El presidente Andrés Manuel López Obrador encara la peor crisis de las varias que se han presentado en los 15 meses de su Gobierno. Peor, incluso, que el ridículo mundial cuando decidió dejar en libertad al hijo del Chapo Guzmán y abandonar Culiacán en manos de la delincuencia organizada.
Ahora, por cuestiones domésticas e internacionales, los astros de la fatalidad parecen habérsele alineado. A la criticada estrategia adoptada a propósito de la marcha de las mujeres y el “Nueve no se mueve”, se levantan en el horizonte dos desafíos mayúsculos: la caída del precio del petróleo y las funestas consecuencias para una economía mundial -más para una estancada y prendida con alfileres, como la nuestra-, y la epidemia del coronavirus que ha paralizado a otros países.
Tres factores que volverán extremadamente complicado el Gobierno, cuyos bonos de confianza, además, han acusado un fuerte descenso en los últimos meses. Mal y de malas, como se suele decir.
Un panorama tan complicado, al que algunos no han dudado en calificar como “la tormenta perfecta”, es imposible abordar en bloque. Lo aconsejable es revisar, así sea superficialmente, cada uno de los factores por separado.
Para muchos, y quien esto escribe se incluye, fue una sorpresa la carencia de sensibilidad de un político tan experimentado como López Obrador. En el asunto de la marcha de mujeres, anduvo de tropiezo en tropiezo. Primero, intentando restarle importancia (“que el feminismo no opaque mi rifa”) y después convirtiéndolo en un asunto personal manipulado por sus eternos enemigos, los conservadores, para debilitar a su Gobierno.
El desdén con el que vio el Presidente la impresionante movilización feminista se extendió a su círculo íntimo, empezando con su señora esposa, Beatriz Gutiérrez, quien primero se adhirió y después se deslindó. Luego, en un numerito de dar pena ajena, las mujeres del gabinete se vieron obligadas a hacer el triste papel de defensoras de su jefe.
La cereza en el pastel la puso el propio Presidente, quien un día después de las multitudinarias marchas de mujeres habidas en varias ciudades del país, apareció en una fotografía, relajado, en unas ruinas prehispánicas de Zacatecas. Desdén que remachó en la conferencia de prensa mañanera del lunes, dejando para el final el tema con un comentario ambiguo, carente de sustancia, que a nadie convenció.
La caída del precio del petróleo tomó desprevenidos a todos, cimbrando a los mercados financieros del mundo, y de un rozón provocó una depreciación sensible del peso, cuya estabilidad fue, hasta el domingo anterior, uno de los contados logros en materia económica que podía presumir el Gobierno.
También la fulminante propagación del coronavirus sorprende a México en un mal momento, sumido en su propia crisis por la falta de medicamentos y un creciente descontento de médicos y enfermeras irritados por no contar con el instrumental y las condiciones indispensables para el buen desarrollo de su trabajo.
Si el Presidente insiste en mantener el optimismo ante la depreciación del peso y la amenaza del coronavirus, la situación puede llegar a ser caótica. Aún es tiempo, esperamos, de reflexionar y recapacitar. Corregir el rumbo y diseñar una estrategia capaz de lograr que el barco cruce la tormenta sin mayores daños. Y es que contra la realidad no hay discurso ni frase populachera que valga. Ni Rusia, ni Arabia Saudita ni el coronavirus tienen mamacita a quienes acudir pidiéndoles que corrijan a sus hijos y los hagan portarse bien.
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