Arte

Publicado el lunes, 13 de junio del 2022 a las 03:31
Ciudad de México.- La curaduría de Eliud Nava, bajo la iniciativa de la dirección del Centro de las Artes -equipo de trabajo entre quienes se encuentran Emma Molina, Elisa Téllez y Paola Livas-, reúne a cinco artistas que desde hace años trabajan con la relación entre el organismo humano y una tecnología que lo transforma mediante la transducción de su experiencia del mundo, lo que en algún momento se llamó “tecnociencia”, término epistemológico para dar cuenta de toda una nueva dimensión del ser que no pudo haber sido posible antes de la aparición de tecnologías casi indistintas de la ciencia que las hizo posibles.
Ante esto se podría decir que apenas estamos empezando a comprender, pero los artistas, parientes cercanos de los científicos, ya están trabajando en eso desde el principio.
El trabajo de Angélica Piedrahita es, sin duda, el más exitoso de la exposición en términos de la participación del público: uno deja caer una piedrita sobre la mesa y se escucha en los audífonos un tintinear inconfundiblemente acuático, jugar con piedras de río sobre una mesa de madera sensibilizada con micrófonos para imitar el juego acústico de perturbar la superficie de un lago nos transporta inmediatamente a la presencia del agua en ausencia de la misma.
Es una solución sencilla, sensible y delicada, elegante porque no necesita de explicación alguna para acceder a su sentido, comunicativo de las relaciones arcaicas entre mano, roca, acto y humedad, articuladas en un proyecto que llamar “mediático” sería injusto, porque no alcanza a expresar la comprensión profunda de la artista, enfocada en emparejar las posibilidades tecnológicas con los signos de lo que llamamos naturaleza.
Ernesto Walker hizo lo que mejor sabe hacer y por lo que se distingue: una maquinaria impresionante. Lo curioso de Walker es que para su innegable ingenio, resulta desproporcionadamente inexpresivo para los recursos utilizados. Es decir, el péndulo que articula una maquinaria de reloj debe ser una de las obsesiones más viejas, atemporales de la fascinación del Homo sapiens sobre el paso del tiempo y las medidas del espacio a las que influye, encima de esto, su péndulo es la única obra de la exposición cuya realidad es inseparable del contexto: la maquinaria está calculada para ser una especie de metrónomo que pauta las dimensiones arquitectónicas específicas del edificio, una medida de tiempo de la nave industrial.
Y sin embargo, fuera de lo impresionante y bello del mecanismo, no dice gran cosa, porque no es un cuestionamiento acerca de nuestras relaciones con el vaivén de un péndulo y el paso del tiempo y la maquinaria relojera instalada en una nave industrial, todo con lo que estamos históricamente tan ligados. Siempre quisiera algo más de Walker, una subjetividad más expuesta.

Con todo, la pertinencia de su lugar en la exposición es incuestionable: si hay alguien que no ha dejado de pensar en cómo darle a la ciencia una solución formal y estética, renunciando incluso a formatos que podrían hacer su producción más accesible a los circuitos del arte, ese es sin duda Ernesto Walker.
La obra de Daniel Pérez Ríos es la que lleva a sus últimas consecuencias la relación con una realidad “posthumana” -término chocante e impreciso pero a falta de tortilla, pan-. Pérez Ríos mantuvo una relación con un software cuyo algoritmo aprende con las conversaciones y conoce cada vez mejor a su interlocutor, aprende a interesarse por lo que le pasa y está al pendiente de su vida diaria.
Estéticas en revolución puede visitarse en la Nave Generadores del Parque Fundidora de 11:00 a 20:00 horas y permanecerá hasta el 11 de septiembre. Entrada libre.
Notas Relacionadas
Más sobre esta sección Más en Arte
Hace 9 horas
Hace 9 horas
Hace 9 horas
Hace 19 horas
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia