: fracaso de las medidas contra el coronavirus y la obstinación del maldito bicho en no aplanarse ni dejarse domar, el incremento de la violencia y el quebranto económico que ha disparado el desempleo, y por consiguiente, la pobreza.
Jorge Castañeda percibe en el anuncio un signo de la desesperación del Presidente al contemplar la caída de su popularidad, la cual posiblemente se vea reflejada en las elecciones del año próximo con la pérdida de Morena de la mayoría en la Cámara de Diputados. Castañeda remata magistralmente el artículo en el que hace referencia a la preocupación presidencial, diciendo del Bloque Opositor lo que Voltaire dijo de Dios: “Si Dios no existe habría que inventarlo”.
Otros consideran que la “revelación” –ofrecida al periódico El Universal un día antes de hacerse pública en la mañanera– es una forma de amedrentar a los críticos del régimen. López Obrador reiteró días después la amenaza al parafrasear la sentencia del Catecismo del padre Ripalda: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, que él tradujo, aplicando su obsesivo binomio de liberales y conservadores: “Se está con la transformación o se está en contra”.
También es probable que, aun sin haberlo leído, López Obrador pusiera en práctica la frase de don Jesús Reyes Heroles: “Lo que se opone, sostiene”. Y así es. Cuando los regímenes autoritarios o con vocación autoritaria ven erosionarse las bases que los sostienen, acuden al probado truco de señalar a un opositor capaz de fortalecer la lealtad de sus simpatizantes.
Nada nuevo. Así lo hizo durante décadas Fidel Castro, culpando de todos los males de Cuba al imperialismo yanqui. Esta receta es seguida hoy al pie de la letra por Nicolás Maduro en Venezuela y varios de sus colegas. Sin embargo, nuestro Presidente está en desventaja.
Él no puede apuntar hacia la Unión Americana y maldecir al imperialismo yanqui. Él es “amigou” del presidente Donald Trump, a quien ha hecho grandes servicios, como el de levantar un muro de guardias nacionales en las fronteras a fin de evitar el arribo de gente indeseable al país vecino.
Últimamente, según se reconoció oficialmente, México congeló cuentas bancarias de personajes presuntamente ligados al Cártel Jalisco Nueva Generación a pedido de las autoridades estadunidenses. “We are here to help with any questions you may have, mister”. (Perdón, olvidaba que AMLO no habla inglés. Entonces habrá que decir a Mr. Trump: “Pa´ lo que usted guste mandar, señor”).
El imperialismo yanqui y sus bien conocidos abusos han constituido por siglos un enemigo muy a la mano; ya José Martí hablaba de haber conocido “las entrañas del monstruo”. Así, a la imposibilidad de elegirlo como su contrincante, López Obrador se ve obligado a buscar o inventarse enemigos en el vecindario: los conservadores, los fifís, los periodistas chayoteros, los intelectuales privilegiados, los corruptos, los neoliberales, los gobernadores que no son de Morena, los empresarios y, bueno, hasta el payaso Brozo y una larga lista más. Todos ellos ya organizados –o hechos bola, si usted lo prefiere– en el imaginado BOA.
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