Nota: Si desea leer acerca del coronavirus, el petróleo o los desastres financieros, busque otro artículo. Harto de tales temas, el autor de este optó por elegir asuntos que seguramente le parecerán intrascendentes. Sobre aviso no hay engaño.
Quince, 20, quizá más autos bloqueaban las únicas dos calles por las cuales se puede salir de la colonia. Es uno de esos fraccionamientos privados que han proliferado en los últimos años, los que, aduciendo la falta de seguridad, destrozan la unidad de la ciudad, volviéndola un desconcertado conjunto de feudos urbanos, versión dizque moderna de la Edad Media.
Desesperada, la mujer que conduce el auto que va adelante se dirige a la caseta de vigilancia. Deseaba averiguar por qué las “plumas”, tanto la de la entrada como de salida, permanecen tercamente inmóviles, impidiendo el paso de los vehículos. Conforme avanzaba el tiempo, la fila de autos gana en longitud, incrementando la irritación o el aburrimiento –depende del carácter de cada cual– de los conductores inmovilizados.
La modernización del sistema de vigilancia incluye “plumas” inteligentes capaces de leer tarjetas pegadas al parabrisas de los automóviles de los vecinos, levantándose automáticamente cuando se acercan.
En esta ocasión, a las “plumas” se les colapsó el sistema y mantienen una inamovible posición horizontal. Por lo visto, no hay poder humano capaz de hacerlas volver a la vertical y permitir la fluidez del tráfico. Así, una falla tecnológica transformó el feudo en gueto. Por culpa de un chip o vaya usted a saber por qué, los habitantes del fraccionamiento pasamos de caricatura de señores feudales a seres concentrados en un gueto.
Finalmente, alguien logró retirar las paralíticas “plumas” y los automovilistas pudieron huir de la momentánea cárcel. Lo ocurrido fue un problema derivado de nuestra dependencia de los artilugios electrónicos, los que ingenuamente queremos creer infalibles. Ese mini atasco vehicular del fraccionamiento me hizo recordar otro incidente parecido.
Invitado por una dama de muy respetable capacidad económica acepté dictar una conferencia en una ciudad del centro del Estado. Terminada la plática, la señora ordenó a uno de sus ayudantes trasladarme de regreso a Saltillo en una imponente camionetota. Durante el viaje, el chofer me presumió detalladamente las características del vehículo que, allí me enteré, normalmente se usaba para custodiar a mi anfitriona.
Era una maravilla de camioneta. Estaba blindada y sus cristales resistían cualquier disparo de armas de fuego, excepto de bazucas. Le habían instalado cámaras de televisión en la parte trasera y en las laterales, a fin de que el conductor pudiera vigilar a los que se acercaban o eventualmente lo seguían. Tenía botón de pánico y radioteléfono en contacto permanente con la central de seguridad. Pero sucedió lo inesperado: al costoso armatoste se le bajó una llanta y ¡sorpresa!, tenía de todo, menos un gato y una cruceta para cambiarla.
Cómo no recordar a un compañero reportero apodado “El Sentimental”, quien hace muchos años me propuso un negocio fabuloso: comprar máquinas de escribir mecánicas –empezaban a popularizarse las eléctricas– y cuando hubiéramos acaparado todas las existentes en el mundo, hacer una campaña de publicidad anunciando la venta de máquinas de escribir que no necesitaban electricidad para funcionar.
Viéndolo bien, “El Sentimental” no estaba tan loco como decían.
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