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Queridos Lectores

Por Querida Ana

Hace 8 años

QUERIDOS LECTORES:

“Gloria a Dios en las alturas y en la Tierra paz entre los hombres de buena voluntad”. Así cantaban esa noche fría y llena de estrellas, los ángeles que bajaban del Cielo para alabar a Jesús, el Hijo de Dios nacido de María la Virgen. Ellos, junto a José, el padre terreno del Niño, estaban en un establo, pues era lo único que habían podido encontrar para alojarse esa noche ya que en ninguna posada había habido lugar para ellos. ¿Cómo? ¿El Hijo de Dios acostado en un pesebre, entre un buey y unos borreguitos? Pues sí. Jesús desde que nació prefirió la pobreza, quiso vivir entre los menos favorecidos, los desheredados, los rechazados. Los más pequeños.

El cuentecillo que leerán este día se publicó en un libro cuyo título es El Tesoro de los Cuentos de Navidad y se refiere a un angelito pequeño, el más pequeño de todos los ángeles del Cielo. Lo dedico a los pequeños de la casa, a los niños. Y a los adultos con corazón de niño. Leamos pues:

EL ÁNGEL MÁS PEQUEÑO

Hace mucho tiempo, mucho antes de que naciera cualquiera de los que viven ahora, no había época de Navidad, ni árboles navideños, ni regalos de Navidad, ni gente que cantara villancicos. Era así porque no había nacido Jesús en un humilde Portal de Belén. Claro que existía el cielo, el hogar de los ángeles que volaban entre las nubes con hermosas alas de plumas brillantes y usando túnicas blancas. Eran altos, fuertes y veloces… todos, excepto el ángel más pequeño, quien era chiquito y tenía rizos cortos. Acababa de recibir sus alas y apenas estaba aprendiendo a volar.

Un día el arcángel Gabriel hizo un anuncio de gran importancia: “Esta noche ¡volaremos a la tierra para honrar el nacimiento del Príncipe de la Paz! ¡Cantaremos himnos en todo el mundo, llevando alientos de gran alegría!” El ángel más pequeño saltó de emoción. ¡Hoy sería la noche de la que tanto había escuchado hablar! Durante semanas, los ángeles mayores habían planeado una espléndida celebración. ¿Le permitirían ir con ellos? El canto del ángel más pequeño aún era débil, pero tenía un problema aún peor: no podía volar tan rápido como los demás. No resultaría fácil ir. “A menos que me adelante”, pensó, y esto lo animó. “Si me voy ahora llegaré a Belén antes que los demás”.

En ese momento, el ángel más pequeño se paseaba junto al mar cristalino del cielo. En la orilla había miles de flores con cinco pétalos blancos y centro dorado. Las flores de estrellas eran consideradas en la tierra como símbolo de esperanza y seguramente serían un lindo regalo para el bebé recién nacido. Así pues tomó un puñado y las acomodó en el cordón de su túnica. Era el momento de probar sus alas como nunca lo había hecho. Subió a la nube más alta ¡y se lanzó! Milagrosamente sus alitas se abrieron y el ángel más pequeño se deslizó por el aire y se dirigió al planeta Tierra que estaba abajo.

Cuando aterrizó, miró a su alrededor. ¿Dónde estaba Belén? Era una puesta de sol y no veía a nadie. Pero a la distancia distinguió una aldea con casas hechas de adobe y piedra, así que se puso en marcha por el sendero de tierra que llevaba a ella. En su camino escuchó un lastimoso sonido que venía de un olivo cercano. La mamá paloma estaba piando con tristeza desde una rama. Debajo, su bebé, que había caído del nido, trataba de volar sin éxito. Era demasiado pequeño. El ángel recogió al pajarito. “Pobrecito, dijo. El ángel más pequeño voló y puso al pichón suavemente en el nido. La madre le agradeció con todo su corazón. Una flor de estrellas cayó del cordón del ángel y se posó en el lugar donde el palomo había caído. De pronto, una campana sonó en la noche invernal.

