Coahuila
Hace 3 años
Escondido entre los trebejos de la historia patria se encuentra un episodio suscitado cuando la nación estaba en peligro y el gobierno sin un centavo. Todos conocemos que, en enero de 1847, cuando ya teníamos de “visita” a las tropas estadounidenses, se dio la llamada rebelión de los Polkos. Entonces, para variar, el presidente era Antonio de Padua María Severino López De Santa Anna y Pérez De Lebrón, quien optó por solicitar licencia e irse a guerrear. Esa fue la tónica de sus once gobiernos, como lo apunta la doctora Patricia Galeana Herrera, al tal Santa Anna no le gustaba gobernar, lo de él era andar en campaña, en este caso militar, nadie imaginaba entonces que mucho tiempo después tendríamos otro a quien eso de gobernar no se le daba, prefería vivir en la campaña perene. Pero no nos desviemos, vayamos a lo que sucedía en 1847 cuando como encargado del Ejecutivo se quedó el vicepresidente Valentín Gómez Farias quien no encontraba de donde obtener recursos para pertrechar al ejercito y ver si podía detener a los visitantes estadounidenses. En ese contexto, el 11 de enero de 1847, emitió un decreto para agenciarse fondos. Si bien los Polkos se rebelaron, hubo otro grupo que se sintió agraviado pero cuya reacción se enfatiza poco. Se trata de la curia católica, esa que siempre ha estado presente en las desgracias nacionales. En caso de que alguien llegara a sentirse ofendido por esta afirmación, permítanos presentarle cuál fue su posicionamiento de ese grupo frente a las disposiciones de don Valentín.
En la edición del 13 de enero de 1847, El Diario del Gobierno de la República publicaba el decreto mencionado, en cuyo artículo primero se especificaba que: “Se autoriza al gobierno para proporcionarse hasta quince millones de pesos, a fin de continuar la guerra con los Estados Unidos del Norte, hipotecando o vendiendo en subasta publica bienes de manos muertas, al efecto indicado.” En el apartado segundo, se indicaba que estaban exentos de afectación los “bienes de hospitales, hospicios, casa de beneficencia, colegios y establecimientos de instrucción pública de ambos sexos, cuyos individuos no estén ligados por voto alguno monástico y los destinados a la manutención de los presos”. También se exentaban los objetos indispensables destinados al culto religioso y “los bienes de los conventos religiosos, bastantes para dotar a razón de seis mil pesos a cada una de las existentes.” Acto seguido, se detallaba cuales serian los bienes sujetos de afectación y las características bajo las cuales habrían de llevarse a cabo las transacciones. No se dejaba de mencionar que la disposición establecida en el Artículo Primero cesaría una vez que la guerra concluyera. Se indicaba que el gobierno destinaria un millón de pesos para comprar armamento “destinando la mitad de este para los estados fronterizos a las naciones con las cuales estuviere en guerra la república, y la otra mitad para los demás estados.” Como era de esperarse, la curia católica, ducha en eso de manejar los tiempos y conocedora de que agarrarse a mandarriazos a las primeras de cambio no es lo indicado, utilizó a dieciséis curas de las parroquias de la capital para que protestaran ante el vicario capitular y, como dirían por ahí, “medir el agua a los camotes” para ver cuál sería la respuesta del gobierno.
Entre otras cosas, argüían que “desde que nos instruimos de la iniciativa hecha al Congreso General, sobre ocupación de bienes eclesiásticos nos persuadimos de que el proyecto era vicioso en su origen, injusto en su esencia, pernicioso al común de la sociedad y frustráneo en su objeto y resultados” Eso era apenas el inicio, los curas buscaban a toda costa quedar bien con sus superiores y en ese entorno afirmaban que el decreto de Gómez Farías era “vicioso en su origen, porque siendo una imitación de lo que se ha practicado en otros países en épocas de turbulencia y corrupción…” ya sabemos que todo aquello que no llevara su bendición era despreciable. Los curas, también, apuntaban que la disposición era “injusta en su esencia, porque conculca y desprecia las disposiciones y censuras de las iglesia; porque se opone directamente a los principios consignados solemnemente en la constitución federal; porque son unos mismos los títulos de propiedad de la iglesia y de los particulares; y en fin, porque el dominio eminente tan decantado por los hombres de secta y partido tan sólidamente impugnado por escritores verdaderamente liberales y del que solo se habla cuando se trata de bienes de manos muertas, ese dominio eminente examinado a la luz de la razón y de la sana filosofía no puede extenderse más allá de los lindes que tiene la autoridad suprema de cualquier nación bien constituida, para exigir de sus habitantes con generalidad y proporción las contribuciones suficientes a cubrir los gastos públicos en la cuantía que demanden su situación y circunstancias.” Nada de que se preocuparan por cómo afectaría a los habitantes de México la expropiación de los bienes de manos muertas, en realidad lo único que les importaba era la forma en que impactaría sobre los bienes de la iglesia. Leamos a continuación los argumentos que sustentaban sus preocupaciones.
