Arte

Publicado el lunes, 13 de septiembre del 2021 a las 04:30
Saltillo, Coah.- Dentro de todos hay un espacio perdido en el que cada minuto suceden cosas: se mata, se roba, se da caridad o se salva. Escondido en cada persona del mundo, ese pequeño espacio de la conciencia se recrea en esas escenas que confrontan a su dueño con quien es y quien puede ser.
Ahora, ese pequeño reino de la moral, que antes solo podía verse en la imaginación, ha crecido y toma forma de El Narco Negocia con Dios, obra de teatro que, con una escenografía llena de huecos y de un tiempo que transcurre tortuoso sobre sus personajes, convierte a los actores en víctimas y, a la vez, victimarios de algo más allá de su comprensión.
La obra, dirigida por Mabel Garza Blackaller y presentada por la compañía Luz del Norte, ofrece un juego narrativo que utiliza la temporalidad como un recurso para la reflexión: “es como cuando cometimos un error o algo no resultó como hubiéramos querido, podemos volvernos a dormir y que la suerte nos permita enmendar lo del día previo, que la vida sea diferente”, señala Juan Antonio Villarreal, actor que da vida a Ramón, un despiadado narcotraficante que, sin embargo y en contra de todos los deseos, se da a querer.
Eso, quizá, porque es un hombre enfocado en lo práctico. Podría decirse una figura del tiempo materialista que se vive actualmente, y cuyo pensamiento lo aleja de la metafísica del tiempo y los pensamientos de los otros personajes.
Para Villarreal, “de los cuatro personajes que están en la obra, al que menos le importa el tiempo es a Ramón, porque es mucho más práctico, él toma las cosas como vienen y nunca considera la posibilidad de rehacer algo en su vida, sin embargo vive dentro de ese mundo junto a personajes que sí está ansiando que desaparezcan esos momentos”, pero aún así termina siendo jalado “al mundo de ellos, sucumbe por un momento a eso que lo lleva a otro tiempo y espacio del cual retorna”.
Espacio oscuro
El guía por ese mundo es el profesor Arrazabal (Jesús Cervantes), un periodista “débil, pusilánime, anodino… que sin embargo cambia después de tomarse unas pastillas”, apunta la directora de la obra que arrancó el viernes su temporada de funciones y que se representará los fines de semana hasta el 10 de octubre.
Esto porque si en la obra, autoría de Sabina Berman, el tiempo es un ente que transcurre sobre los personajes, el espacio es otro ser en el que los personajes transcurren en él: un lugar convertido en un reloj con todo y manecillas. Una casa que se convierte en una cueva primitiva en donde la ley del más apto es la que domina.
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Ellos están en este paraíso, esta isla perdida en quién sabe dónde, en el que si bien el tiempo no se suspende, lo que sí se suspende son sus vidas porque están atrapados en este apartamento alejado del mundo y la realidad, en donde tienen que ir resolviendo los conflictos de ese momento en el que nada está planeado, porque la única ley que rige es la de los deseos y los impulsos a los que te ves orillado por las circunstancias”, explica Villarreal.
Por ello, la directora recurrió a Aristeo Mora y Lucía Ortiz para el diseño de la escenografía, inspirada en la obra de Piet Mondrian, que se refleja en el uso de los colores primarios y los elementos geométricos, pero sobre todo inspirada en La Ventana Indiscreta, la película de Alfred Hitchcock, pues el objetivo es que el espacio permita al público observar cada detalle, acción y pensamiento de los personajes que, poco a poco y sin necesidad de impulso, caminan a la orilla del abismo.
Interiorizar el mal
Pero si en el montaje, como apunta Garza Blackaller, los personajes están en búsqueda de una moral, como lo demuestran Patricia, la esposa de Alberto (Andrea Galindo), así como la Gaby (Ana Teresa Martínez), la hermana de este, ¿cómo fue para los actores interpretar a estos personajes?
Según explicó Villarreal, en su caso tuvo que dar vida al símbolo contemporáneo de la inmoralidad mexicana.
Así que “encarnar a un narco no era lo que más quería como actor. No porque tenga prejuicios ante eso, sino porque la historia nos dice que estos personajes no son lo más simpático de la vida, ni lo más agradable que pudiéramos tener, y que sino existieran podríamos estar mucho mejor como sociedad e individuos. En la primer lectura sentía que Ramón iba a ser muy simpático para el público y lo iban a querer, por eso perdería toda la historia real que tienen estos personajes, que no son para quererlos ni amarlos; ese era mi conflicto al inicio.
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Pero una vez que lo platicamos y lo discutimos lo acepté porque son seres que existen, se dan y que están ahí, pero que además servirá para mostrar la podredumbre de los cuatro personajes que están ahí. En realidad la obra muestra cuatro porquerías de personajes, de los que ninguno se salva: tienen doble moral, se mueven por cuestiones económicas, intereses contradictorios”.
El Narco Negocia con Dios se convierte en un espejo que, como la pintura de El Retrato de Dorian Gray, muestra lo peor de todos, ya que “el público se ríe pero también se queda pensando: ellos saben que acaban de matar a alguien, la descuartizan y les da risa. La obra los hace preguntarse quiénes son cómo individuo frente a estas acciones y cuál es su moral”.
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