Miguel Riquelme gobierna, aunque la rama cruja, pues cuando no le llueve, le llovizna. Después del «moreirato», le ha tocado bailar con la más fea. Confiado en su carácter y en un talante conciliador, el lagunero iniciará este miércoles su quinto año de Gobierno. Para efectos prácticos el último, pues en 2023 será la sucesión, cuando las fuerzas y las lealtades flaquean. Las campañas iniciarán en el segundo trimestre y el nombre del Gobernador electo se conocerá en junio. La candidatura del PRI la decidirá el mandatario con un paisano de La Laguna o un saltillense. Los aspirantes están a la vista, ya no hay tapados, pero en caso de pleito y defecciones el resultado es previsible: la derrota.
Antes de elegir Coahuila y Estado de México a sus próximos gobernadores (en 2023), Aguascalientes, Durango, Hidalgo, Oaxaca, Quintana Roo y Tamaulipas acudirán el 5 de junio próximo a las urnas con el mismo propósito. Si la intención de voto se sostiene, Morena haría casi carro completo, pues solo tiene desventaja en Aguascalientes. Así lo reconoció Marko Cortés, líder del PAN, en un audio filtrado a la prensa que le costó la censura de tirios y troyanos. «Lo mejor que puede hacer al panismo es renunciar. Marko no tiene el tamaño para liderar al partido, no tiene el perfil que se necesita», acusó Gerardo Priego, quien le disputó a Cortés la presidencia de Acción Nacional (Reforma, 05.11.21).
Riquelme no solo lidia con el «moreirazo», al cual se destinan alrededor de cuatro mil millones de pesos anuales para pagar intereses. También con el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien tiene a los gobernadores en un puño, les recorta participaciones y les suprime fondos federales como parte de su estrategia contra la corrupción. La pandemia provocada por el virus SARS-Cov-2 puso de relieve la debilidad de las finanzas y del sistema de salud. Los índices de violencia se mantienen bajos, pero los carteles tratan de recuperar la influencia y el control que tuvieron entre los sexenios de Humberto y Rubén Moreira. Apenas el 2 de noviembre, un comando emboscó en la frontera a policías estatales; uno murió y seis fueron heridos.
Pocos gobernadores de Coahuila han estado sometidos a tanta presión y desgaste. Sin la deuda, la situación sería más llevadera. Riquelme no ha investigado a los Moreira, como exigen los diputados de Morena y el PAN. Pero tampoco ha enconado al estado ni hostigado a las oposiciones ni a sus críticos como lo hicieron aquellos. Esa actitud, su aplicación a las responsabilidades del cargo y no ejercer el poder de manera despótica, como los Moreira, le han granjeado simpatías… y votos. En las elecciones pasadas recuperó el control del Congreso y alcaldías simbólicas como las de Torreón, San Pedro y Piedras Negras.
Sin embargo, le esperan a Riquelme todavía dos años difíciles. En términos políticos, los peores, pues sin recursos para emprender obras relevantes que trasciendan su Gobierno; maniatado —también por la deuda— para satisfacer demandas económicas y sociales como las de la Coalición de Trabajadores de la Educación; sin apoyo federal para paliar la crisis financiera; bajo el asedio de la delincuencia organizada y con unas elecciones cuyo resultado podría ser la alternancia, el escenario se oscurece aún más. Si las alas del gobernador resisten y logra contener las fuerzas e intereses desatados al final de cada sexenio, podrá irse tranquilo. Es lo más conveniente para el estado, al margen de quien le suceda.
Más sobre esta sección Más en Coahuila