Lidia Poët fue la primera abogada italiana en un momento histórico, los finales del siglo 19, en el que una de las pocas profesiones que las mujeres podían ejercer era la enseñanza. De hecho, Lidia estudió para ser docente, pero en realidad su sueño era otro. Quería ser abogada. Ella empezó el camino hacia su sueño solamente después de la muerte del padre, terminando la carrera de derecho en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Turín en 1881, siendo la única mujer cursando esa carrera.
Lidia realizó sus prácticas profesionales en un despacho legal y dos años después aprobó de manera brillante el examen para la habilitación nacional para el ejercicio de la profesión legal como abogada litigante, consiguiendo inscribirse en la barra de abogados de Turín; sin embargo, poco tiempo después, la Corte de Apelación decidió anular su inscripción. Entre las razones que fundamentaban esta decisión, se encontraba la consideración de que las mujeres no tenían el carácter para ser abogadas, que debían dedicarse a otra cosa y que la indumentaria femenina no conciliaba bien con la austeridad de la toga.
Lidia Poët es la protagonista de una reciente serie de Netflix titulada: “La ley de Lidia Poët”. En la serie, Lidia es una joven mujer emancipada y libre, tanto en su forma de comunicar, así como de vivir su vida, incluso su vida amorosa. Lidia cree en la igualdad y la justicia, lucha en contra de la discriminación y del status quo, quiere romper los esquemas y las estructuras patriarcales que relegan a las mujeres en la casa y en una permanente condición de inferioridad respecto a los hombres.
Al final del último episodio, su cuñado, con el que tuvo también una relación sentimental, le dice: “Lidia, eres una mujer demasiado testaruda. No escuchas. No sabes quedarte en tu lugar. No haces otra cosa que tomar decisiones precipitadas. ¡Eres una mujer peligrosa, Lidia!”.
Lidia es muy inteligente, audaz y determinada (necia dirían algunos), sigue su intuición y se arriesga. A veces se equivoca, pide perdón y retoma el camino. A veces va por el camino correcto y sigue avanzando hasta conseguir sus objetivos. Lidia lucha por los valores en los que cree y que son parte de su esencia, que le permiten ser la persona que es y, por ser esa persona, Lidia es “peligrosa”.
Su vida, que ahora muchas personas en el mundo conocen, gracias a Netflix, y su lucha son un modelo inspirador aun después de más de 100 años. Hoy en día, en la mayoría de los países del mundo (desafortunadamente no en todos), las mujeres pueden ejercer casi todas las profesiones que los hombres, aunque no siempre en igualdad de condiciones: muchas veces reciben un sueldo inferior y avanzar en el camino profesional es mucho más difícil por la estructura social que les exige a las mujeres mucho más que a los hombres; por ejemplo, en términos familiares y sociales. Y las mujeres que ocupan posiciones de poder tienen que aguantar también el prejuicio que dicta que ellas ocupan esa posición debido a que algún hombre las puso allí. Aunque queramos contarnos otro cuento, todavía vivimos en una realidad de profunda discriminación.
Y las mujeres necias (si nos quieren seguir diciendo que somos necias, que lo hagan), inteligentes, y que no tenemos miedo a usar nuestro cerebro y nuestra intuición y con esto perseguir los valores en los que creemos, somos peligrosas e incómodas para el poder patriarcal.
Poder patriarcal que es fomentado tanto por hombres convencidos de que si una mujer llega en ciertos espacios de poder es solo gracias a ellos y en cuanto tal las mujeres tenemos que someternos a lo que ellos decidan. Pero también este tipo de poder es fomentado por mujeres que, aunque seguramente también tengan inteligencia e intuición, prefieren tomar la decisión de no usarlas porque eligen, por miedo o porque así son más felices, ser marionetas en mano de los hombres.
Si por mucho tiempo nos enorgullecía decir que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, las mujeres hoy no queremos estar ni detrás ni delante de nadie. Solamente queremos hacer equipo y trabajar de la mano entre nosotras y con los hombres. Queremos que se nos respeten en nuestras posiciones de trabajo, en nuestras vidas personales (familiares, de pareja, de amistad) y en la sociedad. Nos exigen respeto y exigimos respeto.
Esta es la más grande enseñanza para nuestros alumnos e hijas e hijos: ser consistentes siempre con nuestros valores, hacer lo que consideramos justo e importante para nosotros y hacernos respetar. Cueste lo que cueste. Nuestra esencia y nuestros valores no pueden tener precio.
Lidia Poët no era una mujer peligrosa. Era una mujer valiente por no dejarse someter. Si las mujeres valientes somos peligrosas, ¡que haya más peligro entonces!
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