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| El autor sinaloense aborda en su novela la violencia cotidiana.

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Revela Geney Beltrán secretos: ‘La palabra puede etiquetar y rebajar la identidad del otro’

  Por Christian García

Publicado el miércoles, 22 de septiembre del 2021 a las 04:10


Presenta hoy el novelista su obra Adiós, Tomasa en la Feria Internacional del Libro de Coahuila

Arteaga.-“La región del Triángulo Dorado ha sido importante por su relación con el narcotráfico”, apunta Geney Beltrán sobre la zona que conjunta a Sinaloa, Chihauhua y Durango. Y es precisamente en este último donde se localiza Chapotán, lugar en el que la violencia no solo existe fuera en donde se habla, sino también dentro del hogar en donde se calla.

Ese pueblo es, también, el escenario de Adiós, Tomasa, la novela más reciente del escritor en la que relata el rapto y violación de Tomasa, a través de las palabras de Flavio, quien es un niño atemorizado ante la figura de su padre, pero que se refugia en el regazo de su mamá, mujer que aunque cuida bien, también guarda silencio.

Porque en la novela lo que no se dice es lo que más resuena dentro del lector. Pieza indispensable para imaginar los horrores que viven los habitantes de este rústico lugar de la sierra sinaloense, en el que existe “la vocación del silencio, esa dificultad que tienen los personajes de expresar lo que les ha pasado y lo que están viviendo. Sobre todo porque, como ocurre con Tomasa, y con Flavio y su mamá, tienen una visión de sometimiento que les impide tener libertad o franqueza para manifestar lo que sienten”, apuntó el escritor que se presentará hoy en la Feria Internacional del Libro de Coahuila.

Por ello la violencia que retrata Beltrán no es la del narcotráfico, sino la de diario, esa que existe “de puertas para adentro”, de la que no se habla en voz alta, pero se cuchichea entre vecinos, de la que no se vuelve espectacular sino que permanece agazapada en la mente del lector.

 

 

Terreno de infancia

Todo ello se cuenta a través de Flavio, un niño que vive con su padre, su madre, su hermano, primos y tíos, pero también con Tomasa, una joven que llega a su familia y trastoca al pueblo.

Esto, agrega Beltrán, tiene que ver con la sensación de extrañamiento que un niño que apenas descubre el mundo y comienza a nombrarlo, experimenta al encontrarse con el dolor y la vejación que provocan los golpes y las palabras.

 

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Es una mirada oblicua, sorprendida, espantada y atemorizada que hace las preguntas. Esas ocurren en un entorno doméstico: en la cocina o en una situación en la que no se tiene directamente a la figura que detenta el poder en este sistema social, por eso le permite trasladar al lector ese extrañamiento, hacerles pensar que lo que se ve como normal no lo es, al filtrarlo por la mirada de un niño que puede tener una inocencia, a veces maliciosa, pero no documentada en cuanto a la visión del mal”, agregó el también antologador, quien agrega que “hay, también, un desajuste, una incomodidad, una ruptura que se da en el personaje infantil a la hora de sospechar que detrás de las respuestas que le dan a sus interrogantes hay una injusticia, una situación que se acepta”.

 

Así, Adiós, Tomasa, puede formar parte de un corpus de narrativa que ahonda en los orígenes de la violencia durante la infancia, pero también en las consecuencias de estas durante esa etapa de la vida. Por ello puede emparejarse con libros como Toda la Soledad del Centro de la Tierra, de Luis Jorge Boone o Resurrección, de Jaime Mesa, libros que por medio de personajes niños miran con desconcierto un mundo arruinado ante la barbarie.

 

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Dentro de esa visión infantil hay también una exploración del mundo sensible de la infancia. Porque mucha narrativa hispanoamericana que ha explorado la violencia o la desigualdad ha sido parca en registrarla, especialmente en los espacios íntimos y familiares. Esa educación la han hecho las mujeres, pues se les ha confinado a estos espacios.

 

 

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Por ello han sido también escritoras, quienes han dado una mirada y una profundidad mayor al dar a conocer lo que sucede puertas adentro de los hogares. Ese aprendizaje lo tiene Flavio gracias a la educación que tiene con su mamá y los demás personajes femeninos que colaboran en esa educación sensible de la empatía y la educación. Esto es, también, una respuesta a la violencia que espera a los adultos en el mundo y que se registra a través de la mirada de la inocencia y la empatía”, comentó.

 

 

Crear con la palabra

Pero ese reino que apenas descubre Flavio a sus 9 años, se crea mediante la palabra. Las canciones y los corridos están ahí, musicalizando un entorno en el que mientras los hombres pueden gritan “¡Qué la chingada contigo!”, obligan a las mujeres “a quedarse calladitas”, como arranca la novela de Beltrán.

 

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En este caso el símbolo patriarcal tiene una representación obsesiva y violenta sobre la vida de los personajes, empezando por las mujeres, pero también a los niños que los educan o predisponen a un tipo de conducta que, muy probablemente, terminarán conduciendo hacia la violencia.

 

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Estos aprendizajes no vienen solo de los hechos y los ejemplos que les dan, sino de la propia palabra, porque a partir de esta se puede etiquetar, adjetivar y rebajar la identidad del otro: un niño, una mujer, un homosexual. La palabra es muy violenta, muy agresiva que lacera la personalidad de los personajes y los obliga a asumir la expectativa de ese sistema patriarcal”, agrega Bernal, quien lamenta que “aun hoy en día y en todo el país, la violencia contra la mujer sea una tragedia constante que puede estar en la conversación pública, los medios de comunicación o las redes sociales, en una sociedad que, parecería que tiene más información para tener un discurso social más sensible, no termina de llegar a una reeducación de la conducta en muchísimas generaciones o diferentes estratos”, concluyó.

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