El Banco de México, (BANXICO, 1925) a lo largo de su fecunda historia ha utilizado diferentes regímenes cambiarios y por ende tipos de cambio regulados y flexibles entre la moneda nacional y las divisas de los países del resto del mundo; la tasa de cambio, en la mayoría de los casos, ha sido un reflejo de las condiciones económicas por las que ha atravesado el país. Cuando se presentaban déficits fiscales y desequilibrios en la cuenta corriente, así como elevado endeudamiento público y galopante inflación, el peso perdía valor, principalmente frente a la canasta de monedas de los países industrializados. Infortunadamente, entre las políticas cambiarias, hubo un par de arreglos monetario de Banxico: la paridad cambiaria controlada y la flotación regulada, que estuvieron vigentes de 1982 a 1991. Que en términos operativos, no era otra cosa que ofrecer al público dólares estadunidenses a diferentes precios. Es decir tipos de cambio diferenciados. Por ejemplo, el importador de productos de primera necesidad o de bienes de capital básicos para la producción nacional, adquiría un dólar subsidiado, de menor valor que el que compraba un connacional con intenciones de tomarse un período vacacional en el extranjero. Esas ventas diferenciadas en el precio del billete verde en las ventanillas bancarias, tuvieron distintos títulos: preferencial, libre, especial, ordinario, controlado de equilibrio, entre otros.
Las “ocurrencias” que se dieron en la selección de los nombres fueron intrascendentes; no obstante, lo grave fue que generaron un mercado paralelo (negro) que retardó el cumplimiento de las metas formuladas para el control de la hiperinflación que empobreció a millones de mexicanos. Sin embargo, las lecciones recibidas fueron pedagógicas para el banco central, que a partir de su autonomía (1994) dejó de sucumbir ante ese tipo de tentaciones cambiarias en la moneda; y se alineó con la Reserva Federal (FED), que a partir de 1971, cancelaba las operaciones de cambio: dólares-onzas de oro; la inconvertibilidad del dólar frente al metal dorado, sepultó la paridad fija, y cedió su lugar a la libre flotación. La cual ha seguido y tropicalizado Banxico, que al parecer es el régimen que mejor ha respondido a la globalización financiera y comercial; y recientemente también ante el conflicto comercial entre Estados Unidos y China, que está ocasionando la formación de mercados geoeconómicos regionales. Es sorprendente como hasta en los países como Cuba, con una economía “pequeñita” y relativamente marginada del comercio mundial, haya suprimido la doble paridad del peso cubano frente a las divisas, que manejó después de la caída del muro de Berlín (1989); una de ellas era el peso-euro, exclusiva para los turistas que visitaban varadero; y la otra fue para los propios isleños. Finalmente la proliferación del mercado negro cambiario, que propiciaba actividades delictivas en perjuicio de los turistas, y la relativa apertura del Gobierno cubano, que ha permitido la recepción de remesas de cubanos asentados en Florida y Nueva York, fueron factores determinantes para suprimir cualquier arreglo cambiario paralelo al mercado de divisas. Y sólo se quedaron con el peso o CUP, cuyo precio se fija con respecto al dólar. Otro caso en Latinoamérica, es Argentina, que a pesar de contar con versados economistas en su país y también radicados en Estados Unidos. Desde hace varias décadas su precaria situación socioeconómica no corresponde a la privilegiada localización geográfica que tiene, ni a la riqueza de sus recursos naturales, particularmente en el sector agropecuario, y mucho menos a la gran extensión de su territorio y litorales (atlántico y antártico) que bañan sus costas. Agobiada por tasas anuales de inflación de tres dígitos, agotamiento de las reservas internacionales, desequilibrios fiscales y comerciales, los cuales han propiciado una relación malsana con el Fondo Monetario Internacional (FMI), quien desde hace años influye en las decisiones públicas sobre revisiones contractuales salariales, volumen del gasto público, monto del circulante monetario, entre otras áreas de la política social y monetaria.
Producto de la debacle financiera han aparecido en el mercado cambiario formal y el “alternativo” más de 10 diferentes tipos de cambio: uno de ellos, es el que se comercializa en los circuitos financieros callejeros, al que los argentinos han llamado blue (azul); tampoco podía quedarse fuera de esa inaudita lista de precios, los que compran en el extranjero entretenimiento y bienes. Por ejemplo, el empresario que contrató a Luis Miguel para cantarles a los bonaerenses, adquirió el dólar Coldplay; el dólar Lujo, para aquellos afortunados que mandan pedir automóviles y yates de Europa, y otros artículos considerados por el Gobierno argentino como suntuarios; el dólar Agro, aplicado a los exportadores de cereales y oleaginosas, sólo por citar algunos de ellos. Al asomarse desde la distancia al mundo económico argentino, se descorre el velo de la ignorancia, y se facilita responder por qué saltan a la palestra candidatos a la Presidencia de la República, como el economista Javier Milei, que entre sus propuestas está la de “dolarizar” la economía y despedir a todos los funcionarios del Banco Central de Argentina. “¿Sabés que “Perón, Perón, que grande sos” es una marcha escocesa? Está bien, porque demuestra que todo es de pacotilla en este país”. J.L. Borges (1899-1986).
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