Desesperación de los reporteros con todas las oficinas públicas cerradas, ante la usual carencia de información, los días finales del año ofrecen a quienes escriben en las páginas editoriales de los periódicos la oportunidad a echar la vista atrás en un intento de proceder a una suerte de corte de caja. Sin embargo, 2019 da sus últimas boqueadas de una manera atípica, con el país enzarzado en una disputa diplomática capaz de llegar a punto de ebullición y la dosis cotidiana de noticias sobre hechos violentos.
El barullo noticioso sube de intensidad y no da tregua. Se quebró el puente de respiro que unía al año en fuga y el que asoma sus interrogantes en la siguiente hoja del calendario. En un ambiente tan desapacible como el clima de este 28 de diciembre, cuando escribo estas líneas, no por evasión sino por salud mental resulta aconsejable dar la espalda un rato a la política y a las ocurrencias presidenciales, para recordar, las más de las veces con tristeza, lo ocurrido en la esfera de la cultura los últimos 12 meses.
2019 fue año funesto debido a la pérdida de dos seres humanos de excepción que hicieron trascendentales aportaciones al conocimiento y a la sensibilidad de lo auténticamente mexicano. Es decir, lo mexicano despojado del traje siempre sospechoso del folclorismo.
Francisco Toledo, armado de pinceles y de los instrumentos de grabador, redescubrió nuestras raíces. Armado de una pluma, la pasión del investigador y una inteligencia de luminosa claridad, Miguel León-Portilla buceó también en nuestras raíces y dio nueva vida a una lengua cuya música se escuchaba en el altiplano desde siglos antes de la llegada de los españoles, recobrando con ello la voz de los vencidos en el traumático encuentro de dos mundos.
Homero dijo que como desaparecen las hojas de los árboles, igual pasan las generaciones de los hombres. Sentencia inapelable. Sin embargo, a diferencia de las hojas de los árboles que caen para ser sepultadas bajo el polvo del olvido, hay seres humanos capaces de desafiar esa sentencia creando obras perdurables, como las llama Renato Leduc.
Toledo y León-Portilla pertenecen a esa élite de privilegiados. Ambos cayeron como las hojas de los árboles, pero dejaron en el curso de sus vidas y trabajos obras imperecederas que forman parte de nuestra rica herencia cultural.
Según el coahuilense Julio Torri –me disculpo por el exceso de citas y el peligro de resbalar hacia la pedantería– la historia de un hombre está en su actitud. La frase es traje hecho a la medida para Toledo y León-Portilla, quienes, además de su talento y sabiduría, dieron altas y memorables lecciones de honestidad intelectual y generosidad. Quizá su secreto fue muy simple: amar su trabajo y disfrutarlo intensamente. Las pinturas y grabados de Toledo rezuman ese amor a lo que se hace, e igual ocurría oyendo hablar a Miguel León-Portilla sobre el valor de las lenguas que la modernidad parece obstinada en desaparecer.
Recordarlos es, creo, una buena forma de terminar un año que se significó por la confrontación y la polarización, mientras el crimen campeaba en varias zonas del país. Si en México pueden florecer espíritus como los de Toledo y León-Portilla, existen todavía, por fortuna, ganchos firmes, seguros, donde colgar nuestra esperanza.
Letras sueltas
Mis mejores deseos de armonía y salud para todos, esperando que el año próximo les sorprenda con muchos días de felicidad y realizaciones.
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