Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
Inés Gómez Mont nunca dejó los lujos, llevaba una pulsera de más de 100 mil pesos en su arresto ¡Córtale mi chavo! Jorge Campos se disfraza del ‘Súper Portero’ de Eugenio Derbez Canelo vs. Mbilli en vivo: horario, canales y dónde ver la pelea en México Tiroteo en tienda de disfraces de Halloween en California deja un muerto y varios heridos graves Despliegan mil 600 elementos navales para reforzar seguridad en Sinaloa

Zócalo

|

     

Opinión

|

Información

< Opinión

 

Coahuila

Valorar lo propio

Por María del Carmen Maqueo Garza

Hace 4 años

Desde tiempos de la Conquista México se ha venido consolidando como un país de una riqueza cultural asombrosa.  La amalgama entre los elementos provenientes de Europa con los propios de nuestros pueblos originarios, ha dado lugar a expresiones únicas y maravillosas que ponen muy en alto el nombre de México. Lo grave es que no siempre logramos apreciarlo.

Me temo que, en buena medida, los mexicanos padecemos la ceguera del acostumbramiento.  Esto es, vivimos de tal manera inmersos en las expresiones de nuestra propia cultura, que dejamos de apreciar en toda su magnitud cada una de ellas.  Quizá las damos por sentadas, cuando otros países –en cambio—nos envidian por ellas.  Tenemos infinidad de manifestaciones en las artes, artesanías y gastronomía, por mencionar algunas. Patrimonios arqueológicos e históricos que por ventura se conservan, e invitan a repasar  el proceso que nos ha conformado hasta el día de hoy.  La mayoría insertos en escenarios naturales maravillosos.

Detrás de cada manifestación cultural hay una narrativa que bien vale la pena descubrir.  Platillos como los chiles en nogada han dado la vuelta al mundo, a partir de la cocina de un convento colonial poblano, en el que el ingenio creativo de alguna monja la llevó a improvisar de manera afortunada un platillo que llegaría para quedarse. Otro es el caso del mole poblano, del posol chiapaneco o del café de olla.  Afortunadas coincidencias que en su momento se dieron, y que hoy conceden a México un lugar muy especial en la gastronomía mundial.

La música mexicana ha sido  producto de instrumentos que llegaron desde Europa y más allá, con la sensibilidad del barro y la madera de nuestra región sureste.  Los bailables, por su parte, representan el colorido propio de cada estado.  Cuentan las costumbres propias de sus habitantes y llaman a superar cualquier dificultad de la mejor manera.   Recién termina de celebrarse en Oaxaca la Guelaguetza, epítome de los lunes de mercado de las ocho regiones del estado.  La palabra que los mueve es “agradecimiento”.  Bajan los pueblos al valle, cargados de los productos que la madre tierra les ha regalado.  Esta vez vienen a corresponderle a ella, a través de sus hermanos de raza, en una ceremonia folclórica solemne, pero a la vez cargada de alegría.

El arte textil ha ocupado un lugar privilegiado a nivel mundial.  Sencillos lienzos bordados a mano con llamativos colores, sobre los cuales se cuentan historias de vida y muerte.  En el propio Oaxaca tenemos los sobrios trabajos del Istmo de Tehuantepec, al igual que los finos diseños de San Pedro Amuzgo, por citar algunos ejemplos.  En Chiapas están los textiles trabajados a base de lana, que nos llevan a preguntarnos cómo una necesidad básica como es el vestido condujo a ese despliegue de imaginación.

Conocí Tulum en los años ochenta, cuando el turismo aún no había invadido la zona arqueológica.  Recuerdo que lo hice mediante un recorrido turístico.  El grupo estaba integrado por personas extranjeras, y de México solamente mi acompañante y yo.  En ocasiones tengo la impresión de que nosotros, como nacionales, despreciamos conocer muchas de nuestras riquezas, a partir de la idea de que ahí están y que no urge correr a visitarlas.  El asunto es que, precisamente por esa forma de pensar es que permanecemos al margen de poder conocer a profundidad nuestras raíces.  Sumidos en un mundo globalizado, esta falta de conocimiento de lo propio no nos permite valorar en toda su extensión lo que somos, de modo que, al no reconocerlo como un valor propio, no nos esforzamos como deberíamos por cuidar y protegerlo.

Nuestra literatura ha dado grandes exponentes que nos cuentan la realidad externa desde sus propios y bien cimentados puntos de vista.  Podemos entender de mejor manera por qué los mexicanos somos como somos a través de las palabras de Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”.  De igual modo comenzamos a apreciar de una manera más empática nuestros rasgos característicos, a través de la obra de Jorge Ibargüengoitia o Carlos Monsiváis.  Rosario Castellanos nos invita hasta la cocina de su casa para entender por qué la mujer de mediados del siglo pasado tuvo que enfrentar toda una lucha para alcanzar un reconocimiento en un mundo de hombres.  Las escritoras que destacan en este inicio de milenio demuestran que valió la pena la lucha de Rosario Castellanos, de Elena Garro o de Amparo Dávila, misma que se ha multiplicado de manera sorprendente en la actualidad.  Ya no hay escritores de primera y de segunda debido a su género. 

En la medida en que conozcamos lo propio, estaremos en condiciones de aprender a valorarlo y difundirlo.  Es una inyección energizante de autoestima que nos permite sentir el gran orgullo de ser mexicanos.

Notas Relacionadas

Difícil medir ‘efecto Taddei’ en elección; siguen su curso comicios en Coahuila

Hace 8 horas

Mató el corazón a 18 laguneros al día en 2025; principal causa de muerte en la Comarca

Hace 8 horas

¡Ya salió el peine!

Hace 8 horas

Más sobre esta sección Más en Coahuila

Hace 8 horas

¡Ya salió el peine!

Hace 8 horas

Expulsaron a la árbitra

Hace 8 horas

Los tres hermanos confusos