A los 61 años murió la grande Almudena Grandes. Debido a la popularidad y carga erótica de su novela Las Edades de Lulú, quizás fue la primera referencia que cruzamos con la autora española al escuchar sobre las noticia de su muerte.
Almudena en su versión original es la autora que leímos a escondidas porque hablaba de sexo, y pasó lo mismo con la versión fílmica. De la forma del sexo que solo es comprensible y expresado por una mujer. A través de los siglos, las mujeres que se han atrevido a abordar la sexualidad y el erotismo en piezas narrativas son realmente extraordinarias. Desde Hildegard von Bingen, al explicar la intensidad del orgasmo femenino, así como Sei Shónagon, la cortesana japonesa que narra las memorias de cama en El Libro de la Almohada, Anaís Nin, en una bastante controversial obra, entre muchas otras autoras que visibilizan lo meta invisible: la vida sexual de las mujeres de otros tiempos.
En estricto senso nadie puede sentir como nosotras, equipadas con la anatomía y morfología que poseemos. Almudena entonces se convirtió en una autora cercana para quienes no teníamos noción de la pasión, hablando de infatuación, de ese equívoco entre las hormonas y el vacío en el que creemos que hay sentimientos, pero en realidad son sensualidades que sólo se construyen al compartir el cuerpo de formas precisas y de manera ineludible porque eso es lo que debe suceder.
El sexo es una fuerza de la naturaleza, con todos los elementos manifiestos. Lo hermoso de Almudena fue su forma de llevarlo a las palabras con el afán de una buena escritora, seleccionando las mejores palabras y redefiniendo el camino de la literatura erótica en español. Es la madre de la colección de La Sonrisa Vertical de Tusquets.
Al enterarme de su muerte, antes que Las Edades, me acordé de uno de sus libros, Los Besos en el Pan, que es para mí uno de los más entrañables de Almudena, porque en ese en particular no solo aparece el poder narrativo de la autora, sino una manera de contar que aborda varios géneros de manera desfachatada, pero efectiva.
Besar un pan es una costumbre muy antigua que es inherente a varias culturas, en particular en las que se ha vivido hambruna. Se besa al pan cuando ya no se va a comer más o cuando se va a compartir con los animalitos, pero eso se remite a una memoria de honrar el pan porque lo tenemos y nos alimenta.
Así tenemos una historia de la vida: de cómo transcurren las existencias de personajes camuflados en la realidad cotidiana, pero que en la contundencia de su ser como quien sea, está su unicidad, como la abuela, la familia nuclear, el señor divorciado, los sitios de la calle en donde nos vemos reflejados todos los días en sus aparadores y ventanas.
Almudena es una narradora compasiva y conmovedora, porque dedica a cada personaje un tiempo justo, no equitativo con todos porque la novela es a la vez una estampa, una crónica o un cuadro de Hopper que refleja una historia que a lo lejos parece que puede ser citada como un instante.
Me impactó mucho saber de su muerte. Así como extrañamos a quienes se van y nos hacían reír y pensar, así en el caso de la Grandes hay un faltante, como si nos debiera un pedazo de grandeza que estábamos esperando, porque en realidad murió en plenitud de su genia creativa, en la curva más pronunciada de su espiral virtuosa.
Que de las diosas goce ya nuestra Almudena Grandes.
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