Cuando Carlos Urzúa abandonó su oficina en Palacio Nacional, creímos que Arturo Herrera iba a ser el secretario de Hacienda durante el resto del sexenio. A siete meses de su gestión, cabe poner en duda la permanencia en su encargo.
No hay responsable de la política económica de una nación que pueda sostenerse durante mucho tiempo con tan malos resultados.
Salvo dos, prácticamente todos los indicadores del motor muestran malos rendimientos: si bien el precio de nuestra moneda se mantiene estable, y también hay un buen desempeño de la Inversión Extranjera Directa (IED), el resto de los focos están en amarillo tirando a rojo.
La estabilidad del peso se debe a la política monetaria y la IED a los altos rendimientos que se están pagando en México, en comparación con el resto del globo. En estricto sentido, ninguno de estos logros podría adjudicarse al desempeño de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP).
En revancha se observa una reducción en la inversión privada nacional, un crecimiento significativo de los depósitos que los mexicanos están haciendo en el extranjero, una caída en 2019 de la confianza de los consumidores y, sobre todo, la constatación de que durante el primer año del mandato de Andrés Manuel López Obrador, se experimentó recesión económica.
La inversión que viene de fuera no logró compensar aquella que es también es privada, pero de origen nacional. Esa otra inversión lleva de brazos caídos un tiempo que es preocupantemente largo; comenzó a descender hacia mediados del 2018 y el año pasado se precipitó en casi un 6 por ciento.
Es obvio que una parte relevante del sector privado no confía en el futuro inmediato de la economía mexicana. Prueba de esta tendencia es que, hacia 2018, comenzó a elevarse el monto de depósitos que los mexicanos enviamos al extranjero.
Casi 9 mil millones de dólares abandonaron tierra mexicana aquel año, prácticamente el doble de la cifra observada en 2017, y en el 2019 se sumaron otros 16 mil millones de dólares.
No es posible decir que se trata de una vertiginosa fuga de capitales, como las que México enfrentó en otras ocasiones, pero sí se trata de un goteo constante que confirma la percepción de desconfianza sobre el manejo de la política económica.
A diferencia de 1982 o de 1994-95, no parecen ser los grandes capitales quienes están enviando sus dólares fuera del país. El presidente Andrés Manuel López Obrador, se ha encargado de mantener cercanía con el 10% de los hombres de negocios más ricos y este círculo pequeño hace patente, cada vez que puede, su respaldo al habitante del Palacio Nacional.
Sin embargo, los principales líderes del capital mexicano no representan a todos los empresarios.
Es evidente que las empresas medianas y pequeñas –que dan empleo a cerca del 80% de la población trabajadora– no se han sentido interpeladas por el discurso presidencial.
Para esas unidades clave de la economía, fotografías como las del miércoles, entre los hombres de negocios famosos y López Obrador, no son señales que otorguen certidumbre ni confianza.
Por lo pronto, no contrarrestan los mensajes negativos recibidos cuando se cerró una inversión aeroportuaria que, entre esos empresarios medios, tenía legitimidad amplia; o cuando se cancelaron los fondos gubernamentales para promover el turismo y la exportación; o cuando se combatieron los fines de semana largos que solían ser tan buen negocio para restaurantes y hoteles; o cuando se estigmatizó la inversión privada dedicada a la energía.
A las razones anteriores se suma un ambiente de inseguridad, en vastas zonas del país, que no tiene visos de resolverse rápido ya que, como ha dicho el propio Presidente, su política de pacificación tomará tiempo para que funcione.
Si se valora con justicia, Arturo Herrera no es responsable de prácticamente ninguna de las decisiones que han provocado incertidumbre, porque la economía volvió a conducirse en México desde la Presidencia.
ZOOM: pero no será Andrés Manuel López Obrador quien pague los platos rotos de una interlocución errática con los capitales recelosos. Si las cosas siguen igual, el fusible a desperdiciar volverá a ser el secretario de Hacienda. Para evitarlo, acaso Herrera debería promover una mejor interlocución con la 4T, para una masa grandísima de unidades económicas que hoy están al margen del interés y la atención presidencial.
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