La obra pública, sobre todo si es bien ejecutada y responde a necesidades reales y no a caprichos personales, genera votos y puede marcar la diferencia en elecciones competidas. Atravesar Aguascalientes es un suplicio a pesar de sus anillos semiconcéntricos. Conectarse con la carretera a León-Guadalajara lleva horas. El tramo resulta aburrido y peligroso para automovilistas y peatones. La molestia ya se puede evitar, pues este año se puso en servicio un libramiento de cuota. En las elecciones de junio pasado, el PAN ganó la Gubernatura con la ayuda del PRI y el PRD. El triunfo no obedece a un solo proyecto, sino a la suma de múltiples factores, entre ellos la gestión de Martín Orozco, cuyo nombre suena a corrido.
El Gobierno de Miguel Riquelme no ha sido pródigo en obras ni en grandes inversiones por la sencilla razón de que no puede realizarlas. El lastre de la deuda -de nuevo en proceso de reestructuración- lo impide. También atará de manos a quienes le sucedan, al menos en los próximos 24 años. En esas condiciones no existen espacios para el triunfalismo, solo para una cosecha modesta de logros materiales, mas no por ello exenta de mérito. El Gobernador reflejó esa realidad en su quinto informe. Prescindir del boato, los excesos y la ampulosidad del “moreirato” le dio a la ceremonia del Congreso un carácter republicano.
Respetar el recinto legislativo y no convertirlo en carpa donde las porras compiten para agradar al prestidigitador de turno y ovacionar hasta el delirio al político de moda; dejar libre el tránsito de personas y vehículos; ahorrar en comilonas, obsequios y traslados de invitados especiales en aviones y helicópteros, y dejar que las policías protejan a la población en vez de cuidar a los políticos, son cosas que deben hacerse siempre, no solo en años de vacas flacas. El Gobierno necesita tener los pies puestos en la tierra en todo momento.
Riquelme empezó con todo en contra. Su triunfo fue impugnado, y en Saltillo, Torreón, Monclova, Piedras Negras, Acuña y Sabinas legiones marcharon en protesta por el “fraude electoral”; perdió la mayoría del Congreso y las principales ciudades, Además, cargaba con el “moreirazo” y el estigma del clan. Riquelme pudo gobernar y recuperar el control político del estado porque le dio a su Administración un perfil propio; domeñó su carácter lagunero y asumió costos de culpas ajenas (la megadeuda y múltiples agravios contra los coahuilenses) por no haberlas castigado. Imprimirle su sello al Gobierno le permitió demostrar que no se apellida Moreira, como lo declaró en campaña para deslindarse de los hermanos -de lo cual todavía hay dudas- a cuál más de cínico y atrabiliario.
El juicio sobre la administración lo harán los ciudadanos, más allá del parecer de las encuestas. “La popularidad -recuerda Víctor Hugo- es gloria en calderilla”. Se esfuma en un abrir y cerrar de ojos. El premio y la condena jamás son unánimes. Riquelme no será el mejor ni el peor gobernador. Por ahora no ha sido motivo de escándalo, pero todavía faltan once meses de Gobierno. La política suele dar giros inesperados. El desafío de Riquelme consiste en persuadir a la ciudadanía de que la paz y la seguridad bien valen un sexenio sin grandes realizaciones. Por LO pronto, el rumbo que tomó la sucesión a partir del 12 de diciembre, debe tenerlo tranquilo.
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