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Coahuila

Infierno en la sierra

Por María del Carmen Maqueo Garza

Hace 5 años

Contribuyamos en dinero o en especie para apoyar a las familias que lo han perdido todo. Regalemos 10 minutos a nuestros pequeños, para darles una minilección sobre el cuidado de la naturaleza

Nuestra naturaleza viviente, es a tal grado precisa, que solemos olvidar que no somos inmunes frente a los errores de nuestro propio actuar. Cuando surgen contingencias, como la que se vive en estos momentos en la Sierra de Coahuila y Nuevo León, es cuando, de súbito, tomamos conciencia de nuestra pequeñez frente al universo.

En el último año de la especialidad en Pediatría, me correspondió hacer mi servicio social en Doctor Arroyo Nuevo León. Lo que ahí viví se convirtió en parte muy importante de mis experiencias de vida. Situado a 30 minutos de Matehuala, SLP, constituía el arranque de lo que, dos horas más delante, llegando a Galeana, daba pie al ascenso por la Sierra Madre Oriental, que se extiende sobre los estados de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, para luego seguir la Huasteca Potosina hasta Hidalgo y Puebla. La topografía en Doctor Arroyo estaba constituida por llanuras salpicadas por pequeñas casas de agricultores y madereros hasta llegar a Galeana, Nuevo León, famoso, entre otras cosas, por sus costumbres autóctonas. Iban a buscar a don Juan a la casa familiar, y los hijos decían: “Está en la otra casa”. Una organización familiar única en esta región del país, en la que la poligamia era común.

Ahora bien, imaginar esos llanos y esos bosques tomados por el fuego, avivado este por el norte que los azota en estos días, es visualizar el infierno. No me cabe en la mente la imagen del ganado vacuno arriado entre la humareda; los corrales de cerdos en las granjas porcícolas, sin un punto de escape. No alcanzo a imaginar la angustia de los habitantes de la sierra, mientras ven cómo sube el fuego y los deja atrapados en las zonas más altas de los elevados cerros que la conforman. De las experiencias que más me marcaron como pediatra, fue ver llegar a urgencias a una pareja con su criatura pequeña entre cobijas, ya sin vida, después de haber bajado caminando a través de la sierra desde lo más alto, por casi dos días, en búsqueda de ayuda médica.

Esta vez todo parece haber iniciado en un rancho del área conocida como La Pinalosa, en Arteaga, Coahuila, durante un paseo dominical.

Un asador que se utilizó para preparar carne, cuyo fuego no se tuvo el cuidado de sofocar. Luego de la sequedad en que quedaron tantas plantas después de las heladas, fue cuestión de horas para que el fuego comenzara a extenderse por doquier, habiendo alcanzado, al momento de redactar esta nota, casi 5 mil hectáreas consumidas, así como alrededor de 30 casas habitación con pérdida total.

Se han ido sumando apoyos institucionales y ciudadanos en un intento por sofocar el fuego voraz, pero hasta ahora son insuficientes. La historia dará razón del lamentable recuento de los daños, considerando que en esas porciones de la sierra hay especies endémicas que tal vez se habrán perdido para siempre.

Justo esta semana, de labios de Liliana Blum, destacada escritora duranguense, mientras hablaba sobre la figura femenina dentro de las historias, salieron unas palabras para ejemplificar la misoginia y los feminicidios, y que ahora me permito retomar y hacer extensivas a la naturaleza: Cito: “La mujer es una cosa de la que puedes disponer como una sopa Maruchan”.

Me pareció una figura retórica que puede extenderse mucho más allá, para referirse a la indiferencia con que actuamos frente a lo que nos rodea. Como si no nos importara; como si no fuera asunto propio; como si nuestra actuación estuviera totalmente desvinculada de los hechos.

Nuevamente, igual que ha venido sucediendo, muy en particular a lo largo de este año de confinamiento, el problema no va a resolverse con quejarnos y señalar culpables con índice de fuego. Dejemos eso a las autoridades judiciales, eso sí, exijamos que hagan su trabajo. Si se sospecha de cinco individuos que no apagaron a cabalidad una fogata, y de allí se inició el fuego, que se les aplique la ley. El resto de los mexicanos actuemos de formas útiles y proactivas. Vamos apoyando a las corporaciones institucionales y civiles que trabajan por extinguir el fuego. Contribuyamos en dinero o en especie para apoyar a las familias que lo han perdido todo. Regalemos 10 minutos a nuestros pequeños, para darles una minilección sobre la importancia del cuidado de la naturaleza.

Nos hemos convertido en una generación que condena más que apoyar, que lanza la piedra y esconde la mano; una generación de minidictadores queriendo cambiar al mundo desde el teclado digital, como si fuéramos los poseedores de la verdad absoluta.

Es hora de trabajar, de educar, de forjar futuro. Por cierto, para quien guste hacerlo, hay una cuenta llamada Juntos por Santiago, se entra desde www.moneypool.mx y debe haber otros muchos modos de ayudar, el asunto es hacerlo.

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