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Coahuila

En Saltillo, Monclova y Piedras Negras, algunos, clamaban para que Maximiliano los sometiera

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 3 años

Al igual que sucede en todos lados, allá por los rumbos del pueblo y alrededores, poco se acostumbra a darse una vuelta por los pasajes oscuros que a lo largo de la historia se han vivido, aun cuando ello no les impide rendir pleitesía a un sujeto adorador de la bestia austriaca. En esta ocasión, habremos de ocuparnos de como durante los días en que el barbirrubio austriaco andaba por acá, no faltaron quienes, en Coahuila, creyeron que, si se le arrodillaban, la tonalidad de la epidermis se les blanquearía, el cabello se les teñirían de rubio, el iris de sus ojos tornaría verde y, por supuesto, recibirían una transfusión de sangre azul.  Antes de que se nos tache de cualquier cosa y se encomiende a alguien vaya por la leña verde para formar la pira, les recordamos que en el 2022 por estas fechas presentamos cual fue la actitud que  los patriotas coahuilenses adoptaron, a finales de 1864, ante esta partida de descastados. Hoy, les presentaremos lo que escribían acerca de sus proyectos y acciones, durante los inicios de 1865, los genuflexos en Saltillo, Monclova y Piedras Negras.  Soñaban con adquirir “linaje real” vía el lacayismo.

En su edición del 14 de enero de 1865, el diario La Sociedad editado en la capital del país, reproducía un texto publicado en La Voz de Saltillo. En él, se daba a conocer un proyecto, al perecer idea de varios, que le proponían a Maximiliano para eliminar salvajes y hacer productivas las tierras. En el primero de los casos, mencionaban la situación en Tamaulipas y Nuevo León, pero nosotros nos enfocaremos en Coahuila. En el documento en cuestión, se indicaba que “Coahuila es, sin disputa, el que padece más, pues no solo está expuesto a las incursiones de los salvajes que la acometen por todos lados, sino que estos malos vecinos ya han venido a radicarse en su seno, y apenas bastarían las compañías [militares] que antes tenía para su defensa.”  Nadie va a negar que las incursiones de indígenas guerreros representaban un problema para los habitantes de esta región. Lo criticable, sin embargo, era que estos preocupados recurrieran a otros usurpadores para resolver las invasiones. Prueba de ello, la daban al mencionar que “no nos guia más interés que la defensa, engrandecimiento y prosperidad de esta parte del Imperio…”  Dado que su preocupación era Coahuila, recalcaban “la necesidad de poner las armas sobre cinco compañías; que estas en el acto abrieran una campaña concertada y bien dirigida sobre los salvajes que se han venido a radicar en el Departamento, persiguiéndolos hasta sus últimas guaridas; y una vez logrado expulsarlos, fueran a situarse, no en los pueblos que ya existen, sino en los sitios en que, cumpliendo con su instituto, habían de formar nuevas poblaciones.” Una duda quedaba: ¿Quiénes se habrían de ubicar en las localidades a crear, los soldados o los salvajes? La respuesta la darían en párrafos siguientes.

Tras de señalar que existían lugares preciosos para levantar nuevos pueblos, mencionaban “que para que los nuevos pueblos que se fundaran dieran un resultado brillante, es preciso que las compañías presídiales se formen no de sentenciados, ni de gente forzada y viciosa, sino de voluntarios (sobrarían) o sorteados con arreglo a reglamento.”  Y para cerrar a postrarse de hinojos y mencionar que “ojalá y su S[u]. M[ajestad] I[lustrisima].  se dignara acoger a este proyecto que nosotros desarrollaríamos más extensamente, uniendo a nuestros trabajos y escasos conocimientos los de tantos buenos e inteligentísimos hijos de la frontera del Norte (que no dudamos se mostrarían gustosos a ello) podría hacer la felicidad de estos pueblos y convertir en tierras productivas lo que hoy, asolado por los salvajes, es un desierto abandonado e inculto.” Para estos fulanos la bendición de su emperador les traería la felicidad eterna. En ese contexto, se implantaban otras acciones.

