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| Gastón García Marinozzi navega en las agrestes aguas del amor que acaba.

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‘El corazón roto es una experiencia universal’; Naufraga amor en Los Lugares Verdaderos

  Por Christian García

Publicado el martes, 16 de agosto del 2022 a las 04:10


Escribe el periodista Gastón García Marinozzi una novela en la que una pareja se encuentra al fin de su relación

Saltillo, Coah.-Si uno debiera definir una relación sería, sin duda, con base en los buenos y malos momentos, una lista “de las cosas malas, de los viajes, de las fotografías, de canciones, de comidas, de dietas, de números telefónicos, de los tuyos y los míos”, una lista interminable, pues un matrimonio es “una lista de las listas tuyas y otra lista de las mías. Una lista que una todas las demás”, o al menos así lo piensa Pedro, quien tras 15 años de matrimonio, terminará con su esposa Ana.

Esta pareja, que ha ido desmoronándose a lo largo del tiempo y que ahora se encuentra en el borde del fin, es la protagonista de Los Lugares Verdaderos (Alfaguara, 2022), la novela más reciente del escritor argentino Gastón García Marinozzi, quien a través de su personaje bucea en el temor a las despedidas, en la idea de los términos, pero también en la iluminación de empezar de nuevo.

Pues todo en este libro habla sobre los lindes de lo que perece y lo que permanecerá. Así, mientras su relación se quiebra, Pedro está por cumplir 40 años; todo sucede en un solo día de diciembre, el último mes del año, y en una casa en la playa, donde termina la tierra y comienza el mar.

Esas obsesiones por los confines que tiene García Marinozzi es una metáfora de que vivimos aferrados a las “cosas que conocemos y por eso tenemos tanto miedo de ir a lo desconocido”, por ello le interesa “contar la presencia de los límites, los bordes, por eso la presencia del mar. Cuando estamos parados frente al mar no sabemos si algo se acaba o algo comienza, y hay momentos en la vida en que muchas cosas se ponen en veremos, y se analiza de alguna manera lo que nos espera más adelante; en las relaciones de pareja, de amigos y muchos aspectos en general.

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Pedro y Ana han decidido poner fin a su relación de pareja después de muchos años y se debaten y enfrentan a este nuevo episodio que no saben qué será o qué viene, pero saben que el pasado queda, por fin, atrás. Para ellos es fundamental dejar lo que están soltando tanto en la pareja como en amigos, es esencial esa cena que tienen y en la que después cada quien tomará un camino diferente. Entonces los límites aquí son para emprender uno nuevo”, comenta el autor a Zócalo en entrevista, quien agrega que “lo que me interesaba era contar qué pasaba después de eso, y lo que puede pasar es esta historia”.

 

 

 

 

Bucear, tomar aire

A lo largo de la novela Pedro se sumerge en el océano de sus recuerdos y, cuando se ahoga, sale a tomar aire a la realidad como si fuera una ballena –símbolo innegable de este libro, pues aparece una y otra vez, y al que está atado pues es un profesor de natación–. Es así como el lector conoce su historia, la de Ana, la de su padre y comienza a conectar los huecos que existen en una historia que es de dos, aunque esté contada solo por uno.

Pedro deshila sus memorias en una espiral que siempre lo remite a una cosa: no querer y, a la vez, querer terminar con su esposa. Todo ello narrado con una prosa sencilla, un monólogo que no pasa nunca por la autoconmiseración, pero sí por un dolor que todos conocen.

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Tiene un tono que yo no pretendo que sea dramático, alguien lo puede leer con cierta nostalgia, no melancólico diría yo, pero ahí el lector puede decirlo. A mí me parece que tiene un tono de duelo luminoso que sí duele, porque el fin de las cosas duele; no paso por el fin de las relaciones por encima, aunque no sabemos los detalles, porque me gusta la posibilidad de que quien lo lee complete los asuntos que hacen que Pedro y Ana se separen. No los tenemos claros, aparecen por ahí, se sugieren algunas pistas, pero el corazón roto es una experiencia tan universal, tan de la humanidad toda, que cada quien podrá completar esta historia con sus experiencias propias”, agrega el autor de El Libro de las Mentiras.

Esos espacios vacíos, los silencios, las palabras muertas entre la pareja se rellenan con las listas interminables que aparecen en Los Lugares Verdaderos, pues estas son “una especie de amarre a los recuerdos, una manera de poner orden a las situaciones y a las vivencias de esta pareja conformada de dos obsesionados por hacerlas”.

 

Pequeños fragmentos

Todo ese universo de pequeños fragmentos se contienen y toman forma, además, en los espacios cerrados que habita la pareja: su departamento compartido que deberán vender al separarse y que, al momento de terminar, miran como un cádaver que agoniza y se pudre; el automóvil en el que realizan su último viaje, y la última casa frente a la playa en donde el adiós es la única seguridad.

Esos elementos, que van desde los confinamientos, la prosa sencilla y el mar son herencias de las lecturas de García Marinozzi: John Cheever, Antón Chéjov, Raymond Carver, Herman Mellvile y su Moby Dick, todos ellos aparecen como fantasmas que pueden reconocerse en la lectura.

Para el también periodista era importante “trasladar todos esos universos y agarrar un poquito de cada uno y plantear ahí mi historia. En todos coincide esta línea de acabar una etapa de la vida, dejar, abandonar algo, para continuar.

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Hay dos películas que también están en esa línea, La Peor Persona del Mundo y Licorice Pizza, que en el fondo tratan de cómo la vida logra imponerse a pesar de esos grandes momentos, y escenas que nos marcan de forma positiva o negativa. Esas grandes momentos de la vida nos muestran que al otro día se amanece, se da un paso y la vida se impone”, concluye García Marinozzi.

De esta forma, el lector encuentra en la novela del argentino un metáfora del amor y la muerte de los cetáceos, porque como dice el libro “decirse adiós como lo hacen las ballenas cuando varan en una costa lejana. No se sabe cómo llegar ahí. Pero las ballenas en un momento de su vida llegan ahí, y allí se quedan, ante el misterio irredento del fin, como el fin del amor, que muchas veces puede ser tan misterioso e inaprensible como la resignación de un animal harto de nadar contra la corriente, arrastrado hasta una playa para morir de sed y aplastados por su propio peso. A veces, misteriosamente, lo hacen en pareja”.

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