He recibido muchos correos a [email protected] y en mis redes sociales en Ivaginaria, con hartos reclamos, memes, burlas, preguntas, cuestionamientos, sobre el asunto de la palabra “compañere”, y la exigencia de Andra a pedir que le llamen por sus pronombres.
Es preciso saber que, en el momento en el que a la gente se le alborota el payaso, empiezan a decir: piñate, telefone, licuadore y eso no es correcto, es una falta de respeto e invisibiliza el derecho de las personas a tener un nombre, una identidad de género, así como los pronombres adecuados con los cuales debe ser nombrado quien sea.
Para hacer mofa de esta puntualización del lenguaje que define a las personas que no son binarias, que no se identifican con la binaridad de hombre o mujer, o que son género fluido, queer o sin género, es como la gente ha desplegado su ignorancia.
Es elemental ese derecho que exigió Andra.
Hace algunas columnas les contaba que yo tengo un segundo nombre que no uso porque no me gusta. Cuando las personas se refieren a mí con dicho apelativo no contesto, no reacciono, ni tampoco atiendo porque no soy esa denominación. Me desagrada e incomoda el nombre, y considero una agresión frontal de quien me llama así cuando le he pedido que me llame Elia.
Es exactamente lo mismo con Andra. Ella posee una identidad de género que exige se respete, y que además le otorga un sitio en el mundo, le sitúa con sus pares y tribus a las que se adhiere naturalmente por ser quien es.
En la mayoría de mis escritos, el lenguaje inclusivo, neutro, o libre de sesgo, son los que trato de manejar en particular, porque desde que empecé a escribir Ivaginaria, por ejemplo, era claro para mí que debía ser una persona dirigida a cada una de las tribus de la diversidad sexual. Cabe mencionar que, hace 18 años, no existía una visibilidad de las personas queers tan contundente, pero más bien pienso que en esos años también estaban naciendo esos personajes.
Las personas que estrenaron este siglo, yo tengo una hija de esta generación, asumen la diversidad sexual de una forma más abierta, empática y saben defender el derecho a la expresión sexual, así como a definir claramente su identidad de género. He visto también que sus preferencias sexo genéricas no son algo tabú, ni se avergüenzan de ello, y como presenciamos con Andra, están dispuestes a defender su integridad y su personalidad.
Muchas personas están confundidas con esta situación, porque en un arranque purista que creo que no entienden bien, defienden la lengua y el lenguaje que mal utilizan y degradan, ahora sí en verdad. Esto no se trata solo de cómo hablamos, qué decimos y cómo nos dirigimos a las personas, sino de una empatía hacia la forma en que queremos presentarnos al mundo y cómo es la manera en la que deseamos ser identificados, nominados, denominados y nombrados en el mundo.
Nuestra identidad de género es una construcción que asumimos desde la niñez: sabemos quiénes somos y, sin duda, ser niño o niña o niñe, ya viene con una estigma precargado, que en algún momento requerirá, como en el caso de Andra, ser eliminado.
Es ahora el momento en que, en un afán de vivir y respetar la historia de las nuevas generaciones, se aprenda la diferencia en las identidades de género y en su diversidad. Debe evitarse actuar como un viejo rancio anticuado, o una señora retrógrada e incluso mucha gente LGBT se subió al tren de burlarse…No es correcto y es ofensivo.
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