Arte
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Grupo Zócalo
Publicado el miércoles, 26 de mayo del 2021 a las 04:00
Ciudad de México.- Tan pronto se pone un pie en la casa marcada con el número 194 de la calle de Chihuahua, en la Roma, la construcción revela su naturaleza verdadera: un gabinete de maravillas. Desde todos los sitios, expresivos ojos esculpidos en bronce escrutan al visitante, y cada repisa y espacio están poblados por imágenes de bestias fantásticas, por miniaturas enigmáticas y arcanas o por reliquias silvestres, como conchitas y piedras.
En una de las fotos que cuelgan de una pared de su antigua habitación, la artífice de todo ello, Leonora Carrington, reina sobre su imperio de sueños desde la perpetuidad del blanco y negro, con la mirada inteligente de quien puede ver el reverso oculto de las cosas.
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El espíritu sigue aquí”, declara, sin dar lugar a la duda, el patólogo y artista Pablo Weisz, hijo de la artista y del fotógrafo Emérico “Chiki” Weisz. “En esta casa pintó, fácilmente, más del 90% de sus cuadros”, recuerda. “Y en esta casa hizo más del 90% de sus esculturas, sus modelos”.
A 10 años de su partida, la casa estudio de Carrington preserva intacto el entorno creativo de la artista nacida en Inglaterra y que vivió en México casi 70 años.
En este aniversario, que se conmemoró el martes, la casa se siente como un cofre del tesoro todavía cerrado, a la espera de que el semáforo epidemiológico de la Ciudad de México cambie a verde y pueda, al fin, ser visitada por el público.
Para Weisz, la apertura de este museo dedicado a su madre es un sueño largamente acariciado y que, después de años de planeación, se ha hecho posible gracias a los empeños de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
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Yo, en un momento dado, veía que la fama de mi madre crecía y crecía, y dije: ‘¿Cómo es posible que hay Museo Tamayo y Museo Diego Rivera, de todos hay museo, pero no había nada de Leonora”, se dijo Weisz.
Tras un proceso de investigación, la UAM se propuso mostrar la casa tal como la dejó Carrington, con un nivel de detalle que se puede ver en los pinceles y utensilios que parecieran haber sido usados apenas unas horas antes e, incluso, en una colilla de cigarro que todavía permanece.
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Aquí hacía sus meditaciones, prendía su incienso y se ponía a meditar. De ahí salieron muchos cuadros”, señala Weisz en uno de los estudios de su madre dentro de la casa.

Para el médico, quien vivió ahí hasta los 25 años, crecer en medio de las creaciones surrealistas fue tan increíble como uno podría imaginarse.
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Sí era un mundo fantástico. (Decíamos:) ‘Ay, ahí hay un gato con alas’, ‘Ay, mira, un perro con grifos y con alas y una cola de león’”, recuerda. “Escribía, pintaba, esculpía, y era mamá. Nunca nos hizo de lado”, celebra Weisz, quien compara esta postura amorosa a la de otros artistas de su época, sobre todo hombres, que se desentendían de sus familias.
En la sala, en una esquina privilegiada, hay una litografía de Y Entonces Vimos a la Hija del Minotauro, uno de los cuadros fundamentales de Carrington, donde un par de niños, en un salón onírico, van al encuentro de un personaje femenino fantástico.
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Esos somos mi hermano (Gabriel) y yo, cuando éramos chicos”, recuerda Weisz, con cierta nostalgia.
Cada recoveco de la casa invita a la búsqueda del proceso creativo de Carrington, con algunas joyas dispuestas para que los enterados y quienes apenas la descubren se topen con ellas.
Quien quiera desentrañar el origen de Y Entonces Vimos a la Hija del Minotauro, por ejemplo, no tiene más que acudir al cuarto de la pintora y revisar sus libreros para encontrarse con el ejemplar claramente leído y revisado de The White Goddess, de Robert Graves, un libro fundamental para la concepción mitológica de la artista.
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