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Coahuila

Volver al barrio…

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 años

Es como vernos en los espejos, los niños de ayer ya somos viejos

Quien no haya nacido en un barrio pobre no tiene derecho a ser merecedor de hambres a medio trámite, de desesperaciones de amores, de negociaciones difíciles y de prodigar amistad.

“Es mejor nacer en un barrio pobre. Ahí florece el inexplicable alivio; donde deciden juntar sus nadas para reunir algo, de modo que un velorio sea menos gravoso, una boda tenga su debido boato, y que los 15 años no pasen desapercibidos”, diría el gran  Salvador “Chava” Flores, el cronista folclórico de la ciudad de México, que dejó grandes obras urbanas, que retratan a la vida de la gran urbe capitalina y que algunas son fotografías con letra y música de muchos pueblos de nuestro país.

¿Se acuerda usted de su barrio?, de aquel Saltillito de 100 mil habitantes que éramos, de sus personajes, de los salones de baile, o el baile de la agüita (el tocadiscos), de los clubes el ACJM, de las iglesias en aquel pueblito que recorríamos a pie en Semana Santa, todo quedaba cerquita, casi todos nos conocimientos, de las escuelas, de las competencias deportivas, del estadio Saltillo de la Plaza de Toros Armillita, de las fiestas de fin de año, de la graduaciones, de los gallardos estudiantes de la Narro y la bellas chica de la normal del estado o de los colegios particulares, la muchacha bonita del barrio o el galán de copete embaselinado y pantalón de campana, la bella época del rock and roll, de las crinolinas, de los tenis y la calcetas que se dibujaban en las piernas de las muchachas, ¡a que tiempos señor don Simón!, los lugares de diversión la Acuña, Zarco, Obreros del Progreso los cines Saltillo, Royal y Palacio, de aquel Saltillo que se nos fue de las manos

rápidamente, ahora somos un millón de habitantes y sólo los recuerdos quedan.

Regresar a mi barrio El Ojo de Agua es como mirarnos en espejos, los niños de ayerx ya somos viejos y sólo quedan huellas de aquel lugar de nuestra infancia, donde jugábamos a hacer figurillas con el barro del arroyo de la Tórtola, a correr hincados sobre el piso de tierra de sus calles aquellos carritos hechos de latas de sardinas con pequeñas ruedas de carretes de madera, donde se enredaba e hilo.

O al beisbol. Cualquier palo era el bate, y las almohadillas simuladas con piedras, la pelota hecha con el hilo de las medidas de popotillo deshechas por nuestras madres, enredadas en un pelotilla de guayule, “para que volará lejos”, y muchos juegos más, propios de nuestra infancia y juventud.

El barrio ahí está, no ha cambiado de lugar. Cambió su fisonomía, ahora todo ha tornado a la modernidad, sus calles ya no son de piedra bola o de terracería, ahora son de pavimento (muy parchado por cierto). En mi niñez había cuatro automóviles, ahora las calles están invadidas de estos, hay hasta semáforos en algunas esquinas.

Lo único que lo distingue o identifica ahora es su centenaria Iglesia del Santo Cristo de la Capilla y la ermita donde nació y brotó Saltillo.

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