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¿Por qué las estatuas del Antiguo Egipto tienen las narices rotas?

  Por Grupo Zócalo

Publicado el lunes, 26 de abril del 2021 a las 10:13


Durante varias décadas ha sido un misterio sin resolver entre expertos y entusiastas de Antiguo Egipto,

Ciudad de México.- Durante varias décadas ha sido un misterio sin resolver entre expertos y entusiastas de Antiguo Egipto, una de las civilizaciones más antiguas y duraderas del mundo.

A primera vista, parece normal: el paso de miles de años hace inevitable que cualquier monumento o artefacto se desgaste. Pero ¿por qué había tantas estatuas pristinas a las que lo único que les faltaba era la nariz?

Quizás porque, al fin y al cabo, si algo se va a romper es ese prominente órgano.

Sin embargo ¿cómo se explicaba entonces que obras de relieve en dos dimensiones a menudo mostraran el mismo daño?

El asunto había dado luz a suposiciones, incluyendo una amarga que se sigue repitiendo, a pesar de que ha sido refutada: que fue un intento de los colonialistas europeos de borrar las raíces africanas de los egipcios antiguos.

Los expertos, al contrario, aseguran que esta teoría carece de fundamento, entre otras razones porque las narices no son la única evidencia física de esos orígenes.

Y concuerdan en que, a pesar de los muchos horrores del imperialismo, éste no es uno de ellos.

Entonces ¿qué pudo haber sucedido?

Poderes divinos

La respuesta con más credibilidad en este momento se resume en una palabra: iconoclasia, del griego Eikonoklasmos, que significa “ruptura de imágenes”.

No estamos hablando de los seguidores de la corriente del siglo VIII que rechazaba el culto a las imágenes sagradas, las destruía y perseguía a quienes las veneraban.

En este caso, el término se usa de una manera más amplia para nombrar la creencia social en la importancia de la destrucción de iconos y otras imágenes o monumentos, con frecuencia por motivos religiosos o políticos.

Y cobra mucho sentido cuando tienes en cuenta que para los antiguos egipcios las estatuas eran el punto de contacto entre los seres divinos y los terrenales.

Estela de piedra caliza de Penbuwy, XIX Dinastía, alrededor de 1200 a. C. De Deir el-Medina en Tebas. Esta estela fue hecha por Penbuwy en honor al dios Ptah, quien se muestra en la parte superior izquierda, sentado en un santuario ante una mesa llena de ofrendas de comida.

Representaciones bidimensionales también muestran el mismo tipo de daño, como en esta estela de Penbuwy, XIX Dinastía, alrededor de 1200 a.C. en honor al dios Ptah.

Los antiguos egipcios creían que las imágenes podían albergar un poder sobrenatural, como explica Edward Bleiberg, el curador principal de arte egipcio, clásico y del Antiguo Medio Oriente del Museo de Brooklyn.

Bleiberg, quien exploró el tema movido por el hecho de que la consulta más común de los visitantes al museo era “¿por qué están rotas las narices?”, explica que las palabras para “escultura” y “escultor” enfatizan que las imágenes están vivas.

La palabra para “escultura” significa literalmente, “algo creado para vivir”, mientras que un escultor es “alguien que le da vida”.

Los objetos que representaban la forma humana, en piedra, metal, madera, arcilla o incluso cera, podían ser ocupados por un dios o un humano que había fallecido y se había convertido en un ser divino, y así podían actuar en el mundo material.

Así lo cuenta de Hathor, la diosa del amor y la fertilidad, una inscripción de las paredes del templo de Dendera, probablemente construido por el faraón Pepy I (2310 a 2260 a.C.):

(…) baja volando del cielo para entrar en el Horizonte de su Alma [es decir, su templo] en la Tierra, vuela hacia su cuerpo, se une con su forma.

En ese caso, la diosa impregna una figura tridimensional, pero en el mismo templo se habla de cómo Osiris —uno de los dioses más importantes de Antiguo Egipto— se funde con una representación en relieve de sí mismo:

Osiris … viene como un espíritu … Ve su forma misteriosa representada en su lugar, su figura grabada en la pared; entra en su forma misteriosa, se posa en su imagen.

Una vez ocupadas, las imágenes tenían poderes que podían activarse a través de rituales.

Y también podían desactivarse mediante un daño deliberado.

Pero por qué hacerlo

Las razones eran muchas, desde la furia y resentimiento contra enemigos a quienes se quería herir en este mundo y el próximo, hasta el terror a la venganza del difunto que sentían los ladrones de tumbas, así como las ganas de reescribir la historia o los sueños de cambiar toda la cultura.

