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Coahuila

La prensa culpable de todos los males

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 4 años

Ya sabemos que cuando las cosas no lucen muy promisorias para un gobernante, lo más adecuado es encontrar, o inventarse, un enemigo al cual se le haga responsable de todos los males. En esa ocasión, el elegido para ser convertido en el perro del mal fue la prensa, pero no toda, recordemos que en ese gremio no hay ángeles ni  demonios, simplemente seres humanos con todo lo que ello implica. Como  el que llegaba, sin embargo, no traía en las alforjas más que humo para tiznar a los crédulos, pues encargó a sus seguidores que escogieran al culpable de todo lo malo que hubiera acontecido durante los años previos. Uno de esos seguidores, diestro en el manejo de la pluma, se dio a la tarea de disertar sobre ese enemigo de la patria, pero sobre todo del Mesías quien llegaba para salvar, una vez más, a ese pueblo de ingratos quienes con anterioridad mal habían pagado todos los sacrificios que por ellos había hecho. Con el tintero bien repleto y la pluma de ave en mano, ¿sería de ganso?, procedió a desnudar a aquel ente del mal, la prensa liberal. Vayamos a la pieza.

Para que no quedara duda de a quien se refería específicamente, inicio señalando que “los periódicos que se intitulan liberales y que con indigna obstinación han sostenido el desorden de que ha sido víctima la Republica durante seis años, después de haber defendido bajamente el hecho vergonzoso que dio principio a esta luctuosa época, no pueden ver con ojos serenos…al hombre en quien los mexicanos han creído ver personificado el gran principio de la autoridad, tan horriblemente abatido y vilipendiado por los que se llaman a sí mismos acérrimos propugnadores de las libertades públicas.” El ‘arribante’ se vendía como un ser puro y casto como si no tuviese un pasado en cuyas alforjas había mucho por hurgar. Esto apenas era apenas un aperitivo para abrir boca.

La mano se encendía y las neuronas aceleraban la carburación mientras el escribano apuntaba como “lograron esos  hombres funestos, órganos más bien de lamentables pasiones que de partidos justos y legítimos, adormecer a la nación en los aciagos días  en que apenas osaba levantar la cabeza…lograron que se restableciera o más bien que se conservara la misma fatal organización que había sido causa de aquel fatal infortunio; y después de que al frente de los negocios públicos se colocaron los mismos hombres que habían sido, y no podían menos de ser, los instrumentos de la ruina nacional, esos escritores sin conciencia los adularon sin tino, aclamándolos, con harta razón por cierto, como las columnas del sistema que se había hecho adoptar a la Republica. Fueron en efecto aquellos gobernantes el apoyo de esa farsa despreciable y ridícula a la cual se le dio el nombre de ley fundamental, y es preciso confesar que llenaron demasiado bien la innoble misión que se habían impuesto.” Si ya sabemos que sus antecesores no fueron precisamente los gobernantes más brillantes, pero cubrirse en eso era colocarse el curita antes de cortarse, además ni que hubieran ido a consultar con la prensa lo que iban a hacer.

Y agarraba parejo, mencionando que “gobernantes y periodistas se adunaron para secundar el influjo malhechor del sistema.” ¿Olvidaba el alabador que su héroe había sido parte de ese sistema? Al parecer si, ya que continuaba convirtiendo la pluma en estilete y apuntaba que “siendo este [el sistema] por su esencia disolvente y desorganizador, bastaba él solo para convertir en ruinas a una sociedad naciente, en la cual se acababan de romper todos los resortes de la unidad y todos  los vínculos del orden; pero auxiliado por quienes tenían el encargo de poner  en ejecución sus tendencias desmoralizadoras, y por los que se llamaban ecos de la opinión pública porque su oficio era extraviarla, su acción destructora se ejerció con más rapidez, y pronto se vio consumada su obra de destrucción y muerte.”  Pero había que inyectarle un dramatismo mayor al asunto, no era cosa de quedarse en generalidades y mucho menos permanecer pasivos ante tal situación.

