Hablemos de vulnerabilidades, no solo individuales y/o sociales, sino incluso de las autoridades, y cómo un evento extraordinario exhibe lo mucho que falta por aprender.
Tal es el caso de Francisco Javier, un sujeto de 43 años, con muchos problemas, muy dañado y que por añadidura consume alcohol y drogas. Este vecino de la populosa colonia Mirasierra decide, el pasado sábado a las 10 de la mañana, tras consumir drogas sintéticas, quemar la planta superior de la vivienda que comparte con su madre.
A esa hora inicia un episodio muy complicado, por momentos dramático, que se prolongó por más de 16 horas, en las que permanentemente amenazó con suicidarse sin que nadie, incluyendo familia, vecinos, socorristas e incluso policías municipales, supieran bien a bien qué hacer.
En eso de querer “solucionar el problema” se cometieron errores graves, como el llevar a la hija menor del suicida en potencia, una niña de 8 años, para que le suplicara que no se matara. La niña se sintió tan mal que requirió asistencia sicológica por ese trance tan duro, al que simplemente nunca debió ser expuesta.
Sí, hablamos de vulnerabilidad, como la individual, la de Francisco Javier, a quien la droga conocida como cristal lo mantiene en un estado alterno de conciencia y con el cerebro ya muy dañado.
También de vulnerabilidad social, que se expresa, tal vez en su arista más dolorosa, en los numerosos suicidios e intentos del mismo que se registran en la región.
Pero además de vulnerabilidad institucional, y como esas 16 horas demostraron que los cuerpos de auxilio, bomberos y policías, simplemente no saben qué hacer en situaciones extraordinarias como la que se vivió el sábado al oriente de la capital de Coahuila.
Más sobre esta sección Más en Coahuila