Coahuila
Por
Javier Flores
Publicado el domingo, 14 de febrero del 2010 a las 16:00
Ramos Arizpe, Coah.- La estación de ferrocarril del ejido Hipólito, construida a principios del siglo 20 según los pobladores, es un fiel referente de su pasado histórico.
Actualmente en el abandono y bordeado por algunos furgones en desuso, este inmueble atesora el recuerdo de sus habitantes.
Fue en 1993 cuando Ferrocarriles Nacionales de México concesionó las vías férreas a compañías privadas y se acabó el servicio de pasajeros que brindaba ese medio de trasporte.
“Cuando eso pasó, mucha gente se fue de Hipólito y se acabó el trabajo para muchos”, dijo Francisco Valdés Leija.
Con más de 90 años, Martina Guía Vázquez habla con orgullo de Hipólito. Después de quedar huérfana en el Cañón de los Arrieros, fue a los 16 años que llegó a vivir a este poblado, donde se casó y tuvo 16 hijos, de los cuales sólo sobrevivieron cinco.
“Nunca fui a la escuela, no sé leer ni escribir, lo único que aprendí aquí fue a tender el metate, moler nixtamal y echar tortillas, agarrar un mecate para recolectar candelilla y ayudar a trabajar”, dijo doña Martina, quien asegura que aquí se le conoce como “la vieja mal hablada”, porque asegura que le gusta decir la verdad… su verdad.
“Cuando llegué a vivir estaba fresquito lo de la Revolución de Escobar, eso fue cuando tenía 16 años, pero luego me tocó ver a Lázaro Cárdenas cuando pasaba en tren por aquí, nos acercábamos a él y nos daba una pesetita”, comenta.
Asimismo, para Francisco Valdés Leija, quien trabajó 37 años para Ferrocarriles Nacionales, hablar de aquella época es hablar de un tiempo de esplendor para Hipólito. Hoy recorre la antigua estación de ferrocarril y muestra con añoranza dónde se encontraban la sala de espera, la taquilla, las bodegas, las antiguas oficinas, el área de reparación de máquinas.
“Yo empecé como reparador de vía y luego fui mayordomo, tenía a mi cargo una cuadrilla de trabajadores que nos tocaba reparar desperfectos en una guardarraya de 20 kilómetros en su armón”, dice.
Con muchas carencias, en ocasiones sin dinero para alimentarse y con la actividad agrícola cada vez menos redituable para ambos habitantes, el vivir en Hipólito sigue siendo un orgullo y en ninguno está la posibilidad de irse a vivir a la ciudad.
“Yo soy muy feliz aquí, aunque a veces no tenga ni para comer y si Dios me diera otros 90 años para vivir, volvería a Hipólito porque en las ciudades hay muchas cochinadas”, dice doña Martina, quien entre risas asegura que le gustaría encontrarse un pretendiente, aunque sea ciego, ya que su corazón aún late como el de una muchacha quinceañera.
Más sobre esta sección Más en Coahuila
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 2 dias
Hace 2 dias