Arte

Publicado el lunes, 9 de mayo del 2022 a las 03:36
“Vivo sumergido, enterrado, en las entrañas de los motores”, afirma el escritor regiomontano Alejandro Vázquez Ortiz, y eso le ha enseñado que para que algo funcione bien hay que desarmarlo y volverlo a armar. Quitar pieza por pieza y ensamblarlo.
Para él el mayor placer está en mancharse las manos de aceite, grasa y óxido, pero también de tinta a la hora de escribir, pisar el acelerador y dejar al lector ofuscado ante el rugido de su prosa que alcanza unos niveles extremos en El Corredor o las Almas que Lleva el Diablo (Penguin Random House, 2022), su novela más reciente.
Relato que superficialmente tiene una carrocería sencilla y que, sin embargo, esconde un motor potente debajo: Ricardo Prieto es el dueño de una fundidora en Monterrey, quien gracias a la libertad que le da el dinero y el ingenio que le otorga el ocio, arregla una carrera mortal en la carretera que une a la capital neoleonesa con Saltillo.
Ahí, un grupo de conductores arriesgarán sus vidas por el dinero pero sobre todo por la adrenalina, porque si bien personajes como La Muerta, Joaquín “La Tortuga” Urdiales, El Acerero, Juan Pablo y demás tienen sus razones para meter el pedal a fondo, solo hay algo que les interesa: la emoción, el sudor en las manos y la velocidad que los hunde en el asiento cuando van a más de 100 kilómetros por hora. Porque si bien son personas, también son juguetes de Prieto y, sobre todo, son solo una parte de los verdaderos personajes de este libro: los automóviles.
En el futuro
Así, El Corredor se convierte en “una carrera en la que los automóviles casi casi poseen a los personajes de la novela; los automóviles son los protagonistas y los personajes y sus historias son nada más la gasolina que ponen a andar estos vehículos”, comentó Vázquez Ortiz en entrevista con Zócalo.
Eso porque, si bien la novela no es de ciencia ficción, sí comparte ciertas ideas que la acercan a una tradición más bien realista del género que aborda la relación del hombre con la tecnología y el impacto de esta en la vida.
En el caso de El Corredor se explora una violencia contenida dentro del metal de la carrocería, una que no puede frenarse cuando escapa y termina en una colisión de furia, porque poco a poco la maquinaria se apodera más de la humanidad en una “una mediación indudable” entre la tecnología y la vida que poco a poco elimina la idea del ser humano.
“ Eso sucede con los automóviles, porque hay una despersonalización brutal cuando estás, por ejemplo, en el tráfico y lo más típico es mentarse la madre, y eso es porque hay una mediación en la que no vemos a una persona, vemos una máquina”. Esto, agrega Vázquez Ortiz, se puede ejemplificar también en el uso de dispositivos como celulares, computadoras y televisores, miembros externos al cuerpo que demuestra que “si bien no hemos llegado a lo cyborg en esa mediatización sí se siente algo cercano, empezamos ya a ser hombres tecnológicos que están más habituados a interactuar con máquinas que con personas”.
Y es ahí, en esa distancia que existe entre la carne y el metal, en la que el autor encuentra una violencia naturalizada. Una que provoca que Monterrey sea la ciudad con más accidentes automovilísticos a nivel nacional, y que se aleja de la estereotipada violencia del narcotráfico que, si bien si aparece, no es la principal.
Y esa violencia “es la de la ley de la selva que desafortunadamente tomamos como natural, porque tomamos como naturales todas las muertes de las carreteras y todos los accidentes en las carreteras, hasta la violencia de mentarnos la madre en el tráfico. Esa violencia de decir ‘ah esto es lo natural, es lo que hay y todos vamos a vivir aquí‘, pero no podemos ver una estructura que está ahí. Creo que esta novela intenta un poco hacer eso, llevar sí un poco al paróxismo, exagerarla, para permitirle esa visibilización y que se pueda ver algo que antes no se veía tan claro”, comentó.
Es ahí, en las idea del transhumanismo y “la nueva carne” –que abogan por la relación del hombre y la máquina– en la que el también autor de El Emisario, explora la relación de la violencia y la pérdida de la conciencia por medio de sus personajes que si bien tienen deseos que los mueve, también se convierten en bólidos entregados al desenfreno tanto en sus cuerpos como en sus mentes: el sexo, la pasión y la velocidad toman una misma ruta en este libro.
Para Vázquez Ortiz era necesario “encontrar espacios un poquito más exagerados para, precisamente, marcar más la violencia, ese efecto que sufren los personajes que se entregan a estas pulsiones. Porque más allá de que estén orillados por sus circunstancias, hay momentos en el que todo se vuelve pulsional y violento, y te das cuenta de que no hay ninguno que sea un héroe, porque ninguno está dispuesto a ejercer esa violencia estructural para ganar, y esa es la gran ‘moralidad’ que se destruye, y es ahí en donde todo se vuelve una carrera surrealista de violencia y destrucción, y creo que ese es el paso moral.
Hay un momento en el que todos los personajes se entregan con cierta pulsión y cierto gusto a este ejercicio de violencia”, concluyó el también autor de Yonke, libro de cuentos en los que los autos y la violencia también son los temas centrales.

A LEER:
El Corredor o las Almas que Lleva el Diablo
Alejandro Vázquez Ortiz
Penguin Random House, 2022
299 páginas
329 pesos.
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