Saltillo

Publicado el domingo, 21 de agosto del 2022 a las 09:10
Saltillo, Coah.- Un día, a un seminarista lo castigaron de manera injustificada. Estuvo casi una hora hincado frente al pórtico del Seminario, con los brazos extendidos y en cada mano una piedra. Luego lo obligaron a cavar tierra y finalmente lo suspendieron una semana. Al ver aquello, un segundo seminarista amenazó con armar una huelga para evidenciar la injusticia y pedir su liberación.
La anécdota se registró en 1995, en el Seminario Menor de Saltillo, que por entonces ocupaba la antigua casa de la calzada Antonio Narro, hoy desmantelada y carcomida por el olvido eclesial. El segundo seminarista, el que amenazó con huelga, era Adolfo Huerta Alemán, quien luego sería llamado el Padre Gofo.
Quería ser sacerdote
A “Gofo” lo conocí antes de que él entrara al Seminario. Llegó un día diciendo que quería ser sacerdote. En ese tiempo yo era seminarista y estaba encargado de un programa que se llamaba Proceso Vocacional, que era un grupo de jóvenes interesados en entrar al Seminario, y al que asistía cada sábado Adolfo Huerta.
Durante un año, Adolfo acudió a recibir pláticas, cursos y apoyo para aclarar su vocación, hasta el día en que decidió entrar al retiro del Preseminario, en el cual seleccionan a los futuros seminaristas. Es por demás decir que fue aceptado para entrar al Seminario Menor para cursar la preparatoria.
Desde entonces era ya un joven aguerrido, contestatario, reflexivo. En aquella ocasión en que se acercó al seminarista castigado, instándolo a iniciar una huelga para exigir el levantaran del castigo, tuvo que contenerse, porque ambos sabían que aquella acción significaría la expulsión definitiva del Seminario y él sí quería ser sacerdote.
Carácter fuerte
Pero “Gofo”, como lo conocieron desde entonces, distaba mucho de ser un seminarista modelo o un santurrón. Tenía el carácter fuerte y en ocasiones hasta iracundo. Saciaba su furia jugando futbol, casi siempre de portero. Se amarraba calcetones a las rodillas y lanzaba su pesada humanidad para evitar la entrada del balón a la portería, aunque eso significara golpear al delantero.
No fue una, sino varias ocasiones en las que estuvo a punto de liarse a golpes contra diferentes compañeros. La mayoría de las veces no llegó a tanto, pero al terminar el partido invariablemente Gofo extendía la mano para hacer las paces.
Grandes inteligencia
Era un ávido lector. Su inteligencia y espíritu contestatario lo llevaron a recibir varios castigos que lo animaron, con más interés, a conseguir libros de teología de la liberación, sociología, filosofía y marxismo. Era ya vox populi su animadversión al status quo y el conservadurismo de la Iglesia católica, además de la cercanía y complicidad del clero con el Gobierno.
Pero se mantuvo callado por años, durante sus estudios de filosofía y teología, en el Seminario Mayor, esperando el momento en que lo ordenaran sacerdote, para por fin vivir su propia versión del catolicismo, una apartada de las apariencias, la sacralidad y el rigorismo.
Aquello lo acrecentó durante los estudios eclesiales que hizo en la Ciudad de México, los cuales compartió con trabajo pastoral acompañando a religiosas que acudían a evangelizar a mujeres en sectores de comercio sexual en las calles.
Llega el Padre Gofo
Ordenado ya presbítero, primero fue el Padre Gofo; después lo llamaron el Cura Rockero, dejándose crecer el pelo, las uñas pintadas, vistiendo camisas de grupos de rock dentro y fuera del templo, así celebrara una misa o un bautismo, motivo por el que fue criticado por “santurrones” y “rezanderas” en la parroquia de Nuestra Señora de Atocha, de la colonia Lomas de Lourdes.
Solidario ante las injusticias
Con el tiempo, su espíritu contestatario y defensa de la justicia lo hicieron salir a las calles con el rostro pintado de negro y su sotana o camisa clerical, para protestar junto al pueblo por las injusticias sociales, participando en mítines y protestas ciudadanas.
Habló siempre fuerte y sin miramientos contra la corrupción y la violación de los derechos humanos. Hasta que comenzó la persecución, primero mediática, luego política y finalmente la eclesial.
“Alguien” ordenó a la Iglesia silenciarlo. Un grupo de fieles envió carta al Papa para denunciarlo por malas prácticas como sacerdote. Y don Raúl Vera, entonces Obispo de Saltillo, le suspendió sus derechos eclesiales y lo mandó fuera de Coahuila a un encierro para curas “inadaptados”, en una casa de retiro en Jalisco.
El encierro lo fortalece
Cuando volvió a Saltillo lo encerraron en la Casa del Sacerdote, le contaba a quien lo llegó a visitar que incluso ese encierro, fue una buena experiencia para él, porque tuvo guías espirituales que le hicieron ver que si dejaba el sacerdocio entonces ganarían quienes lo mandaron ahí. Y se fortaleció.
Desde entonces, todos los que lo conocieron se dieron cuenta que por más presiones sociales y traiciones de la misma Iglesia, “Gofo” jamás dejaría el ministerio sacerdotal, jamás renunciaría ni renegaría de la Iglesia.
Una parroquia a cargo
Cuando la efervescencia política amainó, lo mandaron a la parroquia de Nuestra Señora del Refugio, donde hizo una revolución, empoderando a los feligreses, con un consejo parroquial que manejaba toda la administración y el dinero de las limosnas.
“Gofo” no tocaba ni un centavo, le daban un sueldo modesto para que sobreviviera, pero todos sabían que tenía una vida muy austera, que comía y cenaba en casa de los feligreses y que no tenía sirvientes, sino colaboradores en la parroquia.
Igualdad de género y teología
Valoraba el papel de la mujer en la Iglesia, trayendo conferencistas y cursos a su parroquia, con personalidades y expertos en igualdad de género y teología bíblica avanzada. Incluso lo llegaron a visitar mujeres ordenadas sacerdotisas en ritos cristianos u ortodoxos, pues siempre decía que él estaba a favor de que algún día la Iglesia católica ordenara a mujeres.
Pero al llegar la pandemia por Covid-19, su incansable don de servicio hizo que se mantuviera al pendiente de sus feligreses, sin importar el peligro o su salud, ya de por sí deteriorada por enfermedades crónicas que padecía, entre ellas la diabetes y la insuficiencia renal.
Invariablemente el contagio llegó. Y con él las complicaciones. Cuando parecía que saldría también de esta batalla, como lo hizo de otras, la salud del Padre Gofo se comenzó a deteriorar, y a deteriorar, hasta que su cuerpo ya no resistió.
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