Ese estado de cosas, sin embargo, “duró bastante tiempo para que las penurias nacionales empezaran a sentirse en todos los corazones generosos, de manera que despertasen al fin de su letargo los buenos hijos de la patria.” ¿Seria el pueblo bueno?  Dejémonos de elucubraciones y retornemos al texto en donde se indicaba que “no podía menos de ser así cuando las desgracias de la nación alcanzaran a todas las clases, a todas las condiciones, a todos los individuos de la sociedad. Crujía está como un bajel azotado por las tormentas, pero gemían también llenos de espanto por el peligro que corrían, todos los que se habían dormido antes en el extraviado rumbo, y que se encontraron al despertar al estrepito de las olas con los escollos del naufragio a la vista y con todos los horrores de una muerte inevitable.” Y ya tirado al drama, pues a darle con los escenarios catastróficos.

Sobrecogido y trémulo, el redactor de aquel escrito indicaba: “Nos estremecemos al recordar aquellos días de luto y de angustia que fueron también días de afrenta para México, porque afrentoso es sin duda para un pueblo que puede ser feliz y ocupar un rango distinguido entre las naciones, dejarse arrebatar su dicha y su decoro por algunos mandarines sin pudor y sin dignidad y por algunos escritores sin fe y sin conciencia. No hablemos de las injustas persecuciones de que fueron víctimas los ciudadanos que osaron levantar la voz para proclamar la verdad en aquel piélago de errores.” Duro en contra de los malvados enemigos de la patria. Y seguía, “no recordemos la repugnante desmoralización que, descendiendo desde la cúspide del poder, derramó sobre el país el escándalo más inaudito; apartemos la vista de aquellas denigrantes escenas en que se prostituyó hasta el extremo el prestigio de la autoridad y de la ley, cuando bajaron de sus sillas doradas los primeros hombres del gobierno a hollar el fango de las calles, confundidos con la ignorante multitud, cuyas pasiones habían encendido. No hablemos de esto, ni lo traigamos a la memoria, porque harto lo lloró toda la nación en esos seis años en que fue esclava de los más falsos principios y de los hombres más funestos.”  A ver, pues no que era el adalid de los desposeídos, como esta eso de “la ignorante multitud,” sería que, en medio de la pasión afiebrada, el redactor olvidó que a quienes trataba de convencer de las buenas intenciones de su ídolo era precisamente a esos desposeídos. Lo mejor es que aquel grupo de malandros,  que un dia gobernó, ya se había ido.

Como si se hubiera percatado que había “agarrado monte,” recobró la compostura y volvió a la carga investido como persona decente para garrapatear: “Pero digamos, sin embargo, que en ese tiempo acabó en la Republica hasta el último vestigio de lo que puede hacer dichosos a un pueblo en su vida interior, y respetable entre las naciones extranjeras. Las leyes tanta veces holladas y escarnecidas por los que se intitulaban legisladores  o ejecutores de ellas, perdieron enteramente su prestigio, y la autoridad manchada tantas veces por los vicios y las sinrazones de los que la ejercían, llego a ser objeto de burla y escarnio.” Ante tanta maldad, no quedaba sino una opción.

“Era necesaria una revolución [recordemos que este vocablo implica cambio- transformación] para que se salvase la patria; y la revolución estalló y cundió por todas partes como una chispa eléctrica, y triunfó después de haber invocado a un ciudadano ilustre, que viene a ser entre nosotros la personificación de un gran principio menospreciado hasta ahora y que, sin embargo, es esencial para la salvación y la conservación de las sociedades: el principio de autoridad” Para recuperar el principio de autoridad nada como acogerse a un fulano quien siempre pisoteó la ley, eso siempre ha dado resultados excelentes.(!!)

