De vez en vez, podemos encontrar expresiones puras de esa entelequia que el Presidente llama “pueblo bueno y sabio”, encarnadas en hombres o mujeres con nombre y apellido, y eso fue lo que atestiguamos el domingo en las inmediaciones de la mina, en cuyas entrañas siguen atrapados 10 mineros.
Resulta que al Presidente se le ocurrió que era una buena idea visitar el lugar de la tragedia, hacer un recorrido por los pozos; vaya, hacer acto de presencia, pero se topó con la señora Lucía Rodríguez Sánchez, madre de uno de estos mineros, Ramiro Torres y, según caracterización posterior del propio Mandatario, tuvo que pagar una “cuota de humillación”.
Ella no le gritó, como lo hizo otra madre que le reclamaba por qué las autoridades jugaban con sus sentimientos. No, Lucía, conteniendo una suma de emociones, entre ira, dolor y desesperación, le agradeció al Mandatario su visita.
Y cito: “señor Presidente, le agradezco su visita a esta área donde está ahorita el dolor. Le agradezco que haya venido a tomarse la foto con mi dolor, el de mi familia y el de cada uno de los que estamos aquí. Gracias y espero que sus fotografías le sirvan para su política. Muchas gracias por la visita que nos vino a hacer, se lo agradezco”.
Y pues sí, el Presidente vino, vio, escuchó reclamos, prometió rescate y luego justicia, y se fue. Nada, absolutamente nada cambió el domingo. Las familias no querían muestras de solidaridad presidencial, querían acciones concretas, que iniciara el rescate de sus seres queridos, y eso fue precisamente lo que no ocurrió.
Están por cumplirse seis días desde que sobrevino el accidente y la vida de los 10 mineros sigue en vilo, mientras la desesperación y dolor de las familias crece y es de esos que no se alivian con la solidaridad de los que nos gobiernan, los que, mientras no se rescate a esos 10 mineros, tendrán que seguir pagando “cuotas de humillación” de quienes, con derecho, exigen más que palabras, exigen resultados.
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