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‘Maté a mi padre porque sabía que se iba a enfadar al ver los cuerpos de mi madre y hermano’

  Por Grupo Zócalo

Publicado el miércoles, 16 de febrero del 2022 a las 09:53


Hizo una fotografía a los cadáveres de sus padres -a su hermano le dejó fuera de plano- y se la enseñó a su tía. "Mira, los he matado"

España.- La frialdad de Santiago todavía está impregnada en quienes han tenido que escuchar cómo mató a tiros a sus padres y a su hermano hace una semana en Elche (Alicante). Santi no ha mostrado un dolor afilado ni de ningún otro tipo, sino que ha atravesado con calma un parricidio que se sostiene única y exclusivamente en su enfado adolescente por verse apartado de las tecnologías y por la advertencia de que tendría que colaborar en las tareas del campo los fines de semana tras sus malas notas.

Santi, de 15 años, no planificó acabar con su familia. Así arranca el relato de los hechos al que ha tenido acceso EL MUNDO. Y los asesinatos se sucedieron por impulsos, en cadena. Según él, cada muerte fue consecuencia de la anterior excepto la primera, la de su madre. Santi la mató porque le llamó “vago” tras suspender cinco asignaturas, porque le iba a obligar a trabajar en el bancal con su padre los sábados y domingos y porque quería dejarle sin wifi, ordenador y videoconsola.

Acabó con su hermano de 10 años ante su temor a que le “delatara” tras sorprenderlo rematando a su madre en el sofá y ejecutó al padre al concluir que cuando llegara de trabajar y lo descubriera, se iba a enfadar con él.

En su narración de lo que sucedió en la casa de campo en la que vivían se colocó en el papel de espectador y, desde la amplitud que da esa objetividad, ha ido despejando duda tras duda. Lejos de lo que pueda presuponerse ante un suceso de esta envergadura, su relato no fue urgente, ni atropellado, ni siquiera emotivo. Fue una explicación plana y detallada. También rotunda. A pregunta/respuesta. Sin reversos.

Santi no esquivó ninguna variable y abundó en todo aquello que se le planteó para terminar de abrochar una investigación que empieza y acaba en él. Especialmente estremecedora fue la manera en la que comunicó a su tía que había asesinado a la familia.

Hizo una fotografía a los cadáveres de sus padres -a su hermano le dejó fuera de plano- y se la enseñó. “Mira, los he matado”. Ahí terminaron los tres días de convivencia con los cadáveres jugando a videojuegos de manera ininterrumpida y usurpando la personalidad de sus padres en fluidas comunicaciones por el móvil con sus contactos.

Santi sabía que lo siguiente a los crímenes era el centro de menores y, por eso, ha señalado en todas sus declaraciones, quiso aprovechar los días en los que nadie sabía lo que había pasado para estar “tranquilo”.

El martes 8 de febrero Santi y su madre discutieron. Este curso, el adolescente había dado un giro radical a su rendimiento académico. “Eres un vago, ya está bien”, le dijo.

“

A partir de ahora, todos los fines de semana vas a trabajar en el bancal con tu padre”, añadió. Por último, desglosó el castigo: ni wifi, ni videoconsola ni ordenador.

Santi no dijo nada. Su madre se sentó en el sofá y se puso a ver la televisión. Él subió al piso de arriba y se fue a buscar la escopeta de su padre, guardada en el armero situado en la parte superior del chalé, con la llave al alcance de todos, porque era aficionado a la caza menor. Bajó y mató a su madre de dos disparos.

Dos tiros a su hermano

Al escuchar los tiros, su hermano entró en la casa y vio a Santi con el arma en la mano. Se dio la vuelta para escapar, pero cayó fulminado por dos tiros. “Le maté para que no me delatara”, admitió en sus declaraciones.

Después, llevó los dos cadáveres al garaje familiar y esperó a su padre, que llegó a casa dos horas después. Cuando escuchó el coche, se preparó detrás de la puerta de la cocina para sorprenderle cuando entrara. Nada más verle, le dio un tiro en la mandíbula.

El hombre, malherido, consiguió arrebatarle la escopeta, dejarla en el pasillo y alcanzar el baño mientras le decía “pero, ¿qué has hecho?”. Santi volvió a coger el arma y le dio otros dos tiros en el aseo. “Le maté porque sabía que se iba a enfadar”, dijo, cuando descubriera que había asesinado a su madre y a su hermano.

Antes de trasladar el cadáver fuera de la casa, Santi le cogió el móvil para enviar un whatsapp a su jefe. Haciéndose pasar por él, le dijo que al día siguiente no iba a ir a trabajar porque tenía Covid. Tras mandar el mensaje, llevó a su padre junto a su madre y su hermano y volvió a entrar en la casa para limpiarla. Por último, se duchó, se hizo la cena y se encerró en su habitación a jugar a los videojuegos.

“No los molestéis, están durmiendo”

Así estuvo tres días, hasta el viernes 11. En ese tiempo, el jefe de su padre requirió a su empleado varias veces que le enviara la baja, pero Santi siempre contestaba en nombre de su progenitor que todavía no tenía los resultados de la PCR.

También habló en nombre de su madre con su tía, que comenzó a impacientarse por el hecho de que su hermana le respondiera los whatsapp, pero no cogiera el teléfono. Este fue el motivo por el que el viernes por la tarde, acompañada de una amiga, fue a la casa. Santi las vio al otro lado de la valla.

“

No los molestes, están durmiendo”, le dijo ante las preguntas.

Su tía le amenazó con llamar a la Policía si no los veía. El adolescente entró y salió con el móvil de su padre en la mano. Se acercó a la valla y le enseñó la pantalla. Era una foto de los cadáveres de sus padres. “Mira, los he matado”, zanjó. La Policía llegó, Santi les contó que los había matado y ya no se quitó la bata de su padre que se colocó tras los crímenes.

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