Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
Djokovic eliminado en Basilea y sigue a un título de Federer SCJN: pensión por viudez no puede limitarse a 10 años Arranca en Hidalgo polo de bienestar de 910 hectáreas Una plática con Cuauhtémoc Cárdenas Frena INE propuestas de Taddei para puestos en OPLES

Zócalo

|

     

Opinión

|

Información

< Opinión

 

Coahuila

Cuál pueblo; hablemos del nocivo populismo en la víspera de las elecciones en Coahuila

Por Luis Carlos Plata

Hace 3 años

Un parámetro para dimensionar el consciente y subconsciente del Presidente de la República son sus conferencias matutinas, donde, como él mismo reveló el 12 de agosto de 2020, más que un ejercicio de transparencia o rendición de cuentas, le sirven de terapia y diván personal: “no crean que yo vengo aquí ya con ideas analizadas, yo vengo aquí a decirles lo que siento”.

En ese sentido es notoria su fijación con la palabra pueblo, la cual ha mencionado 11 mil 702 veces en sus primeras mil “mañaneras”, transcurridas entre el 1 de diciembre de 2018 y el 22 de diciembre de 2022, periodo analizado por la firma SPIN Taller de Comunicación Política.

Lo interesante radica en la significativa repetición del vocablo conforme avanza el sexenio. Así pasó de nombrarlo mil 820 ocasiones en 2019, a cuatro mil 338 en 2022. Fenómeno directamente proporcional al desgaste de su gobierno: entre menor aprobación y más problemas acumula, mayor uso y abuso de la palabra. Su respuesta entonces no ha sido resolver, sino radicalizarse.

A eso se le llama demagogia. Es decir, la dominación tiránica del pueblo. Apelar a los prejuicios y emociones, miedos y esperanzas, para ganar apoyo popular. Manipular. Embaucar. Engañar.

Ni el pueblo existe ni el populismo es nuevo. Sí, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en el artículo 40 menciona la palabra “pueblo”, y hasta expresa cuál es su voluntad. No obstante nadie puede afirmar que lo representa plenamente, ni tampoco nadie puede apropiarse de su albedrío.

Pero quién es el pueblo. Qué es, exactamente, más allá de conceptos teóricos o definiciones etimológicas.

Pueblo es una construcción ideológica. Un comodín. Una muletilla. Un ente cultural. Una ficción jurídica. Un pretexto. Una abstracción. Un fantasma. Una entidad artificial. Escudo y arma al mismo tiempo, según se necesite defender o atacar un interés de grupo. En resumen: una estrategia de manipulación.

El politólogo argentino Ernesto Laclau, en su artículo “El futuro de la democracia radical” (2005), escribió que “el pueblo es un significante vacío, sin fundamento en ninguna estructura social, y está basado exclusivamente en la capacidad del líder de explotar la insatisfacción de grupos diversos y movilizar la voluntad de las masas, las cuales creen que carecen de representación adecuada porque los partidos políticos existentes ignoran sus reclamos”.

En Estampas de Liliput; bosquejos para una sociología de México (2004), el sociólogo Fernando Escalante señala que “el ingrediente básico, acaso el único verdaderamente esencial, de la retórica revolucionaria, son ‘las necesidades del pueblo’. Casi cualquier cosa es perdonable si se hace en nombre de pueblo, con la intención de aliviar sus dolencias”.

Y va más allá en la teoría: “En general, mantener al pueblo como adversario moral del Estado sirve a los políticos para sortear los estorbosos obstáculos que suele interponer la legalidad. ‘Las necesidades del pueblo’ deciden en cada caso lo que es justo, y eso de un modo abrumador, definitivo; tanto que resultan irrisorios, si no escandalosos, los escrúpulos jurídicos”.

la italiana Nadia Urbinati en “Yo, el pueblo; cómo el populismo transforma la democracia” (2020), señala que “la diversidad de actores políticos, propios de una democracia, se sustituye entonces por sólo dos jugadores: el pueblo y el líder”, e invariablemente los regímenes populistas adoptan el nombre de su líder providencial: Estalinismo, Chavismo, Obradorismo… y una fe religiosa en él, misma que se aprovecha para sustituir entonces la separación de poderes, los controles y el equilibrio constitucional (¿le resulta familiar, por ejemplo, la reciente andanada contra el INE, el INAI o la Suprema Corte?).

Antes de llegar al poder, “todos los líderes populistas amasan su popularidad atacando a los partidos políticos”; una vez en el poder, intentan mantener “una modalidad de campaña permanente para reafirmar que se identifican con el pueblo, haciéndole creer que libran una batalla titánica contra el sistema” (¿le recuerda algo?).

“Los movimientos y los líderes populistas compiten con otros actores políticos por la representación del pueblo y aspiran a la victoria electoral para demostrar que “el pueblo” al que representan es el “bueno” y merecen gobernar por su propio bien”, concluye Urbinati. “Todos los movimientos populistas dicen representar un punto de inflexión en la política de partidos. Quieren representar sólo al “pueblo verdadero”, más allá de las divisiones de izquierda y derecha.

No vaya tan lejos. ¿Le suena “el pueblo bueno y sabio”?

Esa película ya la vimos.

Cortita y al pie

En marzo de 1970 el poeta Jaime Sabines publicó “Diario Oficial”, prosa vigente 53 años después: “Por decreto presidencial: el pueblo no existe. El pueblo es útil para hablar en banquetes: Brindo por el pueblo de México, Brindo por el pueblo de Estados Unidos.

También sirve el pueblo para otros menesteres literarios: escribir el cuento de la democracia, publicar la revista de la revolución, hacer la crónica de los grandes ideales.

El pueblo es una entidad pluscuamperfecta generosamente abstracta e infinita. Sirve también para que jóvenes idiotas aumenten el área de los panteones o embaracen las cárceles o aprendan a ser ricos.

Lo mejor de todo lo ha dicho un señor Ministro: con el pueblo me limpio el culo. He aquí lo máximo que puede llegar a ser el pueblo: un rollo de papel higiénico para escribir la historia contemporánea con las uñas”.

La última y nos vamos

Por lo demás, Fernando Escalante ha definido el resentimiento como elemento central de nuestra política. Sin embargo, “el más desconcertante de los rasgos típicos del resentimiento consiste en que, una vez desatado, cuesta trabajo ponerle límites: se dirige contra todo y contra todos”.

En esa coyuntura estamos. Y no somos pueblo, sino ciudadanos. La historia lo dice: quien intenta deshumanizar, anular la naturaleza individual, agrupar a las personas en una masa indefinida y por tanto inexistente, es un demagogo que debe ser señalado y repudiado con firmeza como agente nocivo para la salud democrática.

Morena, en este caso, en todas sus modalidades y representaciones.

@luiscarlosplata

Notas Relacionadas

Una plática con Cuauhtémoc Cárdenas

Hace 30 minutos

Del clan Taddei

Hace 4 horas

Propone Gabriel Elizondo dar certeza jurídica al traslado de combustible para maquinaria

Hace 7 horas

Más sobre esta sección Más en Coahuila

Hace 30 minutos

Una plática con Cuauhtémoc Cárdenas

Hace 4 horas

Del clan Taddei

Hace 13 horas

China, los BRICS y la hegemonía del dólar