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Coahuila

‘El Caifás’ y el grito que ayuda

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 5 años

Escaseaba el agua en Saltillo. Grandes y pequeños recorríamos tina en mano de un lado a otro la ciudad, que había sido beneficiada abundantemente por el líquido en años no muy lejanos y que la amenaza se cernía sobre las huertas de frutales y el consumo de la población. La galería filtrante del sur de la ciudad repentinamente se abatió y comenzaron los problemas en la capital coahuilense. El solo ojito de agua del barrio cuna no era suficiente.

Estábamos ciertos de que el fenómeno se debía a que al exgobernador Nazario Silvestre Ortiz Garza se le ocurrió crear un gran plantío de uvas para la producción de vinos, y para consumo “en la mesa” en el paraje denominado El Álamo, por el rumbo de la entonces Escuela de Agricultura Antonio Narro. Don Nazario daba ocupación a muchos saltillenses en la cosecha de la uva y en el empacado del fruto.

Saltillo, anterior a esa época, fue un vergel, pues contó con más de 300 huertas, en varias viviendas había plantaciones de frutales, hortalizas y de ornato. Al finalizar los años 50 la ciudad de 100 mil habitantes sufría por la carencia del agua. En el estío había barrios y colonias a las que no llegaba una sola gota, incluso los ricos de la ciudad también padecieron por la misma cuestión. Los que tenían norias o pozos artesanales eran los privilegiados y se encargaban de vender o regalar el líquido, que se transportaba ya fuera en tinas o en pequeños tanques sobre un carro de dos ruedas, estirado por caballos o burros, que se entregaba a domicilio.

El exgobernador Ortiz Garza utilizaba gran cantidad del agua del subsuelo en el sur de la ciudad para irrigar sus enormes viñedos, uva que vendía para mesa o para la elaboración de vinos como el denominado Club 45, que producía en su Vitivinícola de Saltillo.
 
Surgió un defensor de los saltillenses
Un famoso zapatero voz en cuello reclamó en una corrida de toros a don Nazario S. Ortiz Garza. “El Caifás” era el mote del artesano, quien fue dueño de otras importantes anécdotas, quien poseía una voz fuerte y sonora.

–¡Don Nazario, a ver si deja de regar las uvas para que nos llegue el agua!– gritó el popular zapatero frente al exgobernante, quien se encontraba en las graderías de la Plaza de Toros Guadalupe, que se localizaba en las calles Allende, Acuña, Álvarez y Corona, misma que la afición rubricó con fuerte ovación.

Lo cierto es que en la petición coadyuvó el entonces alcalde de Saltillo, Eulalio Gutiérrez Treviño, quien posteriormente en una entrevista con don Nazario le dijo:

–La ciudad padece por la falta de agua y usted tiene unos viñedos muy bonitos, ¿dígame qué hago?

Como buen político, don Nazario le contestó:

–¡Ya me amolaste. Llévate el agua, ya me la pagarán cuando puedan!

Y se acabaron los viñedos, pero se solucionó el problema.

Saltillo tuvo agua gracias a la petición oportuna de “Caifás” y a la intervención certera del alcalde Gutiérrez.

Don Nazario fue considerado por muchos como el mejor gobernador de Coahuila del siglo 20, tras una carrera política que se inicia como regidor y alcalde de la ciudad de Torreón, diputado local, presidente interino de Saltillo, gobernador del Estado y dentro de sus magnas obras está el edificio del Ateneo Fuente. Además fue senador de la República, secretario de Agricultura, presidente de la Asociación Nacional de Vitivinicultores y de Canacintra nacional.

Otro grito de ‘El Caifás’
Tremenda y enconada rivalidad, había entre Saltillo y Monterrey en cosas de los toros. Tenía Monterrey al “Ave de las Tempestades”, Lorenzo Garza, y nosotros teníamos a Fermín Espinosa “Armillita”, el Maestro.

Decían los regiomontanos que nadie había como Lorenzo, que desquitaba el boleto con solo hacer el paseíllo, de modo que toda la gloria de sus faenas salía de pilón.

Y contestaban los saltillenses que nadie sabía lidiar como “Armillita”, que nadie conocía a los toros como él, que le sacaba provecho aún al más infame marrajo burriciego, y que por eso y muchas cosas más, antes de “Armillita” nadie jamás y después de él ninguno. Así las cosas. Cuando los dos toreaban se hacían los tendidos campos de riñas que solo en un principio eran de a bofetadas con tal de defender el fuero y primacía de su diestro, que era además campeón y adalid de cada ciudad Saltillo o Monterrey.

En una ocasión actuaron “Armillita” y Lorenzo, mano a mano. Y fue a Monterrey la corrida. La porra de Saltillo la encabezaba “El Caifás”, el famoso zapatero remendón. Cuando el gritón de la porra de Monterrey los vio se escuchó un burlón y desafiante:

–¡Ya llegaron los hijos del Santo Cristo!

Y “El Caifás” respondió de inmediato:

–¡Siquiera, hijos de macho, desgraciados! ¡Por eso venimos a pedirles la mano de la Virgen del Roble, pa’l Patrón!

Sosegados los ánimos y sentados ya los espectadores, sonó el clarín, se abrió la puerta de cuadrilla y en ovación y alarido de la multitud salieron los toreros y comenzaron el paseíllo. Lorenzo, igual que siempre, señorón y elegante, mirando a los tendidos como diciendo aquí estoy y al que quiera algo conmigo aquí estoy. Fermín, el Maestro de Saltillo, llevaba un hermosísimo capote de paseo, bordado con hilos de oro y plata y la imagen de la Virgen de Guadalupe, y cuando la gente lo vio dio un ¡ah! de admiración, que se oyó por toda la plaza. “El Caifás” se levantó de su asiento de sol poniendo sus manos a ambos lados de la boca para enfatizar su dicho y grito:

–¡Ahí va la madre de todos los mexicanos, con el padre de todos los toreros mexicanos!

Y recorrió retador con la vista todo el coso como si fuera un torero saludando a la afición. Armillita, orgullosamente saltillense, llevó muy en alto el nombre de la ciudad por los ruedos de México y Europa, donde se le conocía como el maestro de Saltillo.

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