La analogía histórica de la rosa y sus espinas alude a la vida humana y sus avatares. Diría yo que el asunto de librar las garras de la existencia para probar sus mieles, le queda mucho mejor al maguey.
Bien podrían llamarse “los hombres del maguey” a quienes poblaron inicialmente la región norteña mexicana y dejaron su tradición a los campesinos. De alguna manera encontraron las mieles en las entrañas de esta planta tras enfrentar esas delgadas garras que, incrustadas en la piel de uno, parecen determinadas a no salir nunca.
Sea que iniciaran de arriba hacia abajo o a la inversa, encontraron en los magueyes toda una forma de vida. Hicieron las paces con las espinas y las convirtieron en agujas para unir las pieles convertidas en calzado y ropajes; la pulpa la volvieron ungüento, hidratante y harina para cocinar pan; luego descubrieron la miel en su centro, con la cual practicaron una alquimia inagotable.
La miel de maguey fue un sustituto de leche materna, fermento festivo, solvente para la masa, revitalizante para las paridas, melaza para los niños y los animales. Dar con ella, al fin y al cabo, apenas fue el principio de un enamoramiento sempiterno entre los humanos y el maguey.
La rosa y su perfume es una linda metáfora de la existencia, pero me gusta más la analogía del maguey, porque no solo se trata de emanar efluvios hechizantes, sino de encontrarse capaz una persona de enfrentar lo áspero, lo dulce y lo doloroso, vencerlo y hacerlo de su lado en la batalla que es la vida cotidiana.
La rosa es soberbia y llamativa, como sus aromas; sin embargo, solo adorna. El maguey se confunde con lo silvestre y apenas sí lo percibe el olfato. Es justamente esa sencillez la que le permite sobrevivir y dar a vida a quien, con inteligencia, se acerca a él y lo hace cómplice.
Más sobre esta sección Más en Coahuila