El 8 de enero, La Gaceta, editada en Monterrey, publicó que cuatro días antes el general imperialista, Florentino López, mandó perseguir al gobernador juarista, Gregorio Galindo Flores, a quien calificaba de traidor aun cuando no lo era pues nunca había dado juramento de ser súbdito del barbirrubio austriaco. Acto seguido, se indicaba que “aquella parte del Departamento de Coahuila [Piedras Negras] ha tenido la fortuna de ser ocupada por un jefe muy a propósito para establecer en ella el orden, purgarla de bandidos y dar seguridad al comercio y personas honradas.” Nunca mencionan cuantos en el pueblo cayeron rendidos ante salvador tan eficaz, de lo que no tenemos duda es de que varios lo cobijaron, nunca faltan genuflexos flexibles para apoyar al triunfante en turno. Eso era nada comparado con la actitud de otros quienes se decían autoridades.

Para finales de enero en La Voz de Coahuila, se publicaba una nota en la que se leía: “Hemos visto un ocurso que el señor presidente municipal [Juan Antonio Salas, quien ocupaba el cargo de alcalde desde el 20 de enero de 1865]  del muy ilustre Ayuntamiento de Monclova, a nombre de y con la autoridad del cuerpo que preside, dirige al señor prefecto superior político de este Departamento, para que si Su Superior, lo acepta, lo apoye y eleve a S[u]. M[ajestad] el Emperador.” En dicho documento, le solicita que reforme el decreto del 7 de noviembre de 1864, mediante el cual creó la guardia rural cuyo objetivo era “atender la seguridad de los pueblos y caminos plagados de malhechores, persiguiendo a estos hasta lograr su exterminio.” Acorde al alcalde Salas, ese no era el caso de Nuevo León y Coahuila en donde los malandros no eran el problema sino “los indios barbaros que asuelan al país.” Lo que a continuación leeremos es para enternecer a cualquiera, al tiempo que inflama el pecho. Desde la perspectiva del munícipe monclovense, “los hijos de esta frontera, obligados constantemente a pelear con tal enemigo, son guerreros por esencia; en la necesidad de defender por sí mismos sus vidas e intereses, casi todos están armados, y todos sin excepción saber manejar las armas [vaya cosa, si no lo supieran tendrían en sus manos un manojo de fierros inútiles].” Y aquí entra la ternura.

 Mencionaba: “Pero lejos de la contagiosa prostitución de las grandes ciudades, desconociendo la ociosidad y teniendo que dividir su tiempo entre la guerra y el trabajo, conservan una inocencia de costumbres que no tienen idea los pueblos del interior.”  Ahora sí que, no me ayudes compadre. Los hombres que poblaron el norte no tenían nada de inocentes, eran gente curtida en la lucha diaria y no seres candorosos, llevaban más de tres siglos batallando para hacer que la tierra fuera productiva y enfrentando todo tipo de adversidades, incluso las incursiones de los nativos. Sin embargo, Salas insistía en que aquello era una versión adelantada del Shangri-La en donde “jamás se ha visto una cuadrilla de salteadores, ni se encuentra un solo vago que carezca enteramente de ocupación; por el contrario, al revés del interior, sobra trabajo y faltan hombres [para trabajar, suponemos]; entre estos guerreros armados suele por acaso perpetuarse algún homicidio, pero muy remotamente un asesinato.” Tras de ello, Salas se tiraba al piso.