“El proyecto nos pareció pernicioso a la sociedad, porque la priva de las solemnidades y majestad del culto publico debido a Dios que tanto conduce a robustecer la fe, y la moralidad de los pueblos; porque despoja a los pobres, los huérfanos y enfermos de los socorros y consuelos que hoy reciben; porque despoja igualmente a multitud de familias y personas acaso de único recurso con que cuentan para subsistir; porque priva a millares de propietarios del goce tranquilo y casi perpetuo de los capitales piadosos impuestos sobre sus fincas; porque a todos sin excepción les quita hasta la esperanza de reponer un banco como el que han formado los bienes de la Iglesia, donde hacerse de fondos al miserable de cinco por ciento; y omitiendo otras consideraciones, porque agitadas las conciencias el disgusto se generaliza por todas partes, los ánimos se encienden, y el gobierno se expone a perder absolutamente la confianza de la nación.” Por mas que revisamos el decreto, no encontramos que fuera a despojarse de nada a los desposeídos, ni a privarlos de socorro alguno. En realidad, la curia asustaba con el petate del muerto pues era a la iglesia católica a quien le afectarían los bienes que siempre negaban tener. Sin embargo, aun no terminaban su tarea estos peones quienes en plan de avanzada iban a probar cual pudiera ser la respuesta del gobierno de don Valentín.
Los curas afirmaban que el proyecto les parecía frustráneo (engañoso) ya que les incitaba a realizarse una serie de cuestionamientos como: “¿Cuáles podrán ser los cálculos y combinaciones que pueden concebir para realizar, mediante la confiscación, hasta quince millones de pesos? ¡cuantas extorsiones y violencia es necesario que se cometan aun entre los ciudadanos pacíficos para obtener una pequeña parte de esa enorme suma!… ¡no permita Dios, lo deseamos con espíritu sincero, que todo esto sea un nuevo combustible para aumentar las desgracias y aflicciones de nuestra patria desventurada!” Lo que plasmaron a continuación es una muestra de como el cinismo no tenia limite entre los miembros de la curia mexicana, leamos.
Con falsa resignación afirmaban: “el proyecto de ley ha sido sancionado y la iglesia mexicana que no ha provocado esta calamidad; que tiene dadas pruebas autenticas de respeto y consideración a las autoridades civiles; que siempre les ha prestado su apoyo y abundantes auxilios sin intereses de ninguna clase; que ha satisfecho con religiosidad las gabelas que se le han impuesto en el común de los contribuyentes; la Iglesia, cuyos ministros han tolerado en silencio hasta la befa de truhanes superficiales y libertinos, todo lo han sacrificado a la paz pública; mas en cumplimiento de sus obligaciones ha protestado en contra del decreto de confiscación que la despoja de sus prerrogativas y propiedades; y los párrocos que suscribimos, llenando también nuestro deber como custodios del rebaño que se nos ha confiado, nos adherimos a la protesta hecha en unión de V.S. por el Illmo. y venerable cabildo metropolitano: le suplicamos no desmaye en el sostenimiento de causa tan sagrada, y que, animado de valor y justo celo en favor de ella, se resigne a sufrir la suerte que el Ser Supremo le tenga preparada.” En resumen, todo el asunto giraba alrededor de la fiducia (gobernador De Las Fuentes Rodríguez dixit), lo demás eran alegorías. Eso de que eran una almas piadosas y cándidas pues que lo creyeran los crédulos quienes habían llegado tarde al reparto de materia gris. Como habrá usted, lector amable, observado, en todo el texto de la curia jamás se hace mención a la situación de invasión que enfrentaba el país, a los curas lo único que les interesaba es que no fueran a afectarles sus propiedades. Ni una palabra acerca de cómo se podría apoyar a la milicia para contener a los intrusos. Con toda certeza, la alta jerarquía ya les había instruido que a los “visitantes” no se les incomodara en lo mas mínimo. Recordemos que los obispos mas importantes de México ya negociaban con el agente estadounidense, Moses Y. Beach, como habrían de mantener viva la llama de la insurrección en contra del gobierno por las medidas tomadas para confiscarles sus bienes de manos muertas. Pero, esos curas no eran sino el globo sonda exploratorio para medir reacciones, a la par los ataques en contra de Gómez Farías no paraban.
