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Coahuila

La importancia de comunicar (II)

Por Gerardo Aguado

Hace 5 años

En 1933 existían en Alemania más periódicos que en casi toda Europa. Goebbels actuó desde varios frentes. Primero, creando la Cámara de Prensa del Reich, a la que debían pertenecer obligatoriamente todos los que quisieran trabajar en prensa. Segundo, forzando el cierre o adquiriendo, a través de presiones, gran parte de los medios de comunicación independientes. Y tercero, controlando los contenidos por medio de la imposición de la censura y de la adquisición de las dos agencias de prensa más importantes del país. Al mismo tiempo, se prohibió la entrada de prensa extranjera y se aumentó significativamente el tiraje de los diarios nazis. El Völkischer Beobachter se convirtió en el primer diario de Alemania, pasando de 120 mil ejemplares en 1932, a más de un millón en 1941. Y el despiadado Der Stürmer, de 65 mil, a medio millón.

Tanto la radio como la prensa fueron utilizadas por Goebbels para “instruir”. La programación de la radio combinaba noticiarios y discursos de Hitler, quien en un año pronunció más de 50, para aquella época, una cantidad importante (López Obrador, por ejemplo, lo hace a diario en su cada vez más lamentable mañanera). Desde el Gobierno se fomentaban los supuestos beneficios anímicos de las escuchas comunitarias, tanto en casa como en los espacios públicos. Cuando se quería transmitir una noticia importante, sonaba una sirena para avisar a la población de que se reuniera alrededor de los altavoces. Con esta medida, no solo se garantizaba al mayor número posible, sino que se “grillaba” a quien no se unía a la escucha colectiva.

La música y el cine (tal y como aparece en la película Inglorious Basterds de Quentin Tarantino) eran las dos formas artísticas más populares de la Alemania de los años 30. Goebbels las explotó hasta que pudo. La música incluso, fue instrumentalizada de dos maneras. En primer lugar, para los grandes actos propagandísticos. Las marchas militares y las composiciones, fueron utilizadas con astucia para motivar a las masas. En segundo lugar, la música más ligera fue promocionada como entretenimiento “más light” a través de su constante programación en la radio. Las obras de compositores judíos fueron prohibidas. La música atonal, juzgada elitista y “judaizante”, también. Y géneros populares como el jazz o el swing, considerados “degenerados”, y ajenos a la identidad cultural alemana, eran perseguidos un día sí y el otro también.

Algo muy interesante es que el cine fue promocionado principalmente como un arte de evasión. Goebbels, estaba consciente de que la propaganda era más efectiva cuanto más indirecta fuera, e impulsó el rodaje de películas de entretenimiento -musicales, dramas, comedias románticas, superproducciones históricas- que transmitieran los valores del nacionalsocialismo, pero sin exponerlos en primer término. También se promovió la formación de un “sistema de grandes estrellas” propio, como el de Hollywood, que ayudara al público a sentirse identificado con sus personajes ilustres (o a rechazarlos, en el caso de los judíos, aquí en México y en esta época, algo similar o proporcional a los fifís y prianistas) y sirviera para atraerlo a las salas de cine. La propaganda más directa se reservó habitualmente para los documentales y los noticiarios, que fueron de exhibición obligatoria en los cines desde 1938.

Ahora, atención con esto querido lector, lo más interesante fue el gran éxito de la propaganda nazi: la creación del mito de Hitler. Goebbels trabajó mucho en construir una imagen del autócrata, que no admitiera discusión. La figura del Führer debía ser intachable. Primero, para que sirviera como fuerza integradora del partido, del mismo Gobierno (¿le suena conocido?), y segundo, para que generara un consenso y un entusiasmo contagiosos entre la población, con vistas a favorecer los objetivos del régimen.

Con el transcurrir de la década de 1930, Hitler fue adquiriendo los rasgos de “semilla Dios” para sus seguidores, de incansable hombre de Estado, de afectuoso líder y amigo, líder carismático y “gobernante dedicado al pueblo”, que comprendía y compartía las preocupaciones de la gente común y corriente. Su presencia se hizo omnipresente en la vida cotidiana. (¿ya encontró las similitudes con “ya sabes quien”?).

Además de aparecer constantemente en los medios de comunicación, su imagen adornaba desde escuelas, hasta fábricas, pasando por hogares y edificios. El objetivo estaba claro, crear un culto casi religioso y ciego, una fe inquebrantable y legitimadora en Hitler, que permitiera al régimen dar el paso hacia su siguiente objetivo: la guerra.

Gerardo Abraham Aguado Gómez es miembro de Acción Nacional desde 2008. Exdiputado local en la LXI Legislatura del Congreso del Estado de Coahuila.

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