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Coahuila

El buen principio

Por María del Carmen Maqueo Garza

Hace 6 años

Desde el 2011 existe “el Buen Fin”. Programa que permite al comercio incrementar sus ventas, en tanto al cliente le facilita adquirir a mejor precio un producto. Hay lamentables excepciones como sería encarecer la mercancía previo al Buen Fin, para luego “rebajarla” tramposamente.

A lo largo de la temporada prenavideña, inmersos en un sistema capitalista, es difícil sustraernos de la tendencia al consumo. En el mejor de los casos se compra aquello que previamente se planificó adquirir y que va acorde con nuestro bolsillo. Lo que en realidad suele suceder, es que el canto de las sirenas nos embelesa y terminamos gastando más de lo previsto, ya sea porque compramos mercancía que en realidad no necesitamos, ya sea porque nos excedemos del presupuesto destinado para un artículo en particular. Con el Buen Fin inicia ese canto seductor que invita a vaciar los bolsillos y las cuentas bancarias, más ahora que las empresas adelantan parte del aguinaldo decembrino a noviembre para que el trabajador cuente con liquidez para sus compras.

El buen fin es un término persuasivo. Más que a fin de semana, considero que este eslogan hace referencia a “finalidad”, y de manera secundaria a inteligencia. Así entonces, comprar en estos días significa que somos personas brillantes que saben hacerlo, pues destinan su dinero para una finalidad de gran valor. Nos envuelve el mercantilismo de este modo para colocarnos en la dirección de los centros comerciales a comprar artículos que en realidad no pensábamos adquirir. Cierto, hoy en día muchos productos vienen de fábrica con una vida media corta que nos obliga a sustituirlos después de determinado tiempo de uso. Los puestos de “reparación de licuadoras y de planchas” son piezas de museo, junto con aquellos otros dedicados al zurcido de medias de seda, o a la colocación de medias suelas. La tendencia consumista es adquirir, utilizar y desechar, ya sea porque el artículo es irreparable, ya sea porque pasó de moda y el sistema nos lleva a comprar el modelo que recién acaba de salir. ¡Y luego nos sorprende la gran cantidad de basura que hay en el mundo! Un ejemplo personal, mi teléfono móvil cumplió 3 años de uso y ya está presentando fallas. Difícilmente conseguiré quién pueda repararlo, además de que permanecer 3 días sin teléfono, mientras lo revisan, me complica la existencia. ¿Lo más práctico? Adquirir otro aparato, y si es en este fin, más barato y con diversidad de formas de pago. Entonces iré a sacar uno nuevo y botaré el anterior. Cosa curiosa, mi plancha, de manufactura nacional que acabo de sustituir, duró casi 25 años.

El consumismo tiene por consigna crear necesidades en el consumidor: Algo mejor, más grande, más potente, más bonito. Algo distinto para estar al último grito de la moda. Algo que refleje nuestra clase. ¡Y caemos!

Todos conocemos esa sensación de dejarse llevar sin preocupación. “Sans souci”, como la canción. Sin embargo, dichos ratos de deleite pueden resultar muy costosos a la larga, sobre todo cuando descubrimos, poco tiempo después, que hicimos una compra compulsiva, y que ahora tenemos en casa algo que no utilizamos, que resulta hasta estorboso, el cual terminará en un rincón, o en un bazar de caridad.

Atendiendo las leyes de la física, en el extremo opuesto al fin está el principio, donde todo comienza. Habría pues que preguntarnos qué sucede si modificamos el principio, planificando nuestras compras, tanto de consumibles como de no consumibles. Y para estos últimos establecemos prioridades, conforme al costo o a la utilización de los productos. Ya entonces decidimos qué vamos a comprar, en qué momento y cómo se pagará.

No es tarea fácil zafarnos de las garras del consumismo. Convertirnos en una especie de monjes tibetanos para practicar el desapego respecto de los bienes materiales. Nos hallamos en un sistema acostumbrado a tasar lo que somos en función de lo que tenemos, o bien conforme a nuestro poder adquisitivo. Una función básica del ser humano es la de reconocimiento, desarrollamos el apremio de ser reconocidos por los demás, y si el modo de conseguirlo –según dicta el sistema económico—es adquiriendo, pues entonces adquirimos. De este modo basamos, falsamente, la valía humana de acuerdo con elementos externos, y en tener o carecer, irán variando nuestros estados de ánimo, de la euforia a la profunda depresión.

El buen principio: Conocernos a nosotros mismos. Descubrir qué es aquello que nos distingue de los demás y nos vuelve únicos. Luego utilizarlo para relacionarnos con otros, tender puentes, construir y crecer. Rodearnos de personas que piensan de forma similar, para así fortalecernos. A partir de ello generar sociedades con más valores intrínsecos y menos apegos materiales.

https://contraluzcoah.blogspot.com/

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