El 13 de febrero del 1847, en El Monitor Republicano apareció una nota firmada simplemente por S.E. En ella, se culpaba a Gómez Farías de todos los males que prevalecían en el país. Lo hacían responsable de que, en agosto de 1846, se hubiera instaurado el sistema federalista que no daba resultados. Al parecer, estos cuestionadores olvidaban el desgarriate que el país vivió a lo largo de la década de los 1840s, en donde presidentes iban y venían y al final terminaban cayendo en los brazos del López quien solamente accedía al poder para solicitar licencia e irse a guerrear, eso era lo suyo. Aun cuando no debemos de olvidar que en uno de esos lapsos breves en que se sentó en la silla presidencial, se dio tiempo para crear la Guardia Nacional, una institución con la cual los López parecen tener fijación. El país estaba en una condición tal que cuando, a finales de 1846, el presidente provisional José Mariano Salas convocó a elecciones, el triunfador resultó el tal López quien ni siquiera tomó posesión del cargo y se fue a los suyo, ahora para enfrentarse a los estadounidenses. Al frente, como lo mencionábamos al inicio de este escrito, se quedó Gómez Faría,s quien era el vicepresidente electo. A él, le achacaban las condiciones poco alentadoras en que se encontraba el país. Por todos lados era necesario atacarlo y demandar su renuncia, había osado ir por los bienes de la curia y eso si era un pecado capital.
Según el escritor semi anónimo, Gómez Farias era “el responsable de que el país guarde la posición siguiente: Nuevo México en poder de los americanos. Una parte de las Californias casi subyugada y la otra libre, merced solo al esfuerzo del joven Flores. Chihuahua amenazado y si medios para defenderse. Toda la línea de la costa desde el río Bravo hasta Tuxpan, en poder del enemigo. El ejército de San Luis en marcha para el Saltillo, sin socorros y sin esperanzas de tenerlos en un país en donde es menester llevar hasta el agua. Veracruz sin las fortificaciones ni defensa que debería tener, y la guarnición muerta de hambre. Disturbios y tumultos en algunos puntos de los estados. Mala inteligencia de los gobernadores con el gobierno federal. Las conciencias de los ciudadanos atacadas, y un nuevo elemento de discordia arrojado en el país con la mal combinada ley de manos muertas.” Esto último era el motivo de todas las quejas anteriores y las que vendrían, aparecía la mano chocolatera que movía la cuna. Tras de ello, venía una retahíla de quejas que culminaban solicitándole a Gómez Farías que renunciara. Pero aun faltaba la arremetida del Cabildo Eclesiástico Metropolitano que, el 28 de febrero de 1847, habría de publicar en El Republicano una demanda rabiosa para que se derogara la ley que les afectaba sus propiedades. Si usted, lector amable, se encuentra interesado en conocer como defendían sus bienes terrenales quienes se dicen estar interesados solamente en los asuntos espirituales, lo invitamos a que nos acompañe la semana próxima en este espacio laico, que para algunos es sacrílego, cuyo objetivo único es invitarlo a la reflexión sustentada en información dura. [email protected]
Añadido (23.02. 09) Eso de “refritear” ya parece ser la norma en la UNAM. Ahora, una doctora y una química nos salen con que “inventaron” una prueba de olores para detectar el Alzheimer. Vaya par de caraduras, esa prueba fue desarrollada desde los 1980s, en la Universidad de Pennsylvania, por el doctor Richard L. Doty. Además, son varios los trabajos publicados al respecto, incluyendo algunos del doctor Doty con una científica mexicana a quien se le niega cualquier crédito por no pertenecer a cofradía alguna. En ese contexto, se evita dar a conocer que ella fue la primera en el mundo quien determinó, en 2020, que el Alzheimer es un proceso neurodegenerativo que inicia a los once meses de edad y no aparece súbitamente durante la edad adulta.
Añadido (23.02.10) Hoy, cuando ha partido a su cita con el Gran Arquitecto, nos quedamos con lo que escribiéramos el 1 de junio de 2013: “Gran triunfo para Coahuila al nombrarse a un intelectual auténtico, Xavier Díez de Urdanivia Fernández, como presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos.”
Añadido (23.02.11) El aldeanismo refulgente fue lo que prevaleció, nada de que asombrarse.
Añadido (23.02.12) Vaya elegancia. ¿Fueron juntos a comprar sus trajes con Macazaga?
Añadido (23.02.13) Son unos malvados por atacarla. ¿Acaso no saben que firmó para laborar de 9 a 17 horas de lunes a viernes y el resto del tiempo poder dedicarlo a construir su futuro? Bola de misóginos cortos de miras.
Añadido (23.02.14) ¿En realidad creen que la paridad peso-dólar determina la fortaleza de la economía mexicana? ¿Acaso, en la escuela a que acudieron, no les enseñaron que la moneda es simplemente una mercancía y como tal su valor es determinado? ¿Ya se preguntaron cuánto cuesta a las finanzas mexicanas mantener esa paridad ficticia? No hay duda, continúan instalados en la retórica prevaleciente entre los 1960s y 1980s.
Añadido (23.02.15) Con las patitas temblorosas le hablaron al espíritu santo para que en nombre de su raza les arrimara una palangana con agua tibia.
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