Tutankamón con la corona azul (y sin nariz), siglo XIV a.C. Tutankamón reinó entre 1333 y 1323 a.C. y fue un faraón de la XVIII Dinastía del Antiguo Egipto.

Cuando el padre de Tutankamón, Akenatón, quien gobernó entre 1353-1336 a.C., quiso que la religión egipcia girara en torno a un dios, Aten, una deidad solar, se enfrentó a un ser poderoso: el dios Amón.

Su arma fue la destrucción de imágenes.

La situación se revirtió cuando Akenatón murió y el pueblo egipcio reanudó el culto tradicional: los templos y monumentos en honor a Aten y al difunto faraón fueron los que enfrentaron la destrucción.

La revolución de Akenatón, el faraón esposo de Nefertiti que eliminó 2.000 deidades de Egipto y declaró al Sol como único dios.

Pero recordemos que no eran sólo los dioses quienes podían habitar las imágenes, sino también los humanos que habían fallecido y, tras el largo y tortuoso viaje hasta la Sala de la Doble Verdad, demostrado su decencia en el Juicio del alma, convirtiéndose en seres divinos.

¿De dónde viene la idea de que el alma pesa 21 gramos?

Saber que tus antepasados te siguen acompañando a pesar de su muerte puede ser reconfortante… pero también preocupante, particularmente si eres alguien poderoso y no te conviene que el pasado te haga sombra.

Y las luchas de poder a menudo dejan cicatrices.

Cuando Thutmosis III, quien gobernó 1479-1425 a.C., quiso asegurarse de que su hijo lo sucediera.

Intentó para ello borrar de la historia a su predecesora y madrasta Hatshepsut, destruyendo la evidencia física de su existencia. Y casi lo logró.

El misterio de Hatshepsut, la faraona que fue sistemáticamente borrada de la historia

Ansiedad por el futuro del pasado

Estos ejemplos pueden dar la impresión de que sólo sucedía en casos extremos, pero la destrucción de representaciones de deidades o humanos era tan común que, como documentó el egiptólogo Robert K. Ritner, suponía una preocupación constante en el Antiguo Egipto.

Estatua de cuarcita del Visir Iimeru, de 148 cm de altura, Karnak. Civilización egipcia, Reino Medio. París, Musée du Louvre

A esta estatua de cuarcita del Visir Iimeru sólo le falta una cosa.

Entre los numerosos textos que expresan esta inquietud está un decreto real del Primer Período Intermedio (circa 2130-1980 a.C.):

Cualquier persona en toda esta tierra que haga algo dañino o perverso a sus estatuas, losas, capillas, carpintería o monumentos que se encuentran en los recintos de cualquier templo, Mi Majestad no permitirá que su propiedad ni la de sus padres permanezca con ellos, ni que se una a los espíritus de la necrópolis, ni que permanezca entre los vivos.

Los ataques contra las tumbas eran igualmente graves y temidos.

Un hombre llamado Wersu de Coptos, que vivió durante la dinastía XVIII (circa 1539-1295 a.C.), registró una amenaza que rezaba:

En cuanto a cualquiera que ataque mi cadáver en la necrópolis, que quite mi estatua de mi tumba, [el dios del Sol] Ra lo odiará. No tendrá agua del altar de [el dios] Osiris, no transmitirá su propiedad a sus hijos jamás.

¿Y la nariz?

Las mutilaciones tenían entonces la intención de coartar poder y eso podía lograrse de diferentes maneras.

Si querías impedir que los humanos representados hicieran las tan necesarias ofrendas a los dioses, podías quitarles el brazo que comúnmente se utilizaba para tal tarea: el izquierdo.

Si preferías que el dios no los escuchara, le quitabas a la deidad sus orejas.

Si tu intención era acabar con todas las posibilidades de comunicación, separar la cabeza del cuerpo era una buena opción.

Pero quizás el método más efectivo y expedito para hacer realidad tus deseos era quitarles la nariz.

“
La nariz era la fuente del aliento, el aliento de la vida; la forma más fácil de matar al espíritu interior es asfixiarlo quitándole la nariz”, explica Bleiberg.

Un par de golpes con martillo y cincel, y problema resuelto.

Lo paradójico, después de todo, es que esa compulsión por destruir las imágenes es prueba de cuán importantes eran éstas para aquella gran civilización.

Con información de BBC

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