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Coahuila

Revaloración del vecindario

Por Federico Muller

Hace 4 años

Los desafíos que enfrenta la humanidad en el siglo 21 son ingentes y diversos; demandan acciones decididas y específicas de la sociedad y Gobierno; por ello, todos los sectores, desde el industrial hasta el de recreación, pasando por el comercial, deben contribuir para tener un mundo más habitable.

Quizá uno de los sectores más sensibles y urgentes de atender sea el urbano, porque involucra la convivencia de individuos con costumbres diferentes, constantemente amenazada por su entorno y acotada por una localidad inmisericorde de cemento y asfalto. La complejidad de su estructura se puede ilustrar con la siguiente metáfora: es la ciudad, como la arena de combate romana, en donde sus habitantes enfrentan, cotidianamente, el tránsito vehicular, la desigual urbanización, la contaminación ambiental y las asimetrías en el ingreso familiar que dan como resultado segregaciones de la población, en un “binomio disfuncional”: cinturones de miseria y zonas residenciales, las cuales, sin distinción de deciles de ingreso, han sido afectadas, en mayor o menor grado, por factores socioeconómicos (inseguridad pública, carestía, desempleo, precariedad laboral, etcétera), que elevan el estrés y otros malestares mentales o emocionales de los ciudadanos, que indefectiblemente coartan el vivir la vida en plena libertad; en contrapunto, ocasionan “enclaustramiento” en la vivienda o en un fraccionamiento cerrado a la vía pública, o también en barracas aisladas y carentes de servicios primarios.

El concepto de vecindario, en cualquiera de sus acepciones, espacial o de estado mental, se ha diluido a través del tiempo; por supuesto que implicaba una sana y accesible manera de convivir entre las familias de la manzana o del barrio. Enseguida se describen en forma breve algunos esfuerzos que se han hecho en el campo de la planificación urbana, y que pueden, según los urbanistas, considerarse en las urbes latinoamericanas.

Como sistemáticamente ha ocurrido en nuestro país en casi todas las ramas del saber, las teorías urbanas no son la excepción; las investigaciones de frontera y los avances tecnológicos provienen del extranjero, particularmente de las economías industrializadas. Desde 1970 se ha buscado, mediante la formulación de paradigmas urbanos, aproximar la pertinaz realidad citadina en la construcción o adaptación de un entorno que anteponga el desarrollo del ser humano sobre los tabiques y losas de concreto y argamasa. Asimismo, privilegiar el tránsito del peatón sobre calles y arterias céntricas, cerradas al tráfico vehicular, para fomentar la convivencia social y los valores comunitarios, así como incorporar la construcción de vivienda social en diferentes áreas de la ciudad, no confinarla en la periferia.

Tales ideas y estrategias, entre otras, surgieron en Europa y su paternidad se atribuye a una sicóloga y a un arquitecto, los esposos Ingrid y Jan Ghel, quienes frecuentemente usaron la bicicleta como medio de transporte para desplazarse en la capital de Dinamarca. Su modelo fue exitoso y se exportó para implementarse en algunas zonas históricas o recreativas de ciudades como Londres, Moscú y Nueva York, por citar algunas.

Ese país nórdico “patentó” lo que se le llamó, a través del tiempo, la escuela de Dinamarca, la cual hacía algunos planteamientos urbanísticos en las localidades; revaloraba y retomaba la traza de las aldeas escandinavas de antaño, para incorporarla en los espacios disponibles de las ciudades contemporáneas, mediante la edificación de casas habitación que, a pesar de construirse en forma seriada, su volumen no impedía que cada espacio habitacional se distinga del conjunto, con detalles sencillos pero significativos para sus inquilinos, procurando satisfacer la ecuación: diversidad más densidad igual a espacios habitables; asimismo, cuidando de mantener el equilibrio entre las demandas de privacidad de las familias y la sociabilidad de los individuos, que se lleva a cabo en los espacios públicos cercanos al desarrollo inmobiliario.

Dos ejemplos urbanísticos y arquitectónicos se pueden encontrar, entre otros, en la mancha urbana de Saltillo, que consideraban algunos de los planteamientos antes expuestos: el primero se dio en el proyecto y construcción de la llamada coloquialmente colonia del ISSSTE, localizada al norte de la ciudad, la cual fue edificada en la década de los 60, con vivienda de una sola planta, con dos tipos de planta arquitectónica (la diferencia entre ambas eran los m2 de construcción y el precio). Las viviendas se diseñaron con áreas públicas y corredores peatonales, con calles cerradas a los automóviles. Este tipo de asentamiento ya no se replicó en la ciudad, pues influyó la especulación de los predios y los recortes presupuestales en las instituciones federales de seguridad social.

El otro modelo urbano fue propuesta de un presidente municipal de Saltillo, quien prolongaba la ruta recreativa desde el bulevar V. Carranza hasta la calle Victoria, convirtiéndola en un paseo dominical peatonal, sin acceso a los vehículos.

 

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