Arte

Publicado el sábado, 11 de septiembre del 2021 a las 04:30
Saltillo, Coah.- “¿Es normal no recordar las cosas muy bien cuando solamente ha pasado un par de días, o por lo menos el orden de las cosas? Yo sé que en un momento dado se estuvo oyendo fuera durante un rato el ruido de alguien que cortaba el césped, lo cual parecía totalmente grotesco, pero no recuerdo si alguien hizo algún comentario al respecto. A veces parecía que nadie decía nada y a veces que todo el mundo estaba hablando al mismo tiempo”, escribió David Foster Wallace (Nueva York, 1962- California, 2008) en su crónica La Vista desde la Casa de la Señora Thompson, uno de los textos más personales e interesantes que se han escrito sobre la caída de las torres gemelas en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, o sea un día como hoy de hace 20 años.
La crónica, que recorre los días que van desde el impacto de un avión al World Trade Center de Nueva York, relata el shock inicial que produjo el atentado. La prosa de Foster Wallace se muestra incrédula ante el suceso a la vez que, con su privilegiada vista que capta cada detalle, analiza a los vecinos del pueblo de Bloomington, Illinos, a la vez que hace una disección de la relación que mantiene con su país, como explica al final de la crónica, en la que escribió: “Estoy intentando explicar que una parte de lo horrible que resultó el Horror venía de saber, en el fondo de mi corazón, que la América que los pilotos de aquellos aviones odiaban tanto era en mucha mayor medida mi América”.
Ruptura en las viñetas
Mientras que el autor de La Broma Infinita, vivió el siniestro a lo lejos y a través de la transmisión televisiva, el guionista de cómics Art Spieglman (Estocolmo, 1948) vivió el horror de primera mano, tal como lo relata en Sin la Sombra de las Torres, una pieza gráfica crítica, satírica, oscura y profundamente personal del suceso que lo marcó.
Para el autor de la legendaria historieta Maus, en la que relata la historia de cómo sus padres escaparon del régimen nazi, el 11 de septiembre es la muestra de “la delgada línea en la que la historia universal confluye con la historia personal; la intersección de la que mis padres, supervivientes de Auschwitz, me habían alertado cuando me enseñaron a estar siempre listo para escapar”, como explica en la introducción del cómic.
En este trabajo, Spigelman regresa a renovar el lenguaje de la narrativa gráfica, pues la historieta se crea a partir de una serie de collages de estilos diversos que remiten a la paranoia sufrida por él mismo, pero también la sociedad estadunidense, misma que finalizó en un patriotismo del cual el autor duda profundamente, como lo muestran varias de sus gigantescas viñetas.
Pero si a Spieglman, un hombre de 52 años, el desastre lo impactó tanto que tardó cuatro años en escribirlo, la pregunta se revira cuando se piensa en los jóvenes que tardaron en procesarlo.
Ejemplo de esto es otro cómic: El Día que Cambió al Mundo, del periodista Jerry Bouthier (París, 1987) y la ilustradora Héloïs Chochois (Bourg-en-Bresse, 1991), en el que los autores entran en la mente de Juliette, una joven que vivió el atentado a sus 13 años, pero también recrean el trabajo de la periodista Suzanne Plunkett.
Por otra parte, El Día que Cambió al Mundo no solo recrea el impacto de los aviones suicidas en los inmensos edificios neoyorquinos, sino que también aborda las consecuencias que este atrajo: como la búsqueda de Osama bin Laden, líder de Al Qaeda, la ocupación de Afganistan y la guerra de Irak.
De vuelta al terror
Es quizá esas distancias temporales las que permiten construir una historia de un suceso tan shockeante. Hilar las piezas de un mosaico de recuerdos que encuentran en la ficción un campo para armarse más libremente, como lo hace Don Dellilo (Nueva York, 1936), uno de los mejores novelistas actuales de Estados Unidos y quien publicó en 2007 El Hombre del Salto.
La historia cuenta la vida de Ketih Neudecker, quien sobrevive al atentado y se levanta de entre el polvo y los escombros, camina como un zombi hasta su hogar y, a partir de ahí, intenta –como todas las personas de su ciudad–, seguir con una vida que cambió drásticamente.
Pero hoy, a dos décadas de la caída de las torres gemelas, DeLillo vuelve a centrar su mirada y su pluma en el suceso al que volvió con Las Ruinas del Futuro, un pequeño ensayo en el que apunta que “apocalipsis no tiene lógica. Sus artífices han traspasado las fronteras de la retribución apasionada. Esto es el cielo y el infierno, una noción de martirio armado entendido como drama máximo de la experiencia humana”.
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