Desde que nacemos, o tal vez a los pocos días, semanas o meses, aunque ni siquiera sepamos el lenguaje, ya nos están dando órdenes y consejos que, obviamente no cumplimos, porque ni siquiera entendemos de lo que se trata; eventualmente, al ir creciendo somos sujetos a cumplir una serie de normas y reglamentos, algunos son de índole familiar, otros que regulan nuestro comportamiento en la escuela, y habitualmente, cuando somos más grandes estaremos bajo las reglas y leyes del país en el que vivimos.
Las normas, reglas y leyes son muy buenas para la convivencia en sociedad, solo tienen un defecto o problema: que en muchas ocasiones no se siguen al pie de la letra, o que muchas personas flagrantemente las desobedecen y eso da origen al caos de la lucha entre lo correcto y lo incorrecto. Hay infinidad de documentos de todo tipo escritos sobre este tema, religiosos, filosóficos, sociales, legales, etc.
En esta columna me abocaré a construir una estructura en la línea del tiempo de la historia de la humanidad, que ilustre la evolución de los conceptos que han intentado regir la conducta de los seres humanos en este Planeta Tierra.
En un principio, antes de la concepción de que un solo Dios fuera quien se hubiera encargado de la creación del planeta, del Universo y de la vida, en absolutamente todas las culturas de la humanidad, había creencias y cultos hacia seres mágicos, poderosos, implacables, y que habitualmente estaban vinculados con los fenómenos de la naturaleza.
En México, por ejemplo, el Dios del Fuego era Huehuetéotl, venerado en Teotihuacán, para los griegos su nombre era Hefesto, para los romanos Vulcano, para los mayas Huracán, y para los japoneses es Hi-no-kagutsuchi-no-kami, así la lista continúa interminablemente y se amplía a los dioses del agua, del viento, del trueno, del mar, del sol, etc.
Si además añadimos a las diosas, como las de la Luna, Ixchel para los mayas y Selene para los griegos, me acabaría el espacio en esta columna y no alcanzaría para siquiera mencionar todos los nombres de los dioses y diosas que han sido adorados en las diferentes civilizaciones que han vivido en nuestro planeta.
Ahora, ¿cuál es el objetivo de este recuento de la poligamia mundial? El punto de vinculación con el tema central de esta columna –que es el de las normas y las leyes– es que ninguno de estos dioses o diosas, nunca jamás estipuló o demandó un comportamiento especifico a sus criaturas adoradoras, no hay reglas a seguir, mandamientos o códigos de conducta que seguir para complacer a los dioses, habitualmente lo que se hacía era sacrificar animales en su honor –en la versión light– o de plano las matanzas espectaculares de seres humanos llevadas a cabo por los aztecas y muchos otros pueblos a lo largo de la historia.
¿Cuándo empezó a cambiar esto? Con el monoteísmo, o sea, la creencia en un solo Dios ya sea por voluntad divina o por la gran visión de estos primeros grandes sabios de la humanidad, como Zoroastro, Moisés, Lao-tse, Confucio, Buda, etc., fue que se crearon ciertas normas de conducta para agradar a Dios, o al Universo, en el caso de Buda y otros pensadores cuya doctrina no está encauzada a la adoración y obediencia a un ser divino en particular, sino que es muy amplia y difusa.
Antes de que se reflexionara sobre la imperiosa necesidad de establecer normas de comportamiento, las personas no le daban importancia a ese tema, como es el caso de los griegos, que creían que los seres humanos tenían poca independencia, y que sus destinos estaban a merced de sus muchos dioses, que a menudo actuaban según el capricho y la fantasía.
Los historiadores todavía no se ponen totalmente de acuerdo, pero relativamente esta es la lista en la línea del tiempo de los códigos de conducta y libros que los contienen: el primero es El Código de Hammurabi, que lleva el nombre del Rey del Imperio Babilónico que, en el año de 1700 antes de Cristo, lo dio a conocer a su pueblo, después de que, Samash, (primer intento de monoteísmo) Dios del Sol y la Justicia, se lo entregó. El Código de Hammurabi tiene 282 leyes que regulan la vida social y económica en todos sus aspectos, estableciendo un riguroso e implacable sistema penal, basado en la conocida, Ley del Talión, que significa “ojo por ojo, diente por diente”.
A la par se desarrollaban en otras partes del mundo, líneas claras de pensamiento y acción, encauzadas hacia el buen comportamiento y la buena conducta de los ciudadanos, como sucedió con Moisés, quien alrededor del año 1500 a.C., recibió los 10 mandamientos de manos de Yahveh (Jehová) en el Monte Sinaí, los que literalmente comandan que: Amarás a Dios sobre todas las cosas. No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano. Santificarás las fiestas.
Honrarás a tu padre y a tu madre. No matarás. No cometerás actos impuros. No robarás. No darás falso testimonio ni mentirás. No consentirás pensamientos ni deseos impuros. No codiciarás los bienes ajenos.
Estas reglas son muy claras, no debería haber confusión, y por lo tanto tampoco se deberían romper, sino más bien seguirlas al pie de la letra, y darles cumplimiento cabal para que reinara la paz y la felicidad en todo el planeta y toda la humanidad. ¿Pero qué pasa? ¿Cuál es el principal problema de los seres humanos? ¡Que no podemos cumplir las reglas! Aunque sepamos como hacerlo, aunque lo intentemos, nuestra voluntad falla y no logramos cumplir solo 10 mandamientos. Más de mil 500 años después Jesucristo los resumió sencillamente en dos reglas de oro diciendo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas”.
Aún y resumidos tan sencillamente, todavía no hacemos caso, y me faltó espacio para compartirles las doctrinas de muchos grandes hombres más, que con buena voluntad intentan guiarnos por el sendero del bien. Lo que predican son grandes verdades inobjetables, que, si fuéramos capaces de llevarlas a cabo, la vida en este planeta sería completamente diferente, sin embargo, no sabemos cómo superar el mal, y poder lograr hacer el bien. Sobre ese conocimiento y las técnicas de transmutación para llevarlo a cabo trataremos la siguiente columna.
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