Las dos últimas semanas, en este espacio me he dedicado a platicar un poco acerca de la importancia de la comunicación política en la época de Hitler y lo importante que es hasta la fecha saber comunicar para posicionar una agenda pública. Básicamente, una buena estrategia de comunicación puede llevar a un político o gobernante al éxito, y una mala estrategia, al fracaso. En el caso de Hitler, como el de otros dictadores a nivel mundial, una planeación organizada, constancia y disciplina los ha llevado a cumplir sus objetivos: ganar guerras, la reelección, la quiebra democrática, dañar a sus adversarios, etc.
Y específicamente al analizar el andar de Hitler, encontré enormes similitudes con el actual Presidente de México.
* AMLO llegó al poder después de 12 años de lucha y lo logró creando -al igual que Hitler-, ademas de su propio partido político, una agenda clara y concisa de comunicación.
* Buscando llegar a los jóvenes a través de programas sociales. Por ejemplo, con Jóvenes Construyendo el Futuro, en el cual se beca a jóvenes de entre 18 y 29 años con 3 mil 600 pesos mensuales, y en el que el Presidente, utilizando los recursos públicos, no pierde oportunidad para hablarles, promover su imagen y la de su partido. En el caso del dictador germano, este fundó las Juventudes Hitlerianas y la Liga de Muchachas Alemanas. Estos jóvenes fueron influenciados por los discursos incendiarios de Hitler, que les convirtieron en fuerzas de choque y en forma tumultuaria violentaban a quienes consideraban enemigos del Estado alemán. Y es aquí es donde se genera otra semejanza entre AMLO y el líder germano: el discurso de odio y separación. Hitler insistía en que el pueblo alemán tenía dos enemigos muy bien identificados: los judíos y los marxistas, y promovió el rechazo hacía esos grupos, de tal manera que se desató la violencia hacia ellos. El discurso del actual Presidente de México, desde la campaña y ahora gobernando, ha procurado dividir a los mexicanos planteando la existencia de enemigos abstractos: “La mafia del poder”, los “fifís”, concepto en el que encuadra a los medios de comunicación que le contradicen. Todo aquello que no coincida con su ideología o que le contradiga, es un enemigo del pueblo y deja a sus seguidores la decisión de quiénes son los que encuadran en ese concepto.
* Férreas intenciones de enaltecer su imagen. Hace algunos meses Antonio Attolini, en entrevista a LatinUs, entre muchas otras cosas, dijo que “quizá (en) la idea del sacrificio en nombre de algo más grande, (el presidente López Obrador) podría parecerse a los más grandes líderes de la historia”. Fernando del Collado -el entrevistador- le pregunta: “¿A quiénes?”, y Attolini responde: “Por supuesto que a Jesús Cristo (sic), pero Mahatma Gandhi, Luther King, Mandela, están a ese nivel”. Por supuesto, los medios reprodujeron con tono sarcástico las provocativas palabras de Attolini en decenas de notas con titulares como: “AMLO está al nivel de Jesús Cristo”. Por supuesto, las redes sociales inmediatamente reaccionaron a tales comentarios y replicaban “la ocurrencia” del vocero morenista. Esto, más que una ocurrencia, se ha vuelto un guión habitual que vemos repetirse a diario: los distintos voceros del oficialismo, o el propio López Obrador, sueltan una declaración controversial -un ataque, un buscapiés, un sinsentido- y los medios, sobre todo los férreos opositores al régimen de AMLO, protestan y redactan titulares indignados y acaloradas columnas de opinión repitiendo la ocurrencia y haciéndola más grande. En ese esfuerzo no solo amplifican el mensaje sino que también consiguen desviar la atención de la indignación por otras muchas cuestiones más relevantes -y peligrosas- que el Gobierno está haciendo o anunciando que hará, como hacer una nueva Constitución o militarizar al país. Y es que, así funciona la propaganda. Para eso está diseñada.
¿Y entonces, qué es la propaganda y cuál es su importancia? Decían por ahí que la propaganda “es un set de estrategias de comunicación diseñadas para sembrar confusión e incertidumbre, desalentar el pensamiento crítico y persuadir a la gente de que la realidad es lo que el líder dice que es”. Y es también un sistema de manejo de la atención que funciona con base en la repetición. El Estado disemina un mensaje por medio de múltiples canales e instituciones para sincronizar a la sociedad alrededor de la personalidad del líder y sus prioridades ideológicas.
Los expertos propagandistas cuentan hoy con una ventaja: los objetivos mal alineados de algunos medios de comunicación, utilizados en buena medida para intentar atraer lectores con titulares llamativos que enganchen usuarios de las redes sociales, hacen que estos se conviertan en portavoces involuntarios e irreflexivos. Sin embargo, terminan -sin darse cuenta- “haciendo la chamba” de quien impone a diario esa agenda, es decir, el propagandista. Pero, además, mientras creen que cumplen con su deber de informar o que están siendo adversarios “durísimos” del político de turno, lo que consiguen ya no solo es amplificar su mensaje y sepultar los muchos otros asuntos que este no quiere que se ventilen o discutan, sino que le dan lo que más necesita: un enemigo al que atacar. Un enemigo, por cierto, que el mismo “Peje” ha moldeado y definido a su gusto.
Hasta el momento -para mal del país- el Presidente de Mexico ha sido disciplinado propagandísticamente hablando, ha repetido un mismo discurso miles de veces durante años y ha escogido a sus adversarios, a quienes los ha denostado hasta el cansancio y a su vez ha encontrado voceros -como lo hacía Goebbels- para enaltecer y diosificar su imagen. Desconozco hasta cuándo le den las mentiras y las ocurrencias (que ojalá caduquen pronto) para mantener “enamorados” a su base de seguidores, pero hasta el momento le ha funcionado, como lastimosamente le funcionó a Hitler y a otros muchos dictadores del mundo y de América Latina. Estamos a tiempo de no seguir haciéndole el caldo gordo al Presidente.
Gerardo Abraham Aguado Gómez es miembro de Acción Nacional desde 2008. Exdiputado local en la LXI Legislatura del Congreso del Estado de Coahuila.
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