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Coahuila

Juegos de la muerte

Por María del Carmen Maqueo Garza

Hace 6 años

Las formas se han diversificado al paso de los días, pero en esencia es lo mismo: grupos de jovencitos de educación media en áreas escolares de recreo. De entre ellos un líder que actúa utilizando el factor sorpresa. Junto con un cómplice, convencen a un tercero de saltar en su mismo sitio; para hacerlo, primero ellos, flanqueando a la víctima, saltan a la vez. Al momento en que el incauto tiene ambos pies en el aire, y poco antes de que estos toquen el suelo, los compañeros le meten zancadilla, consiguiendo que caiga de bruces. Desde el punto de vista médico, un mecanismo muy peligroso, capaz de provocar fractura de piso medio del cráneo.

Vienen a la mente tantos retos que se han difundido en redes, y que dan cuenta de un vacío interior que no halla cómo llenarse. Ahora recuerdo los de apearse del vehículo y caminar o bailar al parejo del carro en marcha. O los de ingerir cápsulas con detergente ultra concentrado. O los de la asfixia erotizante. Todos ellos se desarrollan en un panorama desalentador, como si nada sobre el planeta fuera capaz de estimular a sus autores, que han de recurrir a eventos de elevado riesgo para sentirse vivos. A diferencia de los anteriores, el actual tiene un elemento perverso de nulo respeto a la vida y a la integridad de otros seres humanos. Podríamos llamarlo un bullying extremo, una forma de poder que se ejerce “a la mala”, en contra de los demás, valiéndose del factor sorpresa, para garantizar éxito en la acción.

Leyendo entre líneas, adivinamos cuál es el estado emocional de esos jóvenes que planean el juego y organizan a su grupo de seguidores para llevarlo a cabo. Más delante eligen una víctima, van contra ella, la atacan, y al momento de verla caer contra el suelo se botan de la risa.

De acuerdo con lo que sabemos, esta es una forma grave de acoso escolar. De estupidez llevada al extremo. El líder emprende –o encomienda– una acción en contra de cierto compañero elegido como blanco. Se asegura de que se lleve a cabo y se ufana por ello, pero no está dispuesto a hacerse responsable de las consecuencias de sus actos.

Viene entonces la reflexión a la que todos estamos invitados, como miembros de una sociedad que gesta dichas conductas: ¿Por qué esos chicos tienen la necesidad de una inyección de adrenalina que cuesta vidas humanas? ¿Será que nunca nadie estuvo a su lado, para enseñarlos a gozar la vida de otra forma? Quizá crecieron rodeados de cosas materiales, pero hambrientos de reconocimiento, y tienen un hoyo negro en el pecho, que los autoconsume.

¿Qué cruza por su mente cuando planean un acto así? ¿Con qué palabras verbalizan su gozo anticipado? Algo es obvio, ellos se sienten con pleno derecho de desgraciar la vida de otros. Es evidente que poco o nada saben acerca del derecho a la vida y a la integridad.

¿Qué emprenderán cuando este jueguito pierda su efecto estimulante? ¿Contra qué irán? Son mentes brillantes caminando por el desfiladero. Tarde que temprano terminan desbarrancados.

Una característica de estos líderes es su capacidad para controlar el entorno. Consiguen seguidores, además del silencio de testigos y autoridades. Priva el miedo; nadie los denuncia, nadie los sanciona. Aun más, ante la evidencia tácita, su grupo hallará la forma de justificarlos.

Cuando un ser humano pierde su capacidad crítica a causa del embeleso por un líder autocrático, habrá que revisar por qué su corazón se lo permite.

No se vale, como en tantas ocasiones hemos hecho, desviar la mirada a otro lado y hacer como si nada pasara. Son jóvenes vidas humanas que se dañan o se pierden por estos juegos perversos. Es la esfera emocional de nuestros chicos que urde tales formas de acoso. Son los futuros adultos en cuyas manos quedarán los destinos de nuestra nación.

Evitemos actuar como habitualmente hacemos: Leemos, nos alarmamos, y a la vuelta de una semana lo hemos olvidado, cuando la nota nueva y fresca desplace a la actual.

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