El problema más grave para un escritor es lo que se denomina “pagblanfobia”, esta exuberante palabra es sencillamente la unión de los inicios de tres palabras que describen lo que le sucede a quien tiene “fobia a la página en blanco”. La fobia se define como un temor intenso e irracional, de carácter enfermizo, hacia una persona, cosa o situación. Las reacciones naturales ante las fobias, o a los más normales y naturales miedos son tres: atacar, huir o paralizarse.
En este caso, atacar el conflicto sería vencer los temores y ponerse a escribir, algunos otros huirían ante su problema simplemente evadiendo el confrontamiento con la página, y lo que sucede a la mayoría es la parálisis total, también conocida como “bloqueo del escritor”.
Esto es algo realmente grave, sobre todo para quienes tienen el compromiso y la responsabilidad de entregar lo que escriben en fechas límite y acordadas, y terriblemente sucede que, por diversas razones, el tiempo de entrega se acerca y la página en blanco permanece incólume, impoluta, sin un solo punto o coma que manche su virginal blancura.
¿Cuál ha sido para mí durante decenas de años el antídoto para que esto jamás me suceda? Analizar, investigar, reflexionar, confrontar, conjugar y vincular. Por supuesto que todo ello debe de ir en sintonía perfecta con lo que es mi piedra angular, sobre la que baso mi actividad como escritor: “Lo que yo sea capaz de trasladar a palabras escritas partiendo de mis pensamientos y sentimientos, debe asimismo y a la vez, ser capaz de aportarle algo a quien lo lea”. Si no sucede así, es tiempo y esfuerzo perdido para todos, escritores y lectores.
Ahora, ¿qué es lo que ha sucedido a través de los miles de años de existencia de los lenguajes escritos? Que se lleva a cabo una selección simbiótica (benéfica para ambos) entre quien escribe y quien lo lee. Lo que para algunos puede tener un gran sentido y trascendencia, a otros ni le entenderán ni les interesa, el arte o actividad de escribir y leer, es completamente heterogéneo. Entonces, a través de la práctica y de probar y comprobar gustos y capacidades, los lectores definen y escogen qué, y a quién o quiénes quieren leer.
Valga y sirva toda esta introducción para respaldar la razón por la cual en este espacio se sigue tratando el tema de la mentoría. Quien se encuentre en este momento leyendo estas líneas, es porque habrá leído en columnas anteriores algo que le haya parecido interesante en este espacio. Con base y razón a ese perfil de lector, y a los comentarios que amablemente me han hecho llegar encomiando lo aquí vertido, es que adquiero la confianza para continuar disertando sobre lo que considero que es el propósito de estos textos: motivar a la reflexión para el crecimiento y desarrollo personal de quienes coincidimos en este sitio que esta casa editora amablemente nos depara.
Recobrando el análisis de la trascendencia de la mentoría en personajes relevantes y trascendentes de la sociedad coahuilense, pero para no pecar de localista, alternaré también, eventualmente, historias de otros lares del escenario nacional.
Como manifesté líneas arriba, el último de los seis pasos que utilizo para no aburrir ni aburrirme escribiendo, es el de vincular –que es relacionar fuertemente dos o más cosas– o hacer que una dependa de otra. Todos los días en nuestra amada patria están pasando cosas, que si no fueran tan peligrosas, se quedarían solamente con los calificativos de ridículas, patéticas, cínicas, ilógicas, asombrosas, fraudulentas, falaciaticas y embustericas, etc.
Habitualmente los términos de “mentor” y “mentoría” se utilizan bajo los términos de cauces positivos, productivos, creativos, ejemplares para propiciar el bien. Sin embargo, lamentablemente en ocasiones, lo que debería encauzarse por una ruta liberadora, se pervierte y canaliza como dogmas fanatizantes que, en lugar de perseguir y alcanzar la luz del bien y la verdad, nos hunden y encarcelan en la oscuridad de los pantanos de la maldad y la mentira.
Paul Joseph Goebbels, fue un político nazi, ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich, y uno de los colaboradores más cercanos de Adolf Hitler; desempeñó ese cargo desde 1933 hasta 1945. Su estrategia de convencimiento era que, el repetir una mentira mil veces, resulta una fórmula clásica para hacer que algo falso sea tomado por verdadero. Su lema era: “Repite una mentira con suficiente frecuencia y se convierte en verdad”. También decía: “Miente, miente, que algo quedará”.
El publicista más importante de la Segunda Guerra Mundial, logró institucionalizar la mentira y fue uno de los principales instigadores de la violencia que llevó a la muerte a más de 60 millones de personas. ¿Y eso qué tiene qué ver con el México del siglo 21? ¿Cuál es el vínculo? Que todos los días desde Palacio Nacional se utiliza la técnica de Goebbels y estamos llegando a un nivel de costumbre y resignación que nos está volviendo inmunes a la mentira, y hemos perdido la capacidad del asombro e indignación ante ella.
Estamos siendo dogmatizados por el “Sherezade” del cuento de las “2 mil 191 mañaneras”, sin duda, una mentoría maligna.
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