Manuel Bartlett, director de la CFE, carga con el sambenito de la «caída del sistema» que echó el país en brazos del neoliberalismo predador abanderado por Carlos Salinas de Gortari. Al dinosaurio de la 4T se le pueden atribuir los peores pecados políticos, pero no acusar de incongruente. En 2008 visitó Saltillo invitado por el líder estatal del PRI, Rubén Moreira, con un solo fin: torpedear la reforma energética promovida por el presidente Felipe Calderón y el PAN. Bartlett militaba aún en el PRI y Moreira preparaba su camino hacia la gubernatura, apadrinado por su hermano Humberto.
«La intención de la reforma energética en México es entregar el petróleo a los extranjeros. La simulación del Gobierno calderonista propone todas las medidas necesarias para seguir destruyendo Pemex. La reforma es todo lo contrario a lo que se debe hacer con el petróleo (…). La solución es dejar de importar y crear refinerías (…). Con la reforma se abrirían las puertas a la inversión extranjera (…); es lo que más perjudica a México (Zócalo Saltillo), advirtió el exsecretario de Gobernación sacrificado por Miguel de la Madrid en la sucesión presidencial de 1988.
Los argumentos de Bartlett son los mismos 13 años después y forman el núcleo de la iniciativa de reforma propuesta por Andrés Manuel López Obrador para revertir la de Peña Nieto (apoyada por Moreira sin rubor a pesar de ser aún más entreguista al capital extranjero que la de Calderón). Frente al primer Gobierno encabezado por el PAN y los riesgos privatizadores implícitos, el PRI fijó su postura en el programa de acción 2000-2006:
«La Constitución General de la República establece que los hidrocarburos son propiedad de la Nación y reserva al Estado la responsabilidad de su explotación, transformación y distribución (…). El PRI se pronuncia por la defensa a lo establecido en los artículos 27 y 28 de nuestra Carta Magna en materia energética y que los organismos responsables de estas actividades, Pemex y CFE, deben ser fortalecidos y operados con eficiencia para el desarrollo y beneficio de la Nación. (…) La viabilidad de la economía mexicana en las condiciones de inestabilidad característica dominante de la economía internacional (…) refuerza la necesidad de que Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad permanezcan en el ámbito del sector público…».
López Obrador retomó las banderas desechadas por el PRI para darle gusto a Peña Nieto, preso del neoliberalismo y alineado al capital nacional y extranjero, cuyo objetivo es el lucro (un ejemplo local es Aguas de Saltillo). Si luego de ocho años de vigencia la reforma peñista —aprobada con fanfarrias por las bancadas del PRI, PAN y PRD— tuviera el mínimo de respaldo social, AMLO afrontaría oposición, pero no la tiene porque los beneficios para la sociedad han sido mínimos o nulos. Quienes protestan son los grupos de presión de México y Estados Unidos.
Miguel Bartlett y Rubén Moreira transitan desde hace tiempo por distintas vías. Bartlett renunció al PRI cuatro años después de su conferencia en Saltillo para afiliarse al PT; hoy, como director de la CFE, es uno de los cruzados de la 4T en defensa de la soberanía energética, lo cual no borra su pasado oscuro. Moreira es el mismo megalómano y oportunista de toda la vida. Si un coahuilense distinguido (Manuel Pérez Treviño) fue el partero del PRI, otro, que no lo es (Moreira), será su sepulturero, como también lo fue de la democracia en la tierra del apóstol Madero.
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