Una de dos: hay un demonio navideño o existe el octavo pecado capital.
No soy la única, y aunque tampoco tengo un club, andamos por el mundo ciertos seres humanos para quienes el año se divide en antes, durante y después de la Navidad. Las etapas en los extremos duran poquito menos de seis meses.
Iniciado julio, la intención de acopiar regalos para entregar en diciembre se acrecienta. Si la pudiéramos representar en una gráfica de puntos, las crestas estarían entre octubre y noviembre; luego algo pasa y las líneas se vienen abajo.
Los días entre el 20 de noviembre y 24 de diciembre no existen, prácticamente hablando. Si la intención se acrecentó desde julio, pero la acción tardó en aparecer, el demonio del tiempo navideño suma una horda de bárbaros peleando por los regalos ya escasos en las grandes tiendas y las expendedoras de aparatos electrónicos.
No es mala la intención, en realidad hay voluntad por comprar cada presente con el tiempo debido, sin embargo, una fuerza extraña nos hace posponer la hazaña un día y otro y otro más. Reaccionamos apenas dos semanas antes y lo que debió ser un tur gozoso se convierte en una dolorosa aprehensión.
Las compras en la semana previa a la Navidad se vuelven una carrera contra el tiempo. Las decisiones tomadas se tornan nebulosas y no se da con bola sobre qué regalar, a quién, cuándo ni dónde. Las listas de comida para la cena se mezclan con la otra, cuyo contenido debería presidir la compra, teniendo como resultado que quien debiera recibir un teléfono celular como regalo, recibe un pavo por sorpresa.
Ahora bien, si ustedes me juran que no hay tal demonio navideño, entonces hoy mismo, en este momento, hago oficial el octavo pecado capital: La procastinación.
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