El ángel más pequeño llegó hasta una choza que tenía un solo cuarto y se asomó por la ventana. Ahí una joven madre miraba a su pequeño hijo, que dormía intranquilo en una cuna. El ángel pudo ver que la piel del niño estaba roja y que mechones de cabello caían sobre su frente. La madre mecía la cuna y lloraba en silencio. El niño abrió sus febriles ojos y sonrió cuando el ángel entró de puntillas. El ángel puso su mano fresca sobre la frente del niño y la fiebre desapareció instantáneamente. Al poco rato el niño cerró los ojos y durmió profundamente. Cuando el ángel caminaba hacia la puerta, unas flores cayeron de su cordón y se oyó una segunda campana. Ya había oscurecido, así que se fue de la aldea y continuó por el camino.

Al ángel más pequeño le dolían demasiado las alas como para volar. También estaba perdido. ¿Dónde se hallaba Belén? El ángel no parecía estar más cerca del final de su viaje que cuando comenzó y sólo le quedaba una flor. “¿Qué pasará si pierdo esta también?”, pensó. “No tendré nada que darle a Jesús”. Para empeorar las cosas, el ángel se golpeó el pie contra una piedra del camino. Saltó sosteniendo su pie lastimado. De repente, sobre él pasó volando un ejército de ángeles que cantaban: “¡Gloria a Dios en las alturas, y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad!”. “¡Oh, no!”, exclamó el ángel más pequeño. “¡Ya es demasiado tarde!”.

Poco después, el ángel más pequeño escuchó un balido en las cercanías. Entre los arbustos había un corderito con la pata delantera rota. Sintió lástima y lo levantó en brazos. “Ven conmigo a Belén”, dijo el ángel, “¡bueno, si puedo encontrarlo”!. La última flor se deslizó de su cordón sin que se diera cuenta y cayó en el camino de tierra. Una tercera campana sonó en la noche. El ángel llevó su lastimada carga por el camino y cada vez le parecía más pesada. Sus brazos y piernas le dolían por la fatiga. Cuando pensaba detenerse a descansar, vio una luz que brillaba a lo lejos. Al acercarse descubrió que parecía venir de un establo. “Nos detendremos ahí”, le susurró el ángel al cordero, que se había quedado dormido en sus brazos.

Cuando el ángel y su corderito estaban cerca del establo, fueron recibidos por escenas y sonidos asombrosos. En el lugar se reunían varias personas. La mayoría eran pobres y humildes, pero había tres hombres montados en camellos y vestidos elegantemente, que llevaban costosos regalos. La gente estaba callada, pero de vez en cuando el ángel escuchaba murmullos. Arriba, en la aterciopelada oscuridad, volaban ejércitos de ángeles. Algunos cantaban himnos mientras otros tocaban brillantes trompetas de bronce. En lo alto brillaba una sola estrella, más fija y deslumbrante que cualquiera que el ángel hubiera visto.

El ángel más pequeño atravesó el portal del establo y se quedó tan asombrado por lo que vio, que casi se le cae el cordero. Ahí, en la paja, estaba sentada una pálida pero hermosa joven que sostenía en sus brazos un bebé recién nacido. Un hombre barbado, con ropa pobre, los contemplaba. El ángel más pequeño se dio cuenta de inmediato que estaba en presencia de Jesús y sus padres, María y José. Colocó al cordero en la paja y buscó su última flor, ¡pero no la tenía! María le sonrió cariñosamente al ángel. “Sé lo que estás pensando”, dijo dulcemente, “pero has traído un regalo mucho más grande: una criatura necesitada”. El bebé Jesús estiro su bracito y con su mano regordeta, tocó la pierna rota del cordero. De inmediato el animal se levantó de un salto, brincando.

“Y no sólo eso”, agregó María. “Tus buenas acciones han hecho que la Campana del Amor repique tres veces esta noche. Por ello pedí que nos visitaras cada año y trajeras esta música a la gente de buena voluntad”. El ángel más pequeño se llenó de regocijo. ¡Qué responsabilidad tan grande para alguien tan pequeño! Voló de regreso al cielo a toda velocidad. Y cada Navidad escucharás sonar esta campana mágica… es decir, ¡si has sido amable y bueno todo el año!

¡FELIZ NAVIDAD!

ANA

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