Para el defensor del salvador, “la revolución ha derribado a los que más activamente trabajaron en la destrucción de ese principio, a  los gobernantes; quedan los periodistas que también contribuyeron también a destruirle y que todavía se afanan por impedir su establecimiento. Los gobernantes caídos no podrán hacer mucho contra el verdadero espíritu de la revolución pasada, desde los ocultos rincones a donde han ido a esconder su vergüenza; pero los periodistas más audaces o más temerarios, alzan todavía la voz en defensa de las doctrinas que nos han perdido, y sus palabras , aunque ya sin el influjo del que les han privado tantos dolorosos desengaños, pueden aun sino extraviar la opinión pública, trastornar por lo menos la marcha regular  y tranquila del país hacia la regeneración social.” O sea, a los que gobernaron y partieron pues que los castigue el Divino, pero a los periodistas que se quedaron hay que arrimarles el castigo por seguir de rejegos y no entender que al Mesías únicamente los movía su amor al pueblo y a la patria.

Y para comprobar que los tercos seguían ariscos, mencionaba que “…la prensa liberal… ha empezado a dirigir ataques ya manifiestos, ya solapados, … al… presidente que, como ya hemos dicho, es en México  la personificación del principio de autoridad, y que por eso ha sido llamado, viene a restablecer este principio, y era imposible en consecuencia que vieran  con gusto su regreso los escritores públicos que defienden la licencia y el libertinaje, la desunión y el desorden bajo la espaciosa apariencia de derechos y libertad.” ¿Pero cómo osaban dirigir críticas a un ser tan perfecto? Eran unos amargados que no entendían los tiempos nuevos y “ por eso han llevado a mal las demostraciones de júbilo con que los mexicanos han saludado… al presidente… por eso censuran agriamente que se dispongan fiestas y se erijan  arcos triunfales para recibir dignamente al hombre a quien el país ha invocado como su salvador; por eso aventuran al hablar de él, o tal vez al dirigirle la palabra en sus solapados escritos, especies que puedan trastornar las miradas prudentes y salvadoras que haya concebido…; por eso recuerdan , sin duda con pérfida intención, algunos antecedentes de su vida que puedan nulificar sus proyectos de regeneración o hacerle entender que no han penetrado aun bastante los desengaños en el pueblo [¿bueno?] que le llama para que reconstruya el edificio que han derivado los errores de treinta años, proclamando con energía y con brío una verdad grande, salvadora y fecunda.” Eso era pura mala leche como que hurgar en el pasado del personaje quien si bien tenía sus pecadillos (??). pues no era para tanto, después de todo que tanto es tantito. (!!) 

Pero para que no se confundieran, había que dejar muy claro que el autor de la pieza, con su corbata de moño, no era una de esas plumas de alquiler, por ello establecía: “Debemos repetir aquí lo que ya hemos dicho otras muchas veces: nosotros no adulamos al poder, ni damos suma importancia a los hombres, por grandes que sean, sino en cuanto son los instrumentos de que la Providencia se vale para el sostén o el restablecimiento de los principios. Desde este punto de vista consideramos hoy al [presidente] que teniendo ya para nosotros y para todo el país el doble prestigio de la gloria y de la desgracia, vuelve… a restaurar lo que han echado por tierra algunas teorías insensatas. Nosotros lo creemos así y lo esperamos con la confianza que nos inspiran los antecedentes de su vida, las vicisitudes por las que ha pasado, y los terribles desengaños que ha sufrido; …” Con esto último, en una de esas, a un buen letrista le surge la inspiración y compone un tango con tintes arrabaleros y desgarradores. Pero ese no es el caso, retomemos a lo que surgía de la pluma guiada por una mano a punto de llegar al paroxismo al confesar que creía todo lo anterior, lo escrito por él, “porque vemos que se conjura contra él la prensa…que ha sido la sostenedora del desorden pasado, y que aduló servilmente a los hombres  de perdición que condujeron la patria al borde del abismo.” Esto ya luce más como milonga, pero el escribano no era letrista artístico sino ensalzador de virtudes cívicas. Por ello, rasgueó que “el presidente debe gloriarse porque le atacan los que aplaudieron el mal; esta es una garantía para los hombres de bien, para los patriotas honrados que esperan de él la extirpación de los abusos, el remedio de las desgracias nacionales y el restablecimiento de los buenos principios que salven a la nación de sus riesgos presentes, y le aseguren una existencia más tranquila en el porvenir.” Lo único que le faltó al redactor de este artículo fue clamar: Hosanna, el Mesías ha llegado para salvar a este pueblo de pecadores…, hubiera  estado muy acorde con sus perspectivas religiosas.

