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Coahuila

Arturo Gilio y el rabo robado

Por Jorge de Jesús 'El Glison'

Hace 4 años

Arturo Gilio Quintero protagonizó uno de los episodios taurinos mas emotivos, intensos y dramáticos que he visto y vivido. Este pasado viernes 4 de febrero, dentro del serial de festejos de la Feria de Aniversario 75-76 de la Monumental Plaza México, se llevó a cabo una novillada en la que alternaron Alejandro Adame, de Aguascalientes; Julián Garibay, de Guadalajara y Arturo Gilio de Torreón, Coahuila, con novillos de la ganadería Núñez del Olmo, que hacía su presentación en la Plaza México. Aun y cuando sigo amando y por siempre amaré a la fiesta brava, no tengo mucho tiempo libre para asistir a festejos taurinos, y menos cuando estos se realizan lejos de donde me encuentre en el momento. ¿Entonces cómo fue que fui testigo presencial de la citada novillada nocturna en el callejón de la Plaza México? Como me ha sucedido infinidad de veces en mi vida, un suceso se vincula a otros más, y se amalgaman hasta conjugarse en un choque de bolas de billar, que al tocar tres bandas se convierte en una carambola que da pie a otro suceso habitualmente positivo. Aún y cuando conozco al matador de toros Arturo Gilio Hamdan hace más de 35 años, cuando él era todavía un adolescente, y lo vi por primera vez en los corrales de la plaza de Torreón en compañía de su señor padre, don Arturo Gilio Rodríguez, empresario taurino, no fue el matador Arturo quien desencadenó la serie de acontecimientos que me llevaron al callejón de la plaza México el viernes 4 de febrero, sino su compadre, el matador también lagunense Jorge Mata. La crónica de esta interesante historia comienza cuando el 24 de febrero de 2007, hace 15 años, Jorge toreó en la plaza de toros Monumental de Villahermosa, Tabasco, alternando con el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza y Manolo Mejía. Jorge estaba oficiando con la muleta cuando su toro, llamado Chorote, de la ganadería de Cerro Viejo, y con 473 kgs, le pegó una cornada en la pierna derecha que le partió la arteria femoral, la vena safena y la vena iliaca. Jorge perdió 5.6 litros de sangre, llegando clínicamente muerto al hospital, donde fue despertado tres días después, siendo una de las cornadas más graves que ha habido en los últimos 20 años. Todo lo que sucedió después es digno de una columna exclusiva para relatarlo y queda pendiente para una próxima ocasión. Mientras tanto, para efecto de la comprensión de este texto, resumiré que después de más de treinta operaciones Jorge se infectó con gangrena, que penetró en el hueso y le produjo además osteomielitis, lo que literalmente le deshizo la médula ósea; sin embargo osadamente continuó tratando de salvar su pierna. Jorge sabía que en noviembre de 1987 yo había contraído gangrena por una cornada recibida en Tlaxcala. Por ello, cuando mi tocayo el matador Jorge Mata y yo nos conocimos hace unos ocho años, nos identificamos inmediatamente. Yo estuve a punto de tener osteomielitis, y sabía que cuando esta se establece ya no hay remedio, se requiere la amputación, pero Jorge estaba renuente a llevarla a cabo ya que es muy difícil aceptarlo; le sugerí que lleváramos a cabo mi “Proceso de Transmutación Mental y Emocional” y después de varias horas de este procedimiento, con gran valor decidió afrontar la realidad objetivamente y se amputó la pierna el primero de octubre de 2014. 

Pasamos algunos años sin comunicarnos, pero irrumpió en escena una de las bolas de billar de la carambola de esta historia, cuando el viernes 28 de enero viajé a Torreón en una gira de promoción de una cabalgata estatal coahuilense. Ahí conocí a Tony, Pastor Cristiano que me participó que es cuñado de Jorge Mata. Le propuse que le llamara a Jorge para saludarlo, y cuando platicábamos me dijo que iba a recoger al matador Arturo Gilio para viajar a Juriquilla, Querétaro, donde su hijo, el novillero del mismo nombre, iba a torear al día siguiente. Le pregunté cómo les iba y me contestó que Arturo hijo estaba toreando muy bien, pero que aún y cuando se aplicaba mucho, estaba fallando con la espada a lo hora de tirarse a matar a los novillos. Al hablar más del tema coincidimos que tal vez podría haber algún obstáculo de índole mental sicológico, que es común en muchos toreros, como le sucedía a Manolo Martínez y David Silveti, por nombrar solo a dos. Más tarde Jorge me comunicó con el matador Arturo y acordamos que sería útil que sostuviera una sesión con su hijo antes de la novillada, aunque fuera por teléfono, ya que no podría ser presencial. Así lo hicimos al día siguiente, y me sorprendió muy gratamente conocer vía telefónica a un muchacho entusiasta y sensible, con grandes deseos de entregarse en cuerpo y alma para ser figura del toreo, y a la vez muy responsable de sus actos, y por ello mismo con una gran carga, que llevaba exclusivamente sobre sus hombros sin quejarse, y lo saturaba impidiéndole fluir libremente. En varias horas muy intensas realizó un gran proceso de transmutación y logró liberarse de toda la energía negativa que lo bloqueaba a la hora de meter la espada. Seguí muy atento el desarrollo de la novillada y me dio un gran gusto saber que Arturo había matado  a cada uno de sus novillos con una sola estocada, cortando tres orejas y siendo el triunfador por encima de sus alternantes, dos novilleros punteros españoles. Arturo y yo quedamos de acuerdo para hacer un proceso de transmutación en vivo antes de su presentación el 4 de febrero en la Plaza México. Cuando así lo hicimos, lógicamente salió a flote el nerviosismo por tan crucial, importante y trascendente evento, pero además potencializado por el extraordinario triunfo que su padre, el matador Arturo Gilio Hamdan, obtuviera el día de su alternativa en esa misma plaza el 5 de febrero de 1992, hacía casi exactamente 30 años, al cortarle el rabo al toro Genovés de la ganadería de Santiago, hazaña solo igualada por el matador Rafael Rodríguez, en 1948. Arturo volvió a realizar un gran proceso de transmutación y salió mentalizado como un gallo de pelea para triunfar a toda costa en la México. Dejaré para la próxima columna los detalles, ya que me queda solo espacio para acotar que a su novillo, Arquitecto, Arturo Gilio Quintero, entre gritos de “Torero, torero” le hizo de todo de pie y de rodillas, por el lado izquierdo y por el derecho, por arriba y por abajo. Fue tan redonda la faena que la gente pedía el indulto;  cuando Arturo se tiró a matar y metió un estoconazo haciendo que el novillo rodara espectacularmente, la plaza enloquecida dio un alarido pidiendo el rabo, que el seudo juez Enrique Braun, en un afán protagónico como es su costumbre, entre las protestas de la plaza entera, neciamente lo negó, se lo robó, otorgando solo dos orejas. Sin embargo, lo que Arturo sembró en el corazón de la Plaza México, en esa su noche, dará frutos por siempre para su carrera en lo personal, y para la tauromaquia universal.   

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