En este mundo de inseguridades y temores parece haber solamente tres certezas: 1.- Nadie sabe cómo ni cuándo terminará la pandemia que tiene paralizado al mundo. 2.- Superada la plaga, todos los países, unos más, otros menos, enfrentarán una crisis económica de características casi catastróficas, y 3.- Petróleos Mexicanos se ha convertido en el peor negocio del mundo, pero el Gobierno, con el afán de salvarlo, sigue inyectándole ingentes cantidades de dólares que van a dar –aseguran todos los especialistas– a la basura, valor que, también afirman los conocedores, tienen los bonos emitidos por esa empresa.
No obstante los gritos de alarma surgidos de aquí, allá y acullá, el Gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador insiste en mantenerlo vivo al costo que sea. Es más, sigue terco en destinar un montón astronómico de dinero, del poco que le va quedando al país, en la construcción de una refinería en Dos Bocas. Mientras el resto del planeta lucha por abandonar los llamados combustibles fósiles -carbón y petróleo- y los precios de este último oscilan locamente montados en una montaña rusa, López Obrador se niega a dar un paso atrás. Dos Bocas se construirá sin importar su viabilidad y el costo que represente.
¿Qué mueve al Presidente a remar contracorriente y desoír cuanta predicción y consejo se escuchan tanto en el país como en el extranjero? Quizá se deba a la terquedad del tabasqueño aferrado a mitos válidos hace décadas, pero que los cambios operados al paso de los años han dejado en el cajón de los recuerdos. Recuerdos gloriosos, si se quiere, pero al fin recuerdos.
Es verdad, la nacionalización del petróleo realizada por Lázaro Cárdenas hace, ¡ay! 82 años, fue, en su momento, una valiente afirmación de nuestra soberanía que conmovió a la nación entera. Con la nacionalización, Cárdenas logró estremecer al corazón patriótico de millones de mexicanos que entregaron dinero, joyas, animales de corral y hasta las alcancías de los niños para ayudar a pagar la deuda contraída con las empresas extranjeras.
El problema está en que aquello ocurrió hace ocho décadas, e intentar, ya no repetirlo, sino darle oxígeno para que sobreviva, resulta inútil. López Obrador debiera convencerse que la Expropiación Petrolera, como la Batalla del 5 de Mayo, la invasión norteamericana de 1846-1847, la Intervención Francesa y la Conquista de México, entre otras cosas, son hechos que pertenecen a la historia. Y la historia, ya lo dijo Carlos Marx, se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa.
El señor López Obrador no lo cree así. Para él, la historia está viva. Eso lo lleva a retrotraerse medio milenio y exigirles disculpas a los reyes de España por las atrocidades cometidas durante la conquista, o creer en la existencia de unos conservadores que Juárez, Ocampo y compañía se encargaron de liquidar tras las Guerras de Reforma, en 1861.
No obstante, debe reconocerse al Primer Mandatario el ser selectivo a la hora de actualizar el pasado. Por ello no se enfrenta a Donald Trump -ni le escribe cartitas- reclamándole la devolución de nuestro inmenso territorio del que se apropió Estados Unidos en un acto de descarada piratería internacional, y tampoco les mienta la madre a los franceses por haber intentado imponernos, a sangre y fuego, a un emperador. ¿Por qué a ellos no?
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