Si usted lector amble nos ha acompañado hasta estas líneas y se ha imaginado que el texto fue generado al calor de una fiebre mañanera  por una de esas plumas férreas convencidas de que el cambio ha llegado, y traído consigo todo un caudal bienhechor, hemos de mencionarle que el escrito no es del Siglo XXI, sino del XIX, y esto no es asunto del orden de los numerales. Si se cuestiona quien es el actor principal de tan alabadora pieza, le indicamos que se trataba de Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón quien, por undécima vez,  venía a “salvar” a la patria convencido de que la prensa liberal era el obstáculo principal para que el país avanzara, como si quienes la integraban, sin ser todos un dechado de virtudes, fueran quienes ejercían las funciones de gobierno y el recién llegado no trajera tras de sí una cauda de estropicios que lo mismo habían desgajado al país que lo sumieron en el atraso.

Al parecer, el transcurrir de casi dos siglos de distancia nos ha permitido evolucionar en eso de buscar culpables a modo entre quienes no están dispuestos a cantar loas. Ante la resistencia, se les  achaca ser los enemigos de la autoridad en turno. Claro que no toda la prensa estaba, o esta, infestada de críticos, hay algunos comprensivos quienes no se incorporan al coro de malvados. Un ejemplo de ello es la pieza reproducida, misma que fue publicada, el 7 de abril de 1853, en el diario El Universal que se anunciaba como periódico independiente. Sobre el autor de ese escrito, aun cuando no está firmado, a todas luces pareciera que fue producto de la pluma de Lucas Ignacio Alamán y Escalada poseedor de una inteligencia brillante, pero que desafortunadamente nunca pudo quitarse de su mente la condición de colonizado y terminó sus días en calidad de eminencia gris de López de Santa Anna, el  más nefasto de los presidentes mexicanos no solamente del Siglo XIX, sino de toda la historia  quien acostumbraba responsabilizar a la prensa liberal, que no le era afín, de ser la causante de las desgracias del país. No entendemos el motivo para achacar a la prensa liberal la responsabilidad de que se gobierne bien o mal, al final de cuentas el lector puede o no estar de acuerdo con lo escrito, pero los periodistas pueden escribir o comentar lo que deseen, pero no son quienes implantan las políticas o toman las medidas de gobierno. En esto último, ayer, hoy y mañana, solamente hay un responsable en el mando y de ahí desciende toda la estructura operativa. O ¿No es así? [email protected]

Añadido (22.28.111) Mientras en los Estados Unidos ya cayeron en recesión, aquí seguimos creciendo. ¿Cuál es el secreto? Contar, al frente de la institución que hace las mediciones del PIB, con una experta en manejar las cifras con tal destreza que los resultados alcanzados permitan  a su jefe presumir ante el resto de las naciones. Por ello, ya surgieron voces que la hacen candidata al Nobel de Economía. “Mexican know-how,” una aportación de México para el mundo. 

Añadido (22.28.112) Fue a ofrecerles disculpas etéreas a los indígenas canadienses sin entrar en detalles de cómo va a recompensarles pecuniariamente por los daños causados o ¿Acaso piensa que con usted dispense ya se arregló todo? Y, en plan de hacerse el simpático, que se enjareta un penacho. ¿Qué opinarán sus seguidores, estarán plenos de gozo? Al parecer la divisa de los lideres de ahora es no tenerse respeto a sí mismos, al tiempo que buscan vender arrepentimientos poco creíbles.

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