Este es un cuento, una anécdota que podría resultar hasta graciosa, si no fuera por sus implicaciones que revelan que realmente se trata de un drama. Es la historia de ficción de un hombre que a fuerza de ponderar su muy particular interpretación del “Triunfo de la Voluntad” terminó por perder contacto con la realidad; que perdió piso y se puso a volar. Y por desafortunada añadidura, resultaba el hombre más rico y poderoso de un pueblo perdido en las profundidades del México surrealista, mágico y musical.
Este hombre, que llamaré don Andrés, solo para propósitos referenciales, era el dueño de la hacienda, de la fábrica y de la tienda de ese pueblo. A la mayoría de los ciudadanos poco o nada le importaban los arrebatos y actitudes de don Andrés, y menos que algunas veces dijera unas cosas y luego otras. Mientras la fábrica y la hacienda se mantuvieran proveyéndolos de lo indispensable para sobrevivir, y además se pudiera comprar lo básico en esa tienda, pues hasta lo respetaban y alababan.
Pero las cosas simplemente no funcionaban del todo bien. Hubo quién advirtió que una helada había dañado gran parte de la cosecha en la hacienda, que había disminuido significativamente la producción en la fábrica y que en la tienda cada vez era más notorio que faltaban enseres y alimentos.
Don Andrés respondió, categórico que nunca habían estado las cosas mejor, y que los señalamientos eran críticas de sus adversarios. Entonces se dedicó con singular vehemencia a acusar, agredir, insultar y descalificar a todos los que no veían las cosas como él las veía.
Don Andrés se rodeó de oportunistas, de personas poco calificadas, pero que le otorgaban lo único que en el fondo exigía: total y absoluta lealtad, aunque en el lance comprometía el buen funcionamiento de la hacienda, la fábrica y la tienda.
Un buen día, una señora lo encaró y le advirtió que había leyes, que no se podía, no se debía atropellar impunemente a todos los que disentían y cuestionaban su peculiar visión del mundo. Don Andrés respondió tajante: la ley soy yo, y las cosas son justo como quiero y
cuando quiero que sean.
No, no había manera de diálogo, de buscar consensos, vaya, ni siquiera una ventana abierta a la posibilidad de que don Andrés entendiera que el pueblo eran muchos, con diferentes formas de pensar y que todos, absolutamente todos, merecían explicaciones coherentes ante reclamos legítimos.
Pobre pueblo. En fin, esta es una historia de ficción y cualquier semejanza con algo o alguien que usted conozca, es mera coincidencia.
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