El Año Nuevo, el que inicia, el que promete traer nuevas y renovadas aspiraciones como: la salud, el amor, ¿y por qué no?, el dinero. Todos, o casi todos, lo celebramos de distintas maneras.
Y aunque cada uno tiene una manera especial de vivir el año que comienza, la historia y las tradiciones nos dicen la manera en la que se ha vivido esta etapa de renovación a través de los siglos.
Distintas fuentes señalan que las primeras celebraciones se originaron en Mesopotamia, cerca del año 2 mil a.C. Pero estas no se realizaban en diciembre, se hacían entre marzo y abril, que marcaban el comienzo de nuevas cosechas.
El festival de Akitu estaba dedicado al renacimiento del dios Marduk –soberano de la humanidad y de los países–, la ceremonia de Año Nuevo, en su honor, escenificaba su victoria sobre las fuerzas de la destrucción y del caos.
La celebración se llevaba a cabo durante 12 días, con complejos rituales que se llevaban a cabo en el templo Esagila –que fue popularmente asociado con la Torre de Babel–, la festividad, era símbolo de resurrección y comienzo, ya que los dioses determinaban el destino de todos los seres humanos y dictaminaban la suerte que la humanidad había de correr, en el año venidero. El pueblo Iraní hoy continúa con la celebración del Nuevo Día (o Noruz), el 21 de marzo.
Se ha creído que Rómulo, primer rey de Roma, fijó el inicio de año en marzo y a partir de ahí se contaban 10 meses y no 12 como los actuales, y Numa Pompilius, segundo rey, lo reformó, añadiendo dos meses más, enero y febrero.
Aunque no existe consenso del motivo y el momento exacto, algunas fuentes señalan que posteriormente en el año 46 a.C., Julio César impuso que el día primero de enero sería la fecha para celebrar la entrada del Año Nuevo, ya que los ciclos de la luna no eran constantes, por lo que el calendario mesopotámico tenía distintos desfases.
Para realizar los ajustes, encarga al astrónomo Sosígenes de Alejandría, establecer un nuevo calendario, al que con el paso del tiempo denominaron Juliano.
Previamente el año iniciaba en marzo, en honor de Juno, la deidad romana que simboliza el inicio, la fertilidad e incluso la eterna juventud –en la mitología romana era una diosa equivalente a Hera, reina de dioses– y se le representa con una cara mirando hacia el pasado y otra al futuro. A Juno se le honraba en un festival llamado Matronalia, que era un momento de renovación y despertar de la naturaleza.
Con la implementación del calendario juliano, el inicio de año se pasó al mes de enero –Januarius–.
Después, en el año 1582, la historia del Año Nuevo se relaciona con el nacimiento de Jesucristo. Dionisio el Exiguo, monje erudito, que vivió en el año 460 d.C., propuso la idea de contar los años a partir del Nacimiento de Jesús, a fin de honrar su obra y con ello abandonar el conteo de años a partir del reinado de Diocleciano –perseguidor de los cristianos–.
Más tarde, en el año de 1582, el papa Gregorio XIII creó el calendario que actualmente conocemos, ya que el calendario Juliano tenía inconsistencias con relación con el año solar, lo que originaba desfase en los días de primavera afectando las cosechas.
Religioso o no, cada cultura imprime al año que inicia y a su celebración distintos matices, como tomar las 12 uvas con las 12 campanadas a fin de año, como símbolo de abundancia y prosperidad –proveniente de España–; arrojar lo negativo o dejarlo en el pasado –como desechar objetos viejos como en Nápoles o las 108 campanadas en Japón–; o atraer amor y nueva fortuna, vistiendo ropa de diferentes colores –como en China–.
Pero en todos ellos vemos un elemento común y siempre con la misma finalidad, celebrar la víspera de lo que está por iniciar, la renovación, el despertar y el nuevo comienzo. Que siempre esperamos y deseamos, sea mejor para nosotros y para todos los que nos rodean. ¡Feliz Año Nuevo!
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