Nadie puede afirmar que esta vida es justa o que por obra divina cada quien reciba lo que realmente merece. Tampoco nadie puede afirmar que la solidaridad y empatía sean valores sociales en uso, y mucho menos que todos los ciudadanos seamos conscientes del entorno y las implicaciones de un eventual comportamiento irresponsable o apático, especialmente bajo una pandemia.
Eso se entiende, así es, pero hay abusos en eso de la libertad, de hacer lo que se quiera o de interpretar los riesgos de una manera peculiar. Hay conductas que simplemente no pueden, no deben de ser toleradas, como el ignorar olímpicamente los protocolos sanitarios básicos o el asumir una postura negacionista sobre el impacto de la pandemia. No, ahí están los casos diarios de nuevos contagios y decesos, y eso no se puede negar.
Todo esto por aquellos que insisten en aglomerarse, en ignorar la sana distancia, no usar cubrebocas, o aquellos que lo traen abajo de la boca, lo que es peor, ya que gritan a los cuatro vientos que no entienden, pero nada, o que imaginan que respiran por el cuello.
Todo se reduce a un tema de responsabilidad individual, pero ¿las autoridades o bien los ciudadanos no podemos hacer nada para sacar de las calles a estos tontos?
Que se hundan en su estupidez, está bien, es su decisión, pero que en el lance no lleguen a perjudicar a nadie más.
En fin, algo habría que hacer con estos que año y medio después no terminan de entender que la autoprotección es también una muestra de respeto a la salud de los demás.
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