En la nota, se leía: “El señor alcalde 1º de Monclova ruega al Emperador que obrando conforme a su bien demostrada inclinación de hacer la felicidad de los pueblos [vaya acto de rastrerismo, como si la visita de Max hubiera traído paz y gozo a los mexicanos, olvidaba que lo único que con él vino fue destrucción y muerte] , en vez de dicha guardia rural, establezca aquí las compañías presídiales, y esta suplica se hace tan sabiamente fundada en tan poderosas razones que nos halaga la esperanza de que sea oída por S[u]. M[ajestad]….” Para mostrar que en eso de la abyección siempre hay compañeros de viaje, el redactor de La Voz de Coahuila escribía: “Nosotros unimos nuestra débil voz a la de este funcionario que, representa al vecindario de Monclova, y no cesaríamos de bendecir el reinado de nuestro Emperador, si restableciendo la caballería presidial, pusiera un hasta aquí a las depredaciones de los salvajes, nuestros encarnizados y feroces enemigos.”  Mientras unos suplicaban, otros en Piedras Negras, según  el reporte de Florentino López, vivían la dulce paz provinciana gracias a la comunión de esfuerzos. Tal era el control que el tal López se daría tiempo para irse a Monterrey y dejar “asegurado con tropas de su brigada el Distrito de Río Grande.” Vaya usted a saber cuántos paisanos estaban contentos con la presencia imperial en el pueblo, de lo que si estamos seguros es de que no faltarían quienes la disfrutaran. A la par de eso, las suplicas del alcalde monclovense llegaron a los oídos de Max y el intruso puso manos a la obra.

Para finales de febrero, La Voz de Coahuila, al parecer el vocero oficial de la reacción, presentaba una nota que por momentos alcanzaba niveles de paroxismo. Revisémosla y juzgue usted, lector amable. Para abrir boca, se leía: “Con indecible placer [ya nos  imaginamos la escena] hemos visto la Ley Orgánica del Ejercito firmada por S[u] M[ajestad] el 25 de enero próximo pasado; ella restablece las compañías presídiales, sobre que tanto hemos hablado y de que tanto necesitamos, en la forma siguiente: Art. 13. Habrá 12 Compañías Presídiales de Caballería. Cada Compañía comprende: 1 Capitán Comandante; 1 Capitán 2º; 2 Tenientes; 2 Alférez; 1 Sargento 1º; 7 Sargentos 2ºs (uno furriel[repartidor]); 12 Cabos; 4 Trompetas; 1 Mariscal Veterinario; 1 Armero; 1 Talabartero; 100 Soldados; 300 Caballos de Tropa; y 50 Mulas [de cuatro patas].” Aquello era simplemente el entremés, la nota iría subiendo de tono.

Desconocemos quien les haya dado la autorización para hablar en nombre de todos, pero eso no les impidió escribir que: “Nosotros a nombre de Coahuila damos las gracias a S[u]. M[ajestad]. por la creación de esta tropa que, aunque no se designan los puntos donde se ha de situar, no dudamos será cubriendo la frontera del norte, amagada constantemente  por barbaros.” Trémulos de gozo y con la desesperación ganándoles, continuaban apuntando: “Nosotros somos tan ansiosos como el enfermo por su salud, y desearíamos con toda el alma  ver ya comenzada la recluta de tales compañías, con sujeción a su antiguo reglamento de presidios, o al que más sabiamente acordara S[u]. M[ajestad]. [el doblón del espinazo produjo un ruido horrible]; y si a esto se agrega el nombramiento de un comisario imperial que tomara el mando de los departamentos fronterizos, nos creeríamos enteramente felices.” No hay duda, siempre han existido los que disfrutan que los amarren para sentirse sometidos, allá cada uno y sus perversiones políticas. Tras de ello, volvieron al estribillo de que en el Norte los habitantes eran distintos y sus necesidades diversas a las del centro del país, ese argumento podían utilizarlo cualquiera de los habitantes de los tres puntos cardinales restantes. Pero, inmediatamente soltaron su lado comprensivo y escribieron: “A la distancia que nos encontramos de la capital es imposible que el soberano, por más benigno que sea su corazón, pueda atendernos. Se necesita un hombre que investido de amplios poderes reúna el mando político y militar en estos Departamentos, y el cual se consagre con afán a hacer el bien  y felicidad de ellos.” No había duda, a esos fulanos les gustaba el sometimiento y si era un europeo quien se los practicara serían felices doblemente. Y para que no quedara duda de su forma de pensar anotaban lo siguiente.

“Esto ya lo sabemos no cuadrara a ciertos files creyentes que aun sueñan en la resurrección de Estaditos libres, soberanos e independientes, creados para su bien y provecho, pero todo hombre de orden, que aspire a la felicidad de su patria, vera en ello su salvación.” Ahora si, como dijera el ranchero, “el que es buey hasta la coyunda lame.”  Nada de aspirar a gozar de libertades, lo más conveniente era ser dependientes y que otros tomaran las decisiones mismas que deberían de ser acatas por todos. Definitivamente, ningun coahuilense bien nacido compartía esa perspectiva. Pero como los aspirantes a súbditos del imperio aun no terminaban continuaron mostrando que su aspiración máxima era que les apretaran la cincha para poder gozar, ello lo lograrían, decían,  “cuando haya aquí un comisario imperial que a todos nos obligue a cumplir con nuestras respectivas obligaciones; cuando las compañías presídiales  se ocupen en la persecución de los indios; cuando al abrigo de estas se colonicen los Departamentos fronterizos; y cuando aumentada la población libres de  las agresiones de los salvajes, veamos explotar los inmensos manantiales de riqueza que encierra nuestro país…”  Ya inmersos en el clímax que les provocaba sentirse súbditos del imperio soltaron que cuando todo lo anterior se lograra, entonces podrían asegurar “no que el emperador ha venido del otro lado de los mares, sino que ha bajado del cielo para hacer nuestro bien.” Vaya, vaya, a esos también les contaron la historia de que por el Este habría de retornar Quetzalcóatl para redimir a los pueblos y se la creyeron. No cabe duda de que esos paisanos del anteayer eran una minoría representantes de  la escoria que nunca falta lejos o cerca del centro del país, su aspiración máxima es  alcanzar el gozo vía el sometimiento, mientras les aprietan la cincha. [email protected]

P.D. Al leer eso de que Maximiliano era un enviado del cielo, no pudimos sustráenos a recordar las caricaturas de Rius, y sus Supermachos, convertidas en película cuando en San Garabato Cuc del cielo les cae Caltzontzin Inspector a quien confunden con un personaje de polendas y le rinden pleitesía hasta que se percataron de que era un impostor quien se aprovechó de ellos. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia, ayer y hoy. RVR

Añadido (23.06.31) La presidenta de la de la Suprema Corte de Justicia, Norma Lucía Piña Hernández, pronunció un discurso excelente. Como respuesta, dada la carencia de ideas de algunos, lo único que pudieron hacer fue desviar la atención hacia si rindió o no pleitesía. Las diferencias intelectuales lucieron en todo su esplendor.

Añadido (23.06.32) Para mostrar que lo de ellos es la transformación y en nada  son iguales a los anteriores, la banda de las bolsas de papel de estraza reapareció con integrantes nuevos.  Eso sí, hay que hacer notar que no respetaron la  paridad de género, les faltó otra dama o ¿Acaso si la hay, pero no la mostraron? 

Añadido (23.06.33) Si lo que escribe el vecino acerca de su actitud genuflexa son falsedades, ¿Por qué no lo demanda ante los tribunales? ¿Será que hay algo más que aún no se da a conocer y de ahí la precaución?

Añadido (23.06.34) Dado que envía  sus muchachos para que adquieran los productos en el autoservicio del INEGI, exclusivo para unos cuantos, por ello puede decir que no hay que alarmarse por la inflación. Ahí, los precios no sufren incrementos. Siempre será una ventaja, para algunos, vivir en un mundo paralelo.

Añadido (23.06.35) De pronto, nos acordamos de la película “Su Excelencia” en aquella escena en donde el embajador de la Republica de los Cocos, Lopitos (Cantinflas), y el presidente de Pepeslavia, representado por Carlos Riquelme, intercambian condecoraciones. Afortunadamente, eso nada tiene que ver con la realidad, se trata de ficción  pura de hace casi